domingo, 30 de marzo de 2014

Ayer, ahora y, probablemente, mañana.

ÉL caminaba por esas calles buscando, de algún modo, asimilarlas a sus recuerdos sin acertar a conseguirlo. A pasos lentos, pesados, arrastrando sobre todo el pie derecho. Todo se encontraba completamente distinto. Se cruzó por su mente un dibujo en lápiz, desde casi esa visión, que había hecho su hermano hacía demasiado. Demasiados años habían transcurrido y las ciudades mutan, al ritmo vertiginoso que imponen las reglas del mercado, con sus distintos tipos de desarrolladores de tendencias dejando señales, acá y allá, por todos lados, de éxitos y fracasos, capas aluvionales de oscilantes momentos de mercado. Voces reverberando, pasado líquido circulante… Se detuvo ante la vidriera de una casa de reparación y venta de controles remoto, básicamente lo que llamó su atención fue la manera en que se encontraban dispuestas las piezas de ese extrañísimo rompecabezas comercial, brillante y helado: la extrema prolijidad y limpieza, la estruendosamente blanca iluminación de quirófano sólo cortada por una línea de neón azul que formaba la palabra control. Control, se quedó pensando. Entre los aparatos expuestos había uno idéntico al de su viejo equipo de audio, el que le regalaron sus padres cuando terminó el colegio y todavía conservaba, resaltaba claramente por su tamaño exagerado, enorme, duplicaba con holgura al más grande de los otros. Preguntó por el valor y se sorprendió, pedían por la extraordinaria reliquia algo así como lo que él creía que valía su equipo entero. Quiso seguir caminando un rato por las calles que habían sido sus calles, hace tiempo, pero que ahora eran el reflejo extraño de una vida que desconocía definitivamente, que no tenía puntos de contacto con su vida, como si hubiesen pasado mucho más que años; eso entrevió, y probablemente fuera cierto. Se dirigió resignado hacía el auto para irse. No sabía qué había ido a buscar y lo que haya sido no lo encontró ni por aproximación. La tarde se alejaba y se acercaba la noche. Una rotura en el asfalto dejaba ver un tramo de antiguos adoquines y varios metros de rieles brillantes; algunas gotas de agua brotaban aisladas sobre las piedras. Subió al auto, puso la llave en el tambor y se quedó mirando a una mujer que venía a su encuentro. Delgada, chiquita, una melena enrulada que no llegaba a los hombros, las piernas agiles a las que se le juntaban un poco las rodillas, los lentes, los ojos, las pecas. Era Laura.
Era ella, absolutamente ella, pensó; esa sonrisa preciosa, potente, blanca, en la que se separaban unos milímetros los grandes incisivos superiores, la mirada transparente y la voz, tocando su nombre, como una caricia.
Pasó tanto tiempo… tanto… Tanto destino corrió desbocado.
—Hola. ¿Cómo estás?
—Bien, bien, acá estoy.
—Vení, vamos a tomar un café, a charlar. La librería esa es mía. Vamos al barcito de al lado.
—Estás hermosa —le dijo él en un suspiro y ella lo miraba sonriendo. Se tomaron de las manos.
—Vos, estás bien, lindo, muy flaco —Laura le pasó cariñosamente la palma de su mano izquierda por la mejilla primero y luego por la superficie del pelo.
—Consumido.
—¡No! Estás mucho más lindo, los años te aportaron carácter. Tenés el pelo como lo tenía tu papá, gris azulado. ¿Cómo están ellos? ¿Y tú hermano?
—Los viejos murieron hace unos seis meses, uno atrás del otro, mamá de un infarto cerebral y papá del corazón. Juan vive en Paraguay.
—Yo tengo un hijo de cinco años, se llama Ramiro, es un sol. Lo tuve con Mario. Estuvimos casados unos cuantos años. ¿Sabías? Mario desapareció apenas nació Ramiro, se lo trago la tierra.
—Está en Paraguay con Juan.
—¿Lo viste?
—No, hará cosa de un mes hablé con Juan y me dijo. Estaban trabajando juntos.
—Bueno, espero que le vaya bien. Contame de vos, por favor.
—Yo, nada, poco, nada.
—Esa elocuencia tuya.
—Recién ahora me estoy acomodando un poco.
—Supe del problema que tuviste... Y de lo que te pasó después.
A Martín le habían pasado por encima un par de largos años de cárcel, por un tema de drogas, sólo consumo, malinterpretado por diferentes jueces, en sucesivas instancias del servicio de justicia, con lo que sabemos que la cárcel implica, y después, para terminar de ayudarlo en su problemática, una paliza de psiquiatrización, en varias cuotas, cada vez más costosas.
Laura lo miraba pensando que el cúmulo de desgracia parecía no haberlo lastimado de forma tan severa, que tenía una cara armoniosa y apacible, que su voz era firme y agradablemente profunda. Se detuvo en la cicatriz que le cruzaba el pómulo derecho, en la nariz ligeramente aplastada pero bella, en las manos grandes y los dedos largos, en los brazos fuertes, en los vestigios de suicidio en las muñecas, en los labios finos, en los ojos cargados.
—¿Seguís cantando? —pregunto ella, levantando graciosamente los hombros e impostando expectativa.
—No, ya no. A veces tengo ganas, pero la verdad, no. Hace mucho que no canto.
—Tenés que cantar, lo hacías fantástico. Me acuerdo de las fiestas que armábamos, vos siempre con tu guitarra, cantando. Habías hecho una canción muy hermosa que decía algo de un sendero en una montaña a donde no llegaba nunca la luz… ¿Algo así, no?
Unos segundos de silencio y el desierto, que ella no había visto nunca, hasta ese momento, y que ahora se evidenciaba en la mirada de Martín. La marca de la locura podía ser ese vacío, pensó ella.
—¿No ves a nadie, no? —dijo Laura.
—No —respondió, seco, Martín.
—Fui armando la librería y no me está yendo mal, por suerte. Es linda, ¿la viste? Tengo de todo, es chica pero tengo de todo un poquito. La empecé a armar hace dos años y bien, muy bien, por suerte. Bueno, a la suerte hay que ayudarla… Ese es un lugar común, bastante estúpido, pero hago lo que puedo.
El barcito los había ido dejando solos, la chica que atendía el mostrador y las mesas fumaba un demorado cigarrillo afuera. 
Se despidieron sin mirarse. Se pusieron de acuerdo. Ella sintió que sería muy complicado hacerle un lugar en su vida y él que sí algo salía mal no iba a poder soportarlo.

