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martes, 2 de septiembre de 2014

Un tiro

En el Barrio del demonio, frente a la plaza de los chanchos, Sara y Hinde viven las dos solas en una casona preciosa pero mal mantenida que fue construida por el padre de ambas cuando ellas eran un proyecto, hace algo así como ochenta o noventa años. Están tristes, terriblemente tristes. Hablan con Roberto, otro vecino. 
Dicen que eran más o menos las cuatro de la madrugada cuando un tipo delgado bajó como una sombra de un auto negro o gris oscuro o azul muy oscuro que probablemente fuera un VW Bora y se acercó sigilosamente a Pablo que estaba sentado en la verja de su casa pitando, dicen que despreocupadamente, un cigarrillo porque no podía dormir desde hacía varias noches y se había tomado la costumbre de quedarse ahí afuera sentado, fumando, haciendo círculos de humo, tomando mate con cascaras de limón y mirando el cielo despejado de aquel principio de primavera.
Pablo había cumplido recién treinta años, era una persona bastante especial, para todo el mundo; la gente del barrio le tenía mucho afecto, no recuerdo quién no. Era un poco loco, alborotado, pero bien, lindo, tranquilo; no molestaba nunca a nadie, al contrario.
Dicen que aquella mañana, anterior al suceso, Pablo salió temprano como todas las mañanas y jugó con el perro de Sara y Hinde y tomó el colectivo en la esquina de siempre y llegó al taller para abrirlo y entrarle a unos amargos para arrancar la jornada y que estaba risueño porque permanentemente lo estaba y su equipo había ganado y bromeaba con eso. Estuvo trabajando en una caja de dirección el día entero.
Cuando terminó en el taller se quedó jugando a las cartas en el bar del Abraham, tomando unos aperitivos, se fue temprano, caminando. En su casa, lo esperaba Estela que dicen que lo recibió con un beso, en la verja, y él le dio una palmada en la cola y los dos se reían como cada tarde. 
—Matáme, me haces un favor —dicen que Pablo dijo. Y se escuchó el sonido de un disparo, un único tiro, uno sólo.  

domingo, 31 de agosto de 2014

Carla pensaba

La recepcionista le había preguntado sí ese era su esposo y Carla había titubeado al responderle que sí, que era.
Pedro llegó a buscarla en la moto y cuando se sacó el casco estaba completamente despeinado y su nariz parecía más aplastada y su mirada más turbia.
A veces Carla se sentaba con las piernas cruzadas y el dedo índice de la mano derecha sobre el labio inferior y pensaba, con mucha firmeza, que Pedro era terriblemente feo y entonces se preguntaba: “¿Cómo fue que me enamore de él? ¿En qué demonios estaba en ese momento? ¿Qué le vi?”. Básicamente esas tres preguntas se le repetían circularmente adoptando diferentes formas… Otras veces, en cambio, se le aparecía el Pedro especial de aquella noche de hace años, en lo de Carmen, cuando entró de pronto, como un fantasma, con aquel largo sobretodo negro y los lentes oscuros y las manos enguantadas y el cigarrillo apretado entre los labios finísimos. Cada vez veía menos ese Pedro.
Pedro era, sin duda, feo; de una fealdad férrea, inconmovible, inelástica. Pero lo que más la preocupaba a Carla últimamente es que estaba empezando a verlo estúpido. 
Pedro era, sin duda, bastante estúpido.    

sábado, 26 de julio de 2014

Suarez y el barro.

Suarez compró un traje gris, muy oscuro, casi negro. Hacía muchísimo tiempo que no se compraba nada de ropa, transcurrió por algunos meses de un profundo malestar consigo mismo, pero su ánimo se había modificado en los últimos tiempos, una nueva secretaria de gerencia irrumpió con una sonrisa que modificó drásticamente sus expectativas vitales. Compró también una camisa gris claro, una corbata con un tramado extraño y unos zapatos negros, brillantes, que terminaban en una terrible punta. Suarez no podía dejar de pensar en la sonrisa luminosa, en las piernas y en la insinuación culmine de ellas.
Transcurridos un par de días, Suarez retiró el traje, con unos arreglos que fueron necesarios, ya realizados. A la mañana siguiente, se vistió con la impecable novedad de su indumentaria. Había cambiado, mucho, más allá de lo evidente. No hubo quien no notara lo sucedido con Suarez en la gerencia y sus alrededores, salvo ella que prosiguió como si nada hubiera pasado, con su amplia sonrisa desentendida.
Ese mediodía, Suarez tuvo que ir a resolver un conflicto en una de las plantas más apartadas. Llegó al final de la tarde, con los pantalones y los zapatos muy embarrados. Ella le sonrió diferente, se ve que el barro le llamó la atención. Quedaron en tomar algo después del trabajo. 
A los pocos meses se casaron, se mudaron a una casa con un parque hermoso y enseguida tuvieron tres hijos, dos varones y una nena. A todos les encantaba chapotear en el barro.           

miércoles, 16 de julio de 2014

Sigo.

Sueño con que algo, que no puedo precisar qué es, me quita la mitad de la cara; y entonces voy con esa sensación horrible de tocarme la nariz y encontrar sólo una parte de ella, un reborde de nariz inexplicable que es lo que quedó; y sigo, porque tengo que seguir, porque algo, que no puedo precisar qué es, me dice que siga, que no puedo parar. Aunque tengo unas ganas irrefrenables de ir hacia el precipicio y saltar para que todo termine, sigo.
Y después, me parece soñar que vos me decís que te abrace. ¡¿Qué te abrace?!
Recuerdo aquello de cuando mirarme en tus ojos era ver, quizás, lo mejor de mí.
No hay traducción para la canción que canta mi mente.
Me paro frente al espejo a delinear los rasgos del payaso que va a caminar muerto de miedo el alambre estirado en las alturas para que el payaso camine titubeante.
Me muerdo los labios. Lloro un poco, lastimo el maquillaje pero lo dejo así, y sigo, porque tengo que seguir.
Me sirvo ginebra con tónica, fumo un par de cigarrillos de gran toxicidad y sigo. 
—Mañana será otro día —dice una voz. Yo sé que probablemente sea lo mismo. Sigo.

miércoles, 25 de junio de 2014

El tipo dice.

Creo que no digo nada que todo el mundo no sepa si digo que el deseo es la motivación fundamental. Y así, entonces, yo, que estoy sentado en un rincón tomando una ginebra placida, me voy atrás del grupo que irrumpe, unas veinte personas consolidadas en una asociación que parece ser homogénea, en su mayoría conformada por mujeres de entre veinte y treinta, muy deseables. Vienen encolumnadas detrás de un tipo barbudo con expresión de desquiciado que habla con el dueño y se dirige con sus seguidores al reservado que parecía estar esperándolos. Dejo la ginebra y me mezclo entre ellos. Me siento al lado de una rubia preciosa que tiene varios piercings y unos anteojos raros, de marco transparente, que a su vez le hacen extraordinario juego con su mirada transparente.
—Hola —le digo.
—Hola —me responde.
—Vamos a ver —expreso simulando concentración o algo por estilo y que sé positivamente de qué se trata lo que está por suceder. Ella me sonríe transparente.
El tipo dice que el escenario en el que transcurre la cuestión es mucho más que un simple escenario porque, podría ser eso sólo, pero nunca es eso sólo porque los escenarios remiten siempre a otros escenarios que alguna vez vimos circunstancialmente o vivimos, en otras oportunidades… Son los paisajes por los que se juega la metáfora de la vida en tanto presente, estratos de pasado y anhelo de futuro; y además están cargados de símbolos que los transforman, de alguna manera, en algo más que meros escenarios, en algo así como una suerte de personaje más, que interactúa por otra vía. Entonces, el escenario es un personaje que permanece callado pero igualmente habla su lenguaje de señas inmóviles, baila alrededor; aunque, como en este caso, esté presentado de un modo mínimo, casi inexistente, sólo pequeños trazos, nos dice el tipo.
El tipo nos dice también que los personajes no son, en sí mismos, un único personaje sino que son varios, cada uno, siempre; con lo cual, cuando hay dos sobre la escena, puede estar habiendo diez… o cinco mil… Un ejército de tipos que son un tipo pero a la vez son cientos de miles de hombres y mujeres que pasaron por algo similar o incluso por lo antagónico, pero se relacionan..., en un sentido o en el otro. En esa voz, en ese rostro, en ese cuerpo están las voces, los rostros y los cuerpos de las personas que han ido cruzando por nosotros… Es así, nos dice también el tipo con su particular voz enajenada. Y nos dice que los personajes cuentan una historia pero, sin duda, cuentan otras historias que están dentro de la historia que podríamos llamar fundamental y son, en algún sentido, tan importantes como ésta, aunque menos visibles, permanecen ocultas hasta que brotan y vuelven a la inmanencia; para transitar por debajo como un río subterráneo, nos dice. Nos dice acalorado que es importante no perder de vista nada. Luego deja caer, como quien no quiere la cosa, que cada historia tiene más de un tema…, y que los temas pueden cobrar independencia de la historia.
—Y cada tema tiene además sub temas que generan visiones distintas —dice uno de atrás, con una cara muy similar a la del tipo pero con veinte años menos—. Y se va re significando todo —concluye.
—Y claro —dice el tipo.
Pensé que con lo de los sub temas se iban a plantear derivaciones, pero no.
A continuación, el tipo dice que hay que generar en cada instante un instante apretado, sagrado, salvaje, idílico...
Después arrancó con una de eufemismos giratorios y con otra de no sé qué cosa más, pero yo ya no escucho ni puedo seguir el hilo de nada. 
Voy subrepticiamente hacia el resto de ginebra que dejé abandonado.      

domingo, 8 de junio de 2014

Mínimos instantes.

Un bramido de asfalto con reflejos azules; perfecto, ilimitado, sin restricciones. Me dieron un auto terrible para ir con él hacia mi destino por este camino soñado. La mejor ruta posible, me dijeron… A esta hora no hay absolutamente nadie.
El tiempo pasa muy rápido, en un abrir y cerrar de ojos; como los detalles que se suceden indefinidos a los costados. Entrecierro la mirada buscando concentración y me afirmo en el volante. Una recta infinita y un punto impreciso en el horizonte.
—El futuro es eso: un punto impreciso en el horizonte…, que avanza con nosotros en dirección al vacío.
Fui demasiadas cosas en la vida y a la vez pienso que no he sido enteramente nada.
—Furia —de eso he sido bastante—.
Imágenes como palabras y palabras que son imágenes… —y a lo único que importa, por lo general, no se lo puede nombrar—. Y el sonido inmanente en esa —furia— que no me dejó nunca de acompañar, ni en los sueños más livianos y calmos, los anteriores a las tormentas voraces… Porque a la calma más tibia la siguió siempre una tormenta brutal. Es así, por lo menos en mi camino lo ha sido.
—El motor es la esencia.
¡Qué hermoso suena! Los graves adheridos al piso y las alas flotando por arriba de la consciencia.
Mamá cantaba cuando íbamos en su autito todos apretados a algún lado. Algún viaje de vacaciones o los trayectos más cotidianos a la casa de los abuelos; cantaba con su vocecita desatada canciones cubiertas de esa dulce esperanza que ella tenía en cada momento, canciones que hablaban de lo bueno que estaba por llegar.
—Mi voz ha sido tan lo contrario.
Áspero silencio oscuro y mordido seguido de truenos de embriagada desesperanza.
Canto entre dientes la balada del convencido profundo en la profunda inutilidad… 
—¿Cuándo habré dejado el sedante placer de la ruta por la que iba?   

jueves, 5 de junio de 2014

Collage a través de la distancia.

Un ojo morado, un arco superciliar abierto, una nariz sangrante y una búsqueda desesperada de aire al tiempo que se quieren evitar los golpes.
Desierto naranja, inmóvil.
Varios tipos subidos a pequeñas motos dan vueltas, cada vez más rápido, dentro de una esfera de enrejado metálico que deja ver con total nitidez como se cruzan.
Un teléfono y una agenda abierta.
Pedazos de gente caminando por una vereda comercial, se detienen de golpe sobre las vidrieras muy iluminadas. Mueven sus bocas pero no se puede oír nada. Algunas bocas se desprenden de las caras.
Una mujer muy anciana mira hacia adelante con expresión perdida, los labios entreabiertos, las manos tiemblan. Está en una silla de ruedas.
Grandes olas de mar vociferan.
Un minúsculo velero con las velas arriadas.
Sale abundante líquido rojo de una alcantarilla. 
Un hombre de mediana edad, calvo y completamente desnudo ejecuta un largo redoble sobre un tambor; brota polvo del parche.
Quirófano. Luces.
Una nena de alrededor de dos años camina titubeante; lleva puesto un vestido floreado con preminencia de un tono rosado. Sonríe tímidamente, luego da vuelta la cara; enseguida, de nuevo, sonríe.
Un avión se acerca a una pista de aterrizaje y una bandada de pájaros se aleja.
Un rostro muy arrugado, barbado y sucio dice: —Nadie está exento.
Llueve muchísimo sobre una calle oscura.
Una cabeza se estira hacia arriba.
Brilla, increíblemente hermosa, una luna cercana.
La piel de un hombro femenino desnudo… y se desliza el brazo como aleteando. Se puede ver que ella baila, envuelta en una tela transparente.
El cuadrante de un reloj.
Brota polvo del parche.
Olas y líquido rojo.
La mujer anciana.
La luna.
Un cactus.
Piel.
Humo.
Negro.

   

miércoles, 4 de junio de 2014

Escena uno.

Estoy viendo la minúscula franja abstracta que separa el bien del mal, la razón de la locura, el triunfo de la derrota, incluso hasta la vida de la muerte; a veces no hay más que unos pocos pasos entre esos opuestos tan salvajemente enfrentados; aunque nos resulte tranquilizador entrever distancias mayores, muchas veces hay sólo centímetros, escasos, como para cubrirlos con un simple tropiezo. La vida conlleva ese nivel de presencia de la adversidad y, por otra parte, generalmente, hay algo de extraña gracia en las caídas. 

Terribles piernas.