martes, 4 de marzo de 2014

Otra digresión innecesaria.

Empiezo por donde puedo, de la manera que puedo, es una constante (siempre hago lo mismo) y entonces, inevitable e invariablemente, voy arrancando por la esencial clave de preguntarme y contestarme algo así como: para qué sirve la vida sino para divertirse. Ser feliz es una pretensión excesiva, me parece; una pretensión que se diluye por sí misma en la búsqueda de una abstracción demasiado intangible: la felicidad… inabordable, mucho, demasiado, excesivo, sólo alcanzable de a ratos y casi sin intervención de la voluntad, o decididamente sin intervención. Divertirse está muy bien, es perfecto, es una excelente propuesta, más cercana, más factible, a mano. Divertirse y no dejarse arrastrar por ninguna pena, o por lo menos, ser arrastrado sólo lo necesario, lo imprescindible… La imagen que podría pintar lo que quiero decir, en cuanto a no dejarse arrastrar, es aquella de estar nadando en el mar a cientos de metros de la costa y, en el momento de querer volver, notar que la corriente no nos deja hacerlo, que aunque nadamos y nadamos la costa siempre está a la misma distancia o incluso empeora; la solución para este problema podría pasar por encontrar la corriente de vuelta y no por desfallecer nadando en contra; frente al dolor habría que tomar una actitud similar, probablemente.    
Igual, somos lo que podemos, con lo que la vida va dejando de nosotros, con lo que va quedando, con lo que el mar no se llevó, eso creo; los restos de varios naufragios consecutivos. ¿Quién no ha tenido cantidad de naufragios? Y en el mar siempre se deja bastante. Y es difícil no entristecerse por las pérdidas, está claro. Apenas nacemos comenzamos a dejar cosas por el camino. Frecuentemente me sueño avanzando con los brazos cargados de paquetes y pequeñas cosas que se me van cayendo y cuando me agacho para recogerlas se me caen otras y por consiguiente avanzo de la manera que puedo: haciendo malabares y pateando lo que se cae y bueno, desprolijamente, abandonando una parte por no encontrar la forma de seguir transportándolo.   
Cuando hablo de divertirse no hablo de entretenerse que entiendo que es algo completamente distinto; entretenerse podría pasar por buscar distracciones que nos alejen de la conciencia de nuestros momentos miserables; divertirse, en cambio, no tiene porqué contener inconciencia: podemos perfectamente divertirnos en las peores circunstancias y sin negarlas en lo absoluto. Se me ocurren infinidad de ejemplos pero juzgo innecesario profundizarlos; creo que cualquiera que haya vivido un poco entiende lo que planteo, o sino, debería. En el rostro de la peor tragedia se puede dibujar una sonrisa. No estoy diciendo que tenga forzosamente que dibujarse.
Hay personas que pretenden buscarle un lado positivo a todo, no es de eso de lo que hablo, de ninguna manera, eso no me resulta factible; hay hechos, circunstancias, que no tienen la más mínima arista positiva, nada en absoluto. Podría decirse que ese tipo de diagrama existencial es inviable, un optimismo condenado al total fracaso en el momento de enfrentarse a un dolor extremo; en su lugar, un optimismo más moderado, menos totalitario; sólo acordarnos, en cuanto nos sea posible, después de que la corriente de dolor haya menguado, la conveniencia de divertirnos y divertir a los que están cerca, todo lo que nos resulte viable. Ahí puede estar la otra pata que sostenga la cuestión: divertirse con y no a costa, nunca. En ese divertirse con los demás hay una circularidad virtuosa y abierta, que invita al contagio, que mejora el ámbito, que lo hace más agradable, menos inhóspito.