Debajo de dos mascaras insulsas de porcelana blanca, que se podría afirmar que pretenden representar la comedia y la tragedia, conversan dos tipos.  
—Sería pertinente decirse un poco la verdad, una parte mínima por lo menos —dice uno de ellos, un señor gordo, indescifrablemente desparramado en un sillón de estilo similar al Luis XV, masajeándose la sien derecha con la conjunción de la palma y el pulgar del mismo lado y levantando la rodilla correspondiente al hemisferio contrario en una rutina de cierta irregularidad y, por consiguiente, de intermitencia difícilmente comprensible para la lógica rítmica que suele habitar la consciencia—. Las personas buscamos el punto más alto para nosotras. Imaginamos la cumbre de perfección, desde la que queremos ver el mundo, e intentamos subirnos… Ser los mejores, los más fuertes, perfectos —se detiene abruptamente
El antiquísimo y hermoso reloj de péndulo, a un costado, no marca ninguna hora porque le falta la manecilla que tendría que cumplir esa función indelegable al minutero, que sí se desliza, perfectamente, en cumplimiento de su tarea de tal. Por otra parte y fundamentalmente: sesenta precisos golpes por minuto no tienen expresión gráfica, pero sí una auditiva, cálidamente acompañante.
—Esto es siempre de ese modo —dice el otro hombre, algo menos gordo, aunque tampoco tanto menos, desde la posición simétrica de oponente circunstancial del que podríamos considerar más robusto.
Son parecidos: redondos, calvos, colorados; sólo los diferencia una ligera disparidad de grosor. Podrían ser hermanos, hasta mellizos, quizás gemelos.
Una señora, cruelmente ataviada con un uniforme de mucama estandarizado, de color rosado, delantal, cuello y vivos blancos en las mangas y los bolsillos, les acerca en una bandeja metálica una tetera y dos tazas a la mesita redonda que, de alguna manera, los delimita y los separa. Tiene el pelo relativamente corto y teñido de rubio ceniza claro, unas pestañas muy largas y negras, que resaltan, y buenas formas, muy buenas… Las medias le dan a sus piernas la apariencia de estar bronceadas.
El más gordo sirve, sin volcar en las tazas otra cosa que no sea el líquido ambarino que surge de la tetera sin desprender humo alguno. Llama también la atención la ausencia de azúcar o algún otro edulcorante para la bebida. Se puede suponer que ya había sido edulcorada y que, probablemente, estaba algo fría.
La señora uniformada como mucama se aleja contoneándose. El menos gordo la mira fijo. Tendrá unos cuarenta y es bastante atractiva, piensa el tipo, sobre todo de atrás… Y terribles piernas.
Toman dos tazas cada uno, rápido, una inmediatamente después de la otra. Se encuentran risueños.
La voz del más gordo fluctúa y por momentos atruena un tanto. Habla apasionadamente acerca de una cuestión que resulta hermética, un discurso armado de palabras discontinuas.  
El otro hombre parece haberse perdido en sus propias cavilaciones.  
La mujer del uniforme estandarizado se asoma ligeramente y el tipo más gordo aprovecha para señalarle la tetera. El lazo del delantal marca la cintura fina que se abre hacia arriba y hacia abajo en mayores amplitudes redondeadas.
—Sólo llevo puesto lo que se me queda pegado por razones misteriosas, lo demás lo olvido —dice de pronto el gordo, desde el centro de la nada misma, sin otra explicación que el deseo de decirlo. 
—Terribles piernas —dice el otro, amparado, seguramente, en una concepción similar.

viernes, 30 de mayo de 2014

Tanita y el hombre de la cara de caballo.

El amor es un juego extraño que se juega con reglas incomprensibles; el verdadero, no el supuesto de los que se enamoran de aquello de lo que se deben enamorar.

Las mesitas agrietadas de madera y las de plástico corrompido y las sillas de colores despintados…, las paredes grises con brotes ennegrecidos y las guirnaldas despedazadas y los residuos de banderines turbios…, el mostrador de estaño, las botellas, los vasos oscurecidos y la campana opaca sobre la bandeja de sándwiches..., y las moscas enormes. Una foto de un alazán tostado de manos blancas pasando al trote por el disco de Palermo, con el jockey paradito con la fusta bajo el brazo… Y varios campeones de diferentes pesos con diferentes niveles de distorsión en las alegres caras trompeadas… Y, por encima de aquello y de lo que hubiera, el amarillento retrato del eterno zorzal sonriente que todavía sigue cantando las canciones de esa ciudad que se va a morir cuando él no cante… El gallego que no era gallego, que había nacido en Valladolid, y llegó de allá con dos años recién cumplidos, para ser más tanguero que nadie y silbar bien fuerte, vibrante y hermoso las repiqueteantes notas agoreras.
Suena la cruel verdad de Discépolo que dice que vamos a ver que todo es mentira.
En este pedazo el tango vive como no puede vivir en otros: en el arroyo negro que ni se mueve, en los fierros retorcidos, en los residuos hechos montaña, en las miradas que quedaron clavadas.
Cuna de nacidos muertos, de gorriones con las alas rotas, de vírgenes golpeadas y violadas, de carne predestinada para el presidio, de putas que aman bastante por monedas inexistentes y de boxeadores que perdieron todas.

El gallego dice que la máquina de café no funciona desde hace dos días, que le falta un repuesto; que mañana, con suerte, se lo solucionan.
El ingeniero pidió caña quemada e hizo que yo también tomara una.
Se pelearon por un pollo en el patio pegado a la escuela y el petiso pelado salió herido de púa en la pierna. La madre del petiso le lloraba al gallego. Qué petiso complicado, no hay día que no esté en un barullo.
Igual, el sol acariciaba la tarde que, como no podía ser de otro modo, tenía un dulce olor a podrido.
Tipo raro el ingeniero. Más raro desde que el hermano se voló el mate.
El gallego nos contó a su forma la historia de Tanita y el hombre de la cara de caballo. Yo ya la conocía en detalle.

El hombre de la cara de caballo estaba permanentemente solo; parecía deshecho, siempre; como tirado en un rincón al margen, en el mismo rincón al margen cada día atrás de cada día lento. Los viejos roncos de los naipes lo invitaban a jugar pero él no aceptaba, jamás; se quedaba en su mesa del final garabateando un cuaderno engrasado. Generalmente tomaba ginebra pura, aunque en algunas oportunidades, muy de vez en cuando, la mezclaba con agua tónica y limón; una botellita de trescientos cincuenta centímetros cúbicos y un par de rodajas para acompañar varias ginebras bien servidas.
—Tengo cierto malestar —decía, mientras señalaba con sus percudidas manos gigantes desde la boca hacia el estómago.
Casi no comía nada, alguna ligera picada, a veces: aceitunas, queso duro, pan tostado.
No se sabía de él, sólo que trabajaba en el corralón grande, de sereno.
No parecía ser muy viejo, alrededor de cincuenta muy mal llevados, pero daba todo el tiempo la impresión de estar tremendamente cansado. Sucio, roto, rengo, desprolijo, medio muerto, acabado. Aureolas negras alrededor de los ojos amarillos entrecerrados.
El mozo colorado loquito lo atendía con su buena disposición desequilibrada y decía que el hombre de la cara de caballo estaba escribiendo algo así como una desahuciada despedida inabarcable que daba vueltas de carnero y no iba a terminar de saludar nunca a la exigua platea expectante. No sé de dónde saca esas ideas para explicar cómo explica, el colorado.
—Los que andan así, como este, son los peores locos —largaba el mozo loquito.
—Vos de locos sabes bastante —le respondía el gallego.

Nadie podría decir cómo fue que Tanita concluyó sentada en la mesita roja del final del último bar del puerto con el hombre de la cara de caballo escuchándola contar su vidita en lentos susurros ásperos. Una tarde apareció ahí, sentadita de piernas cruzadas y tomando un jugo de naranjas y comiendo un sándwich de salchichón y tomate.
Tanita vendía flores, pequeñas flores simples en minúsculos ramos apretados, para que los marineros que volvían llegaran con algo.
La tristeza que se hace continuidad es una enfermedad temible. El hombre con la cara de caballo parecía insalvable. Sin embargo se terminó salvando, por unos días, en el insólito amor a Tanita. Ninguna salvación es definitiva, desgraciadamente las cosas son de esa manera… Y más acá que en ningún lado.

La vida es mucho mejor en los bares; más fácil, más llevadera, menos cruda, menos amarga. Son algo así como un nido para los pájaros que no tienen. Aún el último bar del puerto.

Tanita era chiquita, una nena todavía; de esas nenas a las que las calles les enseñan demasiado, salvajemente rápido. El pelo como varón y una cicatriz que le cortaba la sonrisa compleja y una parte de la naricita; las delgadas piernas quebradas, cubiertas por un pantalón azul bien holgado. Le había pegado un auto en la avenida, hace dos o tres años. Estuvo más de seis meses en el hospital. Solita, pobre… ¡siempre! La iba a ver sólo el gallego y una vieja del barrio.
 
El rancho de atrás del corralón grande se hizo hogar y se pintó de brillante blanco en los ladrillos y de verde en las chapas y la madera. Tanita usaba lindos vestidos de flores. El hombre de la cara de caballo aprendió a bailar de las manos de su amada princesa chiquitita. Estuvieron levemente felices un tiempo.  
Después, como era de esperar, la ley les cortó los restos de alas a los gorriones.
No se los vio más, a ninguno. 
Igual, el sol acariciaba la tarde apenas fresca que, como no podía ser de otro modo, inevitablemente, tenía un dulce olor a podrido.

sábado, 24 de mayo de 2014

Banderas dementes.

Juan ha estado siempre un poco loco pero esto se ha ido profundizando bastante, parece; concuerdan en que la cuestión es más o menos de ese modo casi todos los que dicen conocerlo; me exceptúo porque no soy un parámetro válido y el asunto de pretender conocer a las personas —de verdad, profundamente, más allá de la evidente cáscara— me genera muchísimas dudas, tendríamos que empezar por conocernos a nosotros mismos. Igual, su locura nunca ha dado signos de ser peligrosa, ni para él ni para terceros; la suya es una locura calma, templada y muy agradable al trato, agradabilísima. Sólo una cierta desconfiguración que remonta buen vuelo bien rápidamente y unos ligeros toques de perderse y no dar respuestas razonables, a veces; aunque el concepto de razonabilidad es tan discutible… ¡Tan discutible! ¡Tan pero tan, tan, tan discutible! La verdad es que desde chico ha sido así y no ha empeorado demasiado, creo yo, ¿quizás apenas?, no sé, no podría aseverar nada en concreto.
Recuerdo cuando nos fuimos en una oportunidad de vacaciones, tendríamos veintiuno o veintidós, en una combi destrozada que habíamos comprado por nada y anduvimos infinidad de tiempo dando vueltas por la costa Uruguaya y del sur de Brasil, haciendo desastres… Juan le sacaba unas monedas a la gente realizando unos retratos sumarios que eran un absoluto disparate, con visos de un cubismo expresionista simplificado, y nunca se parecían en nada, ni cercanamente, al supuesto retratado que miraba los trazos con invariable asombro confundido. Era precioso como les explicaba que lo que él dibujaba era lo que se veía más allá de las apariencias superficiales, que él iba hacia lo profundo, por atrás de ellas, y era eso lo que pretendía trasladar al papel: la esencia; algunos se reían infinitamente con sus cuentos, casi todos.  
Hace unos cuantos días discutió, fuertemente, con Georgina, su mujer por años, básicamente porque ella quería que de alguna manera se asentara, que encontrara alguna clase de rumbo distinto a su normal delirio de aleteo fluctuante. Juan no aceptó esa idea, él dice que ha sido lógico demasiado tiempo y que ya no quiere saber nada con ningún tipo de lógica, que tiene decidido ser completamente ilógico de ahora en adelante, sin excepciones. En su boca suena gracioso, ¿cuándo fuiste lógico?, se le podría preguntar, pero uno sabe que él contestaría que siempre lo fue, hasta ese momento, y que tiene decidido no serlo más; y aunque esto nos resulte delirante, ¿qué podríamos decirle? Lo cierto es que puede ser qué esté cada vez más loco, pero de un modo amable, simpático. Juan ha sido siempre muy amable y simpático.
Se peleó con Georgina y se fue a vivir a un departamento mínimo en el final de un estrecho pasillo derruido e interminable, colmado de plantas, que tiene pegada a la última puerta una escalera caracol que permite subir a la vivienda que Juan decoró con una virulencia desencajada hecha con cosas que recogió, fundamentalmente, de la calle. Toda la vida anduvo trayendo cosas de la calle.
Parece que Martín fue a visitarlo y lo recibió con un conejo cocinado de manera increíble en una cacerola de barro, varias botellas de un vino rosado exquisito y un flan con una crema extraña pero riquísima. Parece que Martín dijo que está bien, que está trabajando en el depósito de una ferretería industrial y está contento; que en los ratos libres pinta especialmente con óleo y que elabora, muy entusiasmado, una serie de máscaras y de banderas. El tema de las banderas es una constante en Juan; recuerdo una oportunidad en la que estuvo más de diez horas hablando ininterrumpidamente de una pintura que estaba haciendo, ¿no sé sí la habrá terminado alguna vez?, decía que era una bandera viva…, que por lo general las banderas eran ideas muertas, momificadas, pero que él estaba pensando en que eso tenía, necesariamente, que variar y las diferentes banderas de las diferentes cuestiones debían cobrar una vida y modificarse, constantemente, para poder expresar algo en movimiento, en crecimiento, y no quedarse detenidas en una visión que había sido, pero que ya no podía ser más, porque las cosas cambian y las banderas también tienen que cambiar, evolucionar... Juan es esas maravillosas ideas extrañas al mundo y su descarriada forma de defenderlas y plasmarlas.
Parece que Georgina está muy preocupada por Juan, eso le dice a todo el mundo todo el tiempo sin detenerse ni a respirar, y le pidió a Martín que intente influir en él para que vuelva a su antigua casa con ella y con los gatitos que lo extrañan increíblemente, pero parece que Juan no quiere saber nada y le dijo que, en todo caso, si quería, que ella viniera a vivir ahí, con él, en su nueva morada agreste.
Según Nuria, la mujer de Martín, Martín está más preocupado por Georgina que por Juan.
Georgina es una buena mujer, muy dulce, singular, quizás algo aniñada y habla mucho.
Hace unos días Georgina fue a visitarlo y salió llorando porque Juan casi no le dirigió la palabra y se la pasó pintando sin siquiera mirarla. Le dijo a quien quisiera escucharla que Juan estaba muy desmejorado y que prácticamente era imposible comunicarse con él porque se había desquiciado terminalmente.
Todo el asunto derivó en que Carlos, el papá de Georgina, salió disparado a hablar con Juan y volvió desahuciado. Dicen que Juan le dijo a Carlos que, si bien ama a Georgina, no la soporta porque ella requiere una atención excesiva y él, en este momento, está obligado a dedicar su interés a su pintura.
Con Juan el tiempo se mezcla y uno está viviendo algo que ya vivió pero mejorado, es como si siempre se estuviera pintando la misma pintura interminable que se va cargando de nuevos signos por sobre los signos anteriores y entonces el entramado cobra diferentes significados, o significados recrudecidos, y se muta a otras situaciones que son las situaciones anteriores con explicaciones distintas y cada vez más fortalecidas y brillantes, porque Juan es brillante hasta en sus opacidades, sobre todo por como las cuenta.
He pensado mucho en que debería ir a visitar a Juan pero no voy porque, probablemente, tengo miedo de querer quedarme a vivir con él en la pocilga.  
Me soñé caminando por el pasillo que me contaron y subiendo la escalera caracol para encontrarme con un Juan sonriente que navegaba entre el vaho de la pintura y unos whiskys. Me senté a un costado a ver como pintaba una bandera con cielos y espuma y restos humanos, algo de sangre, y un sol con ojos tranquilamente desorbitados, como los de Juan. 
Finalmente, fui a verlo. El pasillo era más largo, más derruido y más selvático de lo que se hubiera podido imaginar.
Me encontré con un Juan loco, como siempre; amable, como siempre… y tan salvajemente vivo como sus banderas dementes. 
Parece que tenía razón él.  

jueves, 8 de mayo de 2014

La mujer maravilla.