Se me ocurre pensar que sólo los que se plantean buscar entretenimiento tienen inconvenientes marcados con la adicción a sustancias y demás. Quizás el buscador de diversión no esté tan proclive a caer en esas trampas. La trampa no parece ser la sustancia sino la adicción. Y la adicción parece ser consecuencia del deseo de escapar implicado en la necesidad de entretenerse.
Entonces, de nuevo, para intentar resumir: no dejarse arrastrar por la pena, buscar el lado divertido y la diversión como sistema en todo lo que sea posible y compartir los hallazgos, aún los mínimos. Eso. Y conservar cierta rusticidad. Pulirse en exceso puede dejarnos en carne viva.  

viernes, 14 de febrero de 2014

Morir en el mar.

El viejo Reizner se murió de un ataque al corazón, arriba, sentado en su escritorio. La secretaria nos contó que en principio le pareció que dormía pero que al acercarse percibió que estaba sin vida. Sin vida, dijo, y las dos palabras y o tres silabas se quedaron resonando en mi mente. Tenía una expresión apacible, derramó. Parece que no se dio cuenta, o por lo menos no sufrió.  
Unos días atrás nos habíamos cruzado en la máquina de café: me habló de que estaba cansado y que tenía ganas de irse al carajo, a una playita cálida en el norte de Brasil, o en Cuba, o en Colombia o en cualquier otro lado, da lo mismo pero que sea cálido y sobre el mar. Un ranchito, un bote, unas cañas de pescar y una motito para ir a hacer las compras al pueblo. Yo ya no necesito más, me había dicho. Me siguió hablando de no ser una carga, de los animales que se alejan de la manada cuando sienten que pierden fuerza, de entrar a nadar un día y ya no poder volver a la costa. No entendí demasiado en ese momento.   
El viejo Reizner venía todas las mañanas en su moto, si no llovía venía en su moto siempre sonriente, todas las mañanas. El Turco le decía: viejo pelotudo, te haces el pendejo, te vas a matar con esa moto de mierda, o te vas a dar un golpe y vas a quedar más pelotudo de lo que sos. El viejo sonreía, siempre.
Esa noche fuimos a velarlo. De la familia sólo estaba su hija, Ana y el novio de ella. (Mi hija también se llama Ana). De la empresa estaba todo el mundo, charlando y contando anécdotas del viejo, de sus salidas graciosas y locuras, de su voz de barítono cantando en las fiestas. Le sonreían con veneración al viejo muerto.
A la mañana al entierro fuimos pocos.
Unos días después vino Ana, la hija del viejo, se paró frente a mi y me dijo que su papá había dejado por escrito que la moto era para mí, que le tenía que pagar el ochenta por ciento de lo que estaba valuada por el seguro, como pudiera, sin apuro, que el viejo dejó los formularios firmados, que tenía que pasar a buscarlos por la Escribanía Poldone, que la moto estaba abajo y las llaves las tenía Sandra, la secretaria. Me dejó sobre el escritorio la cedula, el último comprobante del seguro y los datos de la cuenta en donde tenía que depositar. Insistió en que no tenía ningún apuro con respecto al pago. Me hablaba con la misma sonrisa del viejo. La abracé. 
Esa noche volví a casa con la moto, sonriendo como hacía mucho no sonreía. Hablé con mi Ana, le dije que estaba empezando a pensar en cambiar de vida. Me parece muy bien papá, me dijo.            