Había estado encerrado un par de meses en uno de esos destierros que mí recurrente melancolía me imponía. Era uno de los primeros, después de la muerte por sobredosis de un querido amigo al que le decíamos Pata. Recién empezaba a descubrir, con cierto terror, el mecanismo de horas amargas que sobrevenía a veces.
María era la hermana menor de otro de mis amigos, Lucio. Era bastante más chica que nosotros, así la veíamos, hasta que un día, de repente, de la noche a la mañana, comenzó a acercarse.
María llegó con un peinado rarísimo, un abrigo negro y unas botas rojas. Estaba muy linda, muy maquillada, con esos ojos extraordinarios bien remarcados en los contornos. Se sonreía al verme mirarla sorprendido y me explicó que iba a una fiesta de disfraces por el cumpleaños de una de sus compañeras de trabajo. Se abrió el abrigo y me dejo ver el resto del atuendo.
—Soy la mujer maravilla —dijo, posando con las manos en la cintura y taconeando con una de las botas.
—Eso ya lo sabía, sólo que hoy te pusiste el traje.
María era de una dulzura y una suavidad infinitas. Tenía una sonrisa abierta y blanca, que por momentos se iba levemente hacía un costado, y unos ojos enormes, verdes y hermosos, aunque un poco perdidos y algo tristes siempre; era alta, delgada, se mezclaban en sus detalles delicadas ampulosidades y tenues redondeces exquisitas. Para ese entonces tendría dieciocho o diecinueve pero, si bien su cuerpo era el de una completa mujer, su rostro contrastaba con visos de nena.
Yo era una sombra en ese momento y no lograba explicarme los motivos de su amistosa cercanía; había perdido mucho peso y me sentía indeseable y quebrado. Mis temas eran oscuros y me parecía que muy alejados de los probables intereses de ella.
—Convidáme de lo que estás tomando.
—Vodka.
—Dale.
Le serví en un vaso una cantidad como para mí y me preguntó con mohines de cierta picardía sí estaba planeando emborracharla. Le dije que tomara lo que quisiera que en todo caso yo lo terminaba.
Nos sentamos uno al lado del otro en el sofá grande y charlamos un rato de diferentes cosas. María se interesaba por mí de un modo que yo no creía razonable. Ya les dije, era una sombra, no tenía carnadura.
—Te venís conmigo a la fiesta —me dijo de pronto. —Te pones un traje, corbata, lentes oscuros y sos el novio de la mujer maravilla —concluyó. —Dale vamos —dijo parándose y tomándome de la mano. 
Cuando termine de vestirme bajo estricta supervisión de sus deseos me besó en la boca y me cambió la vida.
Al poco tiempo nos peleamos, cayó en la cuenta de lo poco interesante que es la vida de un adicto. Yo le guardo el afecto que se le guarda a alguien que nos salvó. La última vez que la crucé en la calle le mentí acerca de que estaba escribiendo esto. Hoy me senté a hacer una mínima justicia.   

sábado, 26 de abril de 2014

La grieta.

Reunir palabras en torno a un tema es siempre opinar, buscar sentido, pretender incidir; por extraño que esto pueda parecerme a mí, que elijo inclinarme generalmente por el delirio de las sombras y la abstracción inusitada que de ellas puede desprenderse. Pero claro, hay diferentes maneras de presentar opiniones y con intensidades muy diversas. Debo reconocer que me genera una honda admiración la decisión con la que algunas personas se lanzan a la opinión desembozada, abierta, desenfadada; cabalgan en ella, a la vez que la vuelven su estandarte, y la esgrimen como si se tratara de una espada que termina en una feroz punta afilada que no duda en desgarrar lo que haya que desgarrar y desparramar la sangre necesaria. No tengo esa facilidad, me cuesta, tiendo a caer en un sentimiento de improcedencia. No obstante, a veces, me brota la imperiosa intención y no la resisto. Es este, quizás, seguramente, aunque relativamente también, el caso.

Considero que el área de los sueños, de la ficción auto-representada y cargada de vitalidad que ellos entrañan, es infinitamente mejor que la realidad cruda, la de la cotidiana vigilia en la que se supone, por definición consagrada por la academia, que estamos situados cuando estamos despiertos. —¿Estamos despiertos? Se entiende que sí, que estamos, por lo menos en alguna medida… Tengo infinitas dudas al respecto—. Amo los sueños, fundamentalmente los de la vigilia, los de esa zona mística en la que el deseo profundo se confunde con la habitualidad y da por resultado la alegría posible… Puedo estar bien, de a ratos, ahí…, soñando con que se puede dinamitar este mundo de mierda y hacer uno nuevo…
Bueno, sigamos, si quieren: ¿vivir es andar por esos dos territorios mezclándose? Creo que sí, que no se puede andar de otra manera; que esa vigilia pura, que algunos se esfuerzan en sostener, existe sólo en sus sueños; que no se puede caminar sin soñar con llegar, por fin, a algún sitio; que lo que llamamos amor requiere de una gran dosis de inconsciencia; que en cada acción hay inevitablemente una carga que fluye desde ahí, desde el nebuloso margen de los sueños; que soñar no es estar loco, que a lo mejor estar loco es no soñar; que hasta los especialistas en mercadotecnia sueñan con constancia en sus jornadas realistas, igual que los agentes en las bolsas de valores de las grandes capitales de la máxima rudeza materialista; y hasta, probablemente, pensándolo mejor, me atrevería a decir que esos sujetos vestidos de adláteres del total realismo están entre los humanos con mayores niveles de inconsciencia.            

En el año 2001, mientras todo se iba, o parecía irse, seriamente al carajo, yo me encontraba muy drogado. Me iba considerablemente bien en lo económico, trabajaba en una reconocida empresa, tenía un cargo gerencial, la crisis no me golpeaba, ganaba bastante e invertía en tres o cuatro sustancias que me mantenían entretenido y equilibrado —entre comillas, por supuesto—, pero bueno —algunas personas buscamos en los márgenes de la medicina soluciones a problemas que hemos atacado de diferentes formas, a lo largo de la vida, sin hallar resultados definitivos—. Entonces, sigo: mi encuentro con la realidad de aquellos días se dio en la Avenida Rivadavia, en su intersección con la calle Río de Janeiro. Había ido a un médico, no recuerdo cuál fue la hipótesis con la que me convencieron, el asunto es que al salir de la consulta encontré la Avenida Rivadavia completamente bloqueada por una marcha interminable de gente. Mi auto había quedado de un lado de Rivadavia y yo tenía que dirigirme hacía el otro; todas las personas que consulté me indicaron la imposibilidad de cruzar con mi vehículo en un radio que iba desde la General Paz al bajo, ósea: la columna cortaba, en su increíble extensión, la ciudad integra y se seguía incrementando desde los suburbios. Parece no tener fin, creo que me dijo alguien. Me puse a mirar.
La vista suele ir de adentro hacia afuera y de afuera hacia dentro, un poco como les refería al principio de esto, y entonces mi mirada sobre la incesante marcha de desesperados se centró en los brazos de un tipo, un señor de unos cuarenta años quizás, muy delgado, que llevaba de un lado a un chiquito de cinco o seis o siete, eso aparentaba, más o menos, es difícil precisar la edad de un chico mal alimentado, y del otro un palo de madera, grande, intimidatorio; los ojos perdidos, inyectados en esa combinación de sangre, lagrimas, dolor, bronca, furia dispuesta a todo… Pensé en los brazos de mi viejo. Mi papá salió muy joven de la casa de sus padres y se ganó esos primeros años de vida vareando caballos de carrera; no era demasiado bajo, alrededor de un metro setenta, razón por la cual tenía que permanecer muy delgado para poder trabajar, y esa delgadez, que lo acompaño hasta el final, se potenciaba en sus brazos fuertemente largos, potentes, nudosos, venosos, curtidos al sol del trabajo; como los de aquel hombre que llevaba de la mano un hijo apenas más grande que el mío, en aquel momento. Mi viejo acababa de morir unos meses antes y creo que en honor a él, a la consciencia de clase que me inculcó, a la mirada de mi hijo y a la de aquellos desesperados, me puse a llorar desconsoladamente y juré que algo iba a hacer.
Hice poco, nos acercamos con mi mujer a la asamblea barrial y luego a un centro comunitario; ella fue más generosa que yo con su tiempo; es maestra, aunque no ejercía en ese momento, ayudó en la asistencia a los chicos por más de un año; yo puse el auto un par de veces y acomodé un par de cajas.

Se habla con mucha intensidad de la provocación, en esta última década, de una grieta que divide a los argentinos. ¿Realidad o ficción? ¿Un poco y un poco? ¿No son varias las grietas? ¿No existen grietas acaso desde el momento mismo del comienzo del sueño que quiso hacer de este territorio una nación? ¿Y la grieta impuesta por aquellos que, creyéndose dueños de todo, pretendían que la realidad se amoldara eternamente a sus ensoñados intereses? ¿Se fueron, vendieron su participación accionaria o siguen acá, pretendiendo lo mismo y consiguiendo bastante?
Las innumerables grietas de la república, tan ciega como la justicia, y la calidad institucional distante. La gorda grieta de los que estructuran bien su patrimonio para que se les escape lo menos posible y le venden libros de auto-ayuda a los soñadores de una módica libertad exenta de impuestos. La grieta en los discursos, que pretenden contener a los desposeídos, desde la holgura multimillonaria.

¿Cuántos desesperados hay hoy en Argentina? ¿No será esa la grieta que importa?                         

domingo, 30 de marzo de 2014

Ayer, ahora y, probablemente, mañana.

ÉL caminaba por esas calles buscando, de algún modo, asimilarlas a sus recuerdos sin acertar a conseguirlo. A pasos lentos, pesados, arrastrando sobre todo el pie derecho. Todo se encontraba completamente distinto. Se cruzó por su mente un dibujo en lápiz, desde casi esa visión, que había hecho su hermano hacía demasiado. Demasiados años habían transcurrido y las ciudades mutan, al ritmo vertiginoso que imponen las reglas del mercado, con sus distintos tipos de desarrolladores de tendencias dejando señales, acá y allá, por todos lados, de éxitos y fracasos, capas aluvionales de oscilantes momentos de mercado. Voces reverberando, pasado líquido circulante… Se detuvo ante la vidriera de una casa de reparación y venta de controles remoto, básicamente lo que llamó su atención fue la manera en que se encontraban dispuestas las piezas de ese extrañísimo rompecabezas comercial, brillante y helado: la extrema prolijidad y limpieza, la estruendosamente blanca iluminación de quirófano sólo cortada por una línea de neón azul que formaba la palabra control. Control, se quedó pensando. Entre los aparatos expuestos había uno idéntico al de su viejo equipo de audio, el que le regalaron sus padres cuando terminó el colegio y todavía conservaba, resaltaba claramente por su tamaño exagerado, enorme, duplicaba con holgura al más grande de los otros. Preguntó por el valor y se sorprendió, pedían por la extraordinaria reliquia algo así como lo que él creía que valía su equipo entero. Quiso seguir caminando un rato por las calles que habían sido sus calles, hace tiempo, pero que ahora eran el reflejo extraño de una vida que desconocía definitivamente, que no tenía puntos de contacto con su vida, como si hubiesen pasado mucho más que años; eso entrevió, y probablemente fuera cierto. Se dirigió resignado hacía el auto para irse. No sabía qué había ido a buscar y lo que haya sido no lo encontró ni por aproximación. La tarde se alejaba y se acercaba la noche. Una rotura en el asfalto dejaba ver un tramo de antiguos adoquines y varios metros de rieles brillantes; algunas gotas de agua brotaban aisladas sobre las piedras. Subió al auto, puso la llave en el tambor y se quedó mirando a una mujer que venía a su encuentro. Delgada, chiquita, una melena enrulada que no llegaba a los hombros, las piernas agiles a las que se le juntaban un poco las rodillas, los lentes, los ojos, las pecas. Era Laura.
Era ella, absolutamente ella, pensó; esa sonrisa preciosa, potente, blanca, en la que se separaban unos milímetros los grandes incisivos superiores, la mirada transparente y la voz, tocando su nombre, como una caricia.
Pasó tanto tiempo… tanto… Tanto destino corrió desbocado.
—Hola. ¿Cómo estás?
—Bien, bien, acá estoy.
—Vení, vamos a tomar un café, a charlar. La librería esa es mía. Vamos al barcito de al lado.
—Estás hermosa —le dijo él en un suspiro y ella lo miraba sonriendo. Se tomaron de las manos.
—Vos, estás bien, lindo, muy flaco —Laura le pasó cariñosamente la palma de su mano izquierda por la mejilla primero y luego por la superficie del pelo.
—Consumido.
—¡No! Estás mucho más lindo, los años te aportaron carácter. Tenés el pelo como lo tenía tu papá, gris azulado. ¿Cómo están ellos? ¿Y tú hermano?
—Los viejos murieron hace unos seis meses, uno atrás del otro, mamá de un infarto cerebral y papá del corazón. Juan vive en Paraguay.
—Yo tengo un hijo de cinco años, se llama Ramiro, es un sol. Lo tuve con Mario. Estuvimos casados unos cuantos años. ¿Sabías? Mario desapareció apenas nació Ramiro, se lo trago la tierra.
—Está en Paraguay con Juan.
—¿Lo viste?
—No, hará cosa de un mes hablé con Juan y me dijo. Estaban trabajando juntos.
—Bueno, espero que le vaya bien. Contame de vos, por favor.
—Yo, nada, poco, nada.
—Esa elocuencia tuya.
—Recién ahora me estoy acomodando un poco.
—Supe del problema que tuviste... Y de lo que te pasó después.
A Martín le habían pasado por encima un par de largos años de cárcel, por un tema de drogas, sólo consumo, malinterpretado por diferentes jueces, en sucesivas instancias del servicio de justicia, con lo que sabemos que la cárcel implica, y después, para terminar de ayudarlo en su problemática, una paliza de psiquiatrización, en varias cuotas, cada vez más costosas.
Laura lo miraba pensando que el cúmulo de desgracia parecía no haberlo lastimado de forma tan severa, que tenía una cara armoniosa y apacible, que su voz era firme y agradablemente profunda. Se detuvo en la cicatriz que le cruzaba el pómulo derecho, en la nariz ligeramente aplastada pero bella, en las manos grandes y los dedos largos, en los brazos fuertes, en los vestigios de suicidio en las muñecas, en los labios finos, en los ojos cargados.
—¿Seguís cantando? —pregunto ella, levantando graciosamente los hombros e impostando expectativa.
—No, ya no. A veces tengo ganas, pero la verdad, no. Hace mucho que no canto.
—Tenés que cantar, lo hacías fantástico. Me acuerdo de las fiestas que armábamos, vos siempre con tu guitarra, cantando. Habías hecho una canción muy hermosa que decía algo de un sendero en una montaña a donde no llegaba nunca la luz… ¿Algo así, no?
Unos segundos de silencio y el desierto, que ella no había visto nunca, hasta ese momento, y que ahora se evidenciaba en la mirada de Martín. La marca de la locura podía ser ese vacío, pensó ella.
—¿No ves a nadie, no? —dijo Laura.
—No —respondió, seco, Martín.
—Fui armando la librería y no me está yendo mal, por suerte. Es linda, ¿la viste? Tengo de todo, es chica pero tengo de todo un poquito. La empecé a armar hace dos años y bien, muy bien, por suerte. Bueno, a la suerte hay que ayudarla… Ese es un lugar común, bastante estúpido, pero hago lo que puedo.
El barcito los había ido dejando solos, la chica que atendía el mostrador y las mesas fumaba un demorado cigarrillo afuera. 
Se despidieron sin mirarse. Se pusieron de acuerdo. Ella sintió que sería muy complicado hacerle un lugar en su vida y él que sí algo salía mal no iba a poder soportarlo.