lunes, 2 de diciembre de 2013

Fumar y pescar.

La hora prometida para absorber el humo denso y mantener la brasa parejamente encendida y expulsar gruesas columnas de olvido de sí mismo y seguir con los ojos abiertos hacia el vacío que se supone adelante y no caer en la tentación de voltear la ceniza que permanece asida a la brasa. Mirar el pequeño fuego arder y establecer la inevitable comparación con el volcán que se lleva en las entrañas. El volcán que contiene la metáfora que nos da vida y a la vez nos consume.
Cuando de apagar fuego se trata, se piensa inmediatamente en líquido. El vodka, aunque frio, no parece ser una solución, pero la imagen del mar siempre lo es. Estaban las innumerables fotos de vacaciones oceánicas, esparcidas por la totalidad de la sala. A ambos les encantaba el mar y todo lo que trae aparejada su cercanía.
  
Aplastó el resto de cigarro contra el cenicero y se acercó al balcón. En el parque, la señora del tercero paseaba su perrito caniche y la de al lado repartía alimento entre los gatos. Cuando él llegó del trabajo la señora de al lado se encontraba en el balconcito mirando la calle, se esforzó por saludarla pero ella no dio señales de verlo. Estaba muy vieja. En algún punto le recordaba a su madre.

Un movimiento abrupto de tierra en el fondo del océano, en consonancia con una fuerte corriente submarina y una tormenta violenta en la superficie, con ráfagas que superan lo imaginable, y entonces, el mar crece en aniquiladoras paredes de agua que arrollan bestialmente lo que encuentran a su paso. La vida, a veces, es esa combinación, o una bastante similar, o tantas otras tan destructivas como esas; una suma de factores concordantes que dan por resultado la tragedia.
En la agencia se tomaba mucho café, una máquina de libre expendio y las horas inhabitadas; las horas cargadas de esperar, con la paciencia autoimpuesta del pescador, la llegada del pescado; las horas sucias de la continuidad en la tarea esencial de la espera; y una franja costera exigua para una superpoblación de pescadores. Él estaba teniendo cada vez más problemas con todo eso.
No le había dicho nada a ella pero, unos días atrás, tuvo un conflicto serio con un compañero de trabajo que derivó en una pelea, con cruce de insultos y algunas manos, y que, seguramente, terminaría en una suspensión o quizás algo peor. 
Ella dejó la revista sobre la mesita baja y tomó el teléfono. Se fue al dormitorio a hablar con su hermana de los preparativos para la boda inminente. Él miraba la noche en el parque a través de la cuadricula de la ventana. La señora de al lado seguía con los gatos, parecía estar jugando con uno cachorro. Las palmeras estaban hermosas reflejando la luna. Deseaba fumar otro cigarro pero en cambio encendió un cigarrillo. No podía dejar de pensar en lo infumables que se le hacían las horas de tedio con la caña en las manos.

domingo, 1 de diciembre de 2013

Hogar dulce.

El fantasma simbólico de un espacio en la infancia, como aquel en el que él creció junto a sus hermanos de la mano de sus padres. La mano simple y cálida de su mamá y la mano gruesa, áspera y simpática de su papá. Aquellas manos que estaban siempre cerca, en caricias permanentes. Se lo veía distinto con el paso del tiempo. Aquella casita a la que no le sobraba nada y a veces le faltaba, tenía, sin embargo, eso que se había sabido construir desde la sencillez. Las paredes sucias de alegría. Él venía de ahí. Ella venía de algo muy opuesto, así lo pensaba él, por lo menos.
Ahora, vivían en un minúsculo departamentito antiguo en el centro de la ciudad con un hermoso balcón francés orientado hacia la parte más linda de un parque, dos ambientes y una dependencia ínfima que ella utilizaba como escritorio, sala de lectura, de labores y multipropósito, su lugar especial, aunque todo en esa casa era ella, cada detalle, los muebles, los cuadros, los tapices, las cortinas, las alfombras, los almohadones, las plantas invadiéndolo todo, las lámparas, los jarrones, los candelabros, los adornos en general, la inspiración variada y multiétnica, el infinito museo de pequeñas y delicadas posesiones desperdigadas, la colección de gatitos de porcelana, las cajitas de música con sus bailarinas, cada una de las cosas que habían sido cuidadosamente elegidas por ella, algunas hechas o restauradas por sus manos incluso, en un largo proceso, de años de duración. Las revistas la habían ayudado en todo aquello, siempre estaba sacando ideas nuevas de esas publicaciones especializadas en las distintas áreas de la femineidad institucionalizada y sus colindantes sistémicas. Flores, mariposas, encajes, puntillas, volados, muñecas, hadas, cristales, gasas, colores, brillos, corazones… Él odiaba esos corazones impuestos por el mercado de signos, casi tanto como a la cruz devota del dormitorio.
Ese departamentito estuvo en su familia desde que ella era chiquita, ahí vivió su abuela hasta la muerte, luego su madre se lo alquiló a una tía o algo así y finalmente fue de ella cuando su tía o algo así fue a dar a un psiquiátrico.
Toda esa casa era ella. Él era una tercera parte del armario, un par de estantes en la biblioteca, la mesa de luz de su lado, algunas pocas cosas en el baño y un guitarrón jumbo coreano que últimamente estaba guardado en un rincón del dormitorio al costado de la mesa de luz. Aunque hacía días que él era fundamentalmente los cigarros y la botella de vodka.
Sus dedos tenues corrían las páginas, se detuvo en una nota acerca de cómo hacer para mantener viva la pasión en la pareja.
Él seguía sentado a la mesa fumando, pensaba en un hombre, apenas mayor que él, aferrado al timón de una cascara de nuez en el medio de una tormenta furiosa en el océano. 
Las baladas roncas y oscuras se habían acallado, ninguno de los dos pareció notarlo.

sábado, 30 de noviembre de 2013

Una cena más.

Ella le dijo que la comida ya estaba servida en la mesa, que por favor viniera a comer, que se enfriaba. Lo hizo a media voz, de un modo relativamente distante e impersonal pero con suma amabilidad. Él estaba tirado en la cama, se encontraba muy cansado, le costaba moverse, había sido un día complicado, no extraordinariamente complicado, complicado a secas, ordinariamente complicado. De un tiempo a esta parte todos los días de rutina laboral le resultaban complicados.
Tenía la costumbre de llegar y cambiarse la ropa del trabajo por un pantalón corto y una de sus remeras viejas. Esa noche no, se quedó desnudo.
Ella también estaba cansada, fundamentalmente cansada de silencios, le dijo que ya no lo llamaba más, que hiciera lo que quisiera, que estaba todo frio. Él respondió que ya iba, que en un segundo estaba. Se puso una remera destrozada y un pantalón corto.
No eran jóvenes, no eran viejos, no tenían hijos. Ella siempre buscaba estar linda para él, se arreglaba especialmente.
—Hace calor, está mejor así un poco frio. —Dijo él, después del primer bocado.
—Le puse tomate natural desmenuzado. Nunca le había puesto. ¿Te gusta?
—Sí, está bueno, muy bueno. Hoy tuve un día terrible. Me atacó una constelación de pelotudos, todo el día.
—Mi hermana se va a casar.
—Pobre tipo.
Ella sonrió sin decir nada. Comieron en silencio, mirándose de a ratos a los ojos. Llevaban varios años juntos. Todavía se querían bastante.
Ella era profesora de matemáticas