martes, 4 de marzo de 2014

Otra digresión innecesaria.

Empiezo por donde puedo, de la manera que puedo, es una constante (siempre hago lo mismo) y entonces, inevitable e invariablemente, voy arrancando por la esencial clave de preguntarme y contestarme algo así como: para qué sirve la vida sino para divertirse. Ser feliz es una pretensión excesiva, me parece; una pretensión que se diluye por sí misma en la búsqueda de una abstracción demasiado intangible: la felicidad… inabordable, mucho, demasiado, excesivo, sólo alcanzable de a ratos y casi sin intervención de la voluntad, o decididamente sin intervención. Divertirse está muy bien, es perfecto, es una excelente propuesta, más cercana, más factible, a mano. Divertirse y no dejarse arrastrar por ninguna pena, o por lo menos, ser arrastrado sólo lo necesario, lo imprescindible… La imagen que podría pintar lo que quiero decir, en cuanto a no dejarse arrastrar, es aquella de estar nadando en el mar a cientos de metros de la costa y, en el momento de querer volver, notar que la corriente no nos deja hacerlo, que aunque nadamos y nadamos la costa siempre está a la misma distancia o incluso empeora; la solución para este problema podría pasar por encontrar la corriente de vuelta y no por desfallecer nadando en contra; frente al dolor habría que tomar una actitud similar, probablemente.    
Igual, somos lo que podemos, con lo que la vida va dejando de nosotros, con lo que va quedando, con lo que el mar no se llevó, eso creo; los restos de varios naufragios consecutivos. ¿Quién no ha tenido cantidad de naufragios? Y en el mar siempre se deja bastante. Y es difícil no entristecerse por las pérdidas, está claro. Apenas nacemos comenzamos a dejar cosas por el camino. Frecuentemente me sueño avanzando con los brazos cargados de paquetes y pequeñas cosas que se me van cayendo y cuando me agacho para recogerlas se me caen otras y por consiguiente avanzo de la manera que puedo: haciendo malabares y pateando lo que se cae y bueno, desprolijamente, abandonando una parte por no encontrar la forma de seguir transportándolo.   
Cuando hablo de divertirse no hablo de entretenerse que entiendo que es algo completamente distinto; entretenerse podría pasar por buscar distracciones que nos alejen de la conciencia de nuestros momentos miserables; divertirse, en cambio, no tiene porqué contener inconciencia: podemos perfectamente divertirnos en las peores circunstancias y sin negarlas en lo absoluto. Se me ocurren infinidad de ejemplos pero juzgo innecesario profundizarlos; creo que cualquiera que haya vivido un poco entiende lo que planteo, o sino, debería. En el rostro de la peor tragedia se puede dibujar una sonrisa. No estoy diciendo que tenga forzosamente que dibujarse.
Hay personas que pretenden buscarle un lado positivo a todo, no es de eso de lo que hablo, de ninguna manera, eso no me resulta factible; hay hechos, circunstancias, que no tienen la más mínima arista positiva, nada en absoluto. Podría decirse que ese tipo de diagrama existencial es inviable, un optimismo condenado al total fracaso en el momento de enfrentarse a un dolor extremo; en su lugar, un optimismo más moderado, menos totalitario; sólo acordarnos, en cuanto nos sea posible, después de que la corriente de dolor haya menguado, la conveniencia de divertirnos y divertir a los que están cerca, todo lo que nos resulte viable. Ahí puede estar la otra pata que sostenga la cuestión: divertirse con y no a costa, nunca. En ese divertirse con los demás hay una circularidad virtuosa y abierta, que invita al contagio, que mejora el ámbito, que lo hace más agradable, menos inhóspito.
Se me ocurre pensar que sólo los que se plantean buscar entretenimiento tienen inconvenientes marcados con la adicción a sustancias y demás. Quizás el buscador de diversión no esté tan proclive a caer en esas trampas. La trampa no parece ser la sustancia sino la adicción. Y la adicción parece ser consecuencia del deseo de escapar implicado en la necesidad de entretenerse.
Entonces, de nuevo, para intentar resumir: no dejarse arrastrar por la pena, buscar el lado divertido y la diversión como sistema en todo lo que sea posible y compartir los hallazgos, aún los mínimos. Eso. Y conservar cierta rusticidad. Pulirse en exceso puede dejarnos en carne viva.  

viernes, 14 de febrero de 2014

Morir en el mar.

El viejo Reizner se murió de un ataque al corazón, arriba, sentado en su escritorio. La secretaria nos contó que en principio le pareció que dormía pero que al acercarse percibió que estaba sin vida. Sin vida, dijo, y las dos palabras y o tres silabas se quedaron resonando en mi mente. Tenía una expresión apacible, derramó. Parece que no se dio cuenta, o por lo menos no sufrió.  
Unos días atrás nos habíamos cruzado en la máquina de café: me habló de que estaba cansado y que tenía ganas de irse al carajo, a una playita cálida en el norte de Brasil, o en Cuba, o en Colombia o en cualquier otro lado, da lo mismo pero que sea cálido y sobre el mar. Un ranchito, un bote, unas cañas de pescar y una motito para ir a hacer las compras al pueblo. Yo ya no necesito más, me había dicho. Me siguió hablando de no ser una carga, de los animales que se alejan de la manada cuando sienten que pierden fuerza, de entrar a nadar un día y ya no poder volver a la costa. No entendí demasiado en ese momento.   
El viejo Reizner venía todas las mañanas en su moto, si no llovía venía en su moto siempre sonriente, todas las mañanas. El Turco le decía: viejo pelotudo, te haces el pendejo, te vas a matar con esa moto de mierda, o te vas a dar un golpe y vas a quedar más pelotudo de lo que sos. El viejo sonreía, siempre.
Esa noche fuimos a velarlo. De la familia sólo estaba su hija, Ana y el novio de ella. (Mi hija también se llama Ana). De la empresa estaba todo el mundo, charlando y contando anécdotas del viejo, de sus salidas graciosas y locuras, de su voz de barítono cantando en las fiestas. Le sonreían con veneración al viejo muerto.
A la mañana al entierro fuimos pocos.
Unos días después vino Ana, la hija del viejo, se paró frente a mi y me dijo que su papá había dejado por escrito que la moto era para mí, que le tenía que pagar el ochenta por ciento de lo que estaba valuada por el seguro, como pudiera, sin apuro, que el viejo dejó los formularios firmados, que tenía que pasar a buscarlos por la Escribanía Poldone, que la moto estaba abajo y las llaves las tenía Sandra, la secretaria. Me dejó sobre el escritorio la cedula, el último comprobante del seguro y los datos de la cuenta en donde tenía que depositar. Insistió en que no tenía ningún apuro con respecto al pago. Me hablaba con la misma sonrisa del viejo. La abracé. 
Esa noche volví a casa con la moto, sonriendo como hacía mucho no sonreía. Hablé con mi Ana, le dije que estaba empezando a pensar en cambiar de vida. Me parece muy bien papá, me dijo.            

lunes, 2 de diciembre de 2013

Fumar y pescar.

La hora prometida para absorber el humo denso y mantener la brasa parejamente encendida y expulsar gruesas columnas de olvido de sí mismo y seguir con los ojos abiertos hacia el vacío que se supone adelante y no caer en la tentación de voltear la ceniza que permanece asida a la brasa. Mirar el pequeño fuego arder y establecer la inevitable comparación con el volcán que se lleva en las entrañas. El volcán que contiene la metáfora que nos da vida y a la vez nos consume.
Cuando de apagar fuego se trata, se piensa inmediatamente en líquido. El vodka, aunque frio, no parece ser una solución, pero la imagen del mar siempre lo es. Estaban las innumerables fotos de vacaciones oceánicas, esparcidas por la totalidad de la sala. A ambos les encantaba el mar y todo lo que trae aparejada su cercanía.
  
Aplastó el resto de cigarro contra el cenicero y se acercó al balcón. En el parque, la señora del tercero paseaba su perrito caniche y la de al lado repartía alimento entre los gatos. Cuando él llegó del trabajo la señora de al lado se encontraba en el balconcito mirando la calle, se esforzó por saludarla pero ella no dio señales de verlo. Estaba muy vieja. En algún punto le recordaba a su madre.

Un movimiento abrupto de tierra en el fondo del océano, en consonancia con una fuerte corriente submarina y una tormenta violenta en la superficie, con ráfagas que superan lo imaginable, y entonces, el mar crece en aniquiladoras paredes de agua que arrollan bestialmente lo que encuentran a su paso. La vida, a veces, es esa combinación, o una bastante similar, o tantas otras tan destructivas como esas; una suma de factores concordantes que dan por resultado la tragedia.
En la agencia se tomaba mucho café, una máquina de libre expendio y las horas inhabitadas; las horas cargadas de esperar, con la paciencia autoimpuesta del pescador, la llegada del pescado; las horas sucias de la continuidad en la tarea esencial de la espera; y una franja costera exigua para una superpoblación de pescadores. Él estaba teniendo cada vez más problemas con todo eso.
No le había dicho nada a ella pero, unos días atrás, tuvo un conflicto serio con un compañero de trabajo que derivó en una pelea, con cruce de insultos y algunas manos, y que, seguramente, terminaría en una suspensión o quizás algo peor. 
Ella dejó la revista sobre la mesita baja y tomó el teléfono. Se fue al dormitorio a hablar con su hermana de los preparativos para la boda inminente. Él miraba la noche en el parque a través de la cuadricula de la ventana. La señora de al lado seguía con los gatos, parecía estar jugando con uno cachorro. Las palmeras estaban hermosas reflejando la luna. Deseaba fumar otro cigarro pero en cambio encendió un cigarrillo. No podía dejar de pensar en lo infumables que se le hacían las horas de tedio con la caña en las manos.

domingo, 1 de diciembre de 2013

Hogar dulce.

El fantasma simbólico de un espacio en la infancia, como aquel en el que él creció junto a sus hermanos de la mano de sus padres. La mano simple y cálida de su mamá y la mano gruesa, áspera y simpática de su papá. Aquellas manos que estaban siempre cerca, en caricias permanentes. Se lo veía distinto con el paso del tiempo. Aquella casita a la que no le sobraba nada y a veces le faltaba, tenía, sin embargo, eso que se había sabido construir desde la sencillez. Las paredes sucias de alegría. Él venía de ahí. Ella venía de algo muy opuesto, así lo pensaba él, por lo menos.
Ahora, vivían en un minúsculo departamentito antiguo en el centro de la ciudad con un hermoso balcón francés orientado hacia la parte más linda de un parque, dos ambientes y una dependencia ínfima que ella utilizaba como escritorio, sala de lectura, de labores y multipropósito, su lugar especial, aunque todo en esa casa era ella, cada detalle, los muebles, los cuadros, los tapices, las cortinas, las alfombras, los almohadones, las plantas invadiéndolo todo, las lámparas, los jarrones, los candelabros, los adornos en general, la inspiración variada y multiétnica, el infinito museo de pequeñas y delicadas posesiones desperdigadas, la colección de gatitos de porcelana, las cajitas de música con sus bailarinas, cada una de las cosas que habían sido cuidadosamente elegidas por ella, algunas hechas o restauradas por sus manos incluso, en un largo proceso, de años de duración. Las revistas la habían ayudado en todo aquello, siempre estaba sacando ideas nuevas de esas publicaciones especializadas en las distintas áreas de la femineidad institucionalizada y sus colindantes sistémicas. Flores, mariposas, encajes, puntillas, volados, muñecas, hadas, cristales, gasas, colores, brillos, corazones… Él odiaba esos corazones impuestos por el mercado de signos, casi tanto como a la cruz devota del dormitorio.
Ese departamentito estuvo en su familia desde que ella era chiquita, ahí vivió su abuela hasta la muerte, luego su madre se lo alquiló a una tía o algo así y finalmente fue de ella cuando su tía o algo así fue a dar a un psiquiátrico.
Toda esa casa era ella. Él era una tercera parte del armario, un par de estantes en la biblioteca, la mesa de luz de su lado, algunas pocas cosas en el baño y un guitarrón jumbo coreano que últimamente estaba guardado en un rincón del dormitorio al costado de la mesa de luz. Aunque hacía días que él era fundamentalmente los cigarros y la botella de vodka.
Sus dedos tenues corrían las páginas, se detuvo en una nota acerca de cómo hacer para mantener viva la pasión en la pareja.
Él seguía sentado a la mesa fumando, pensaba en un hombre, apenas mayor que él, aferrado al timón de una cascara de nuez en el medio de una tormenta furiosa en el océano. 
Las baladas roncas y oscuras se habían acallado, ninguno de los dos pareció notarlo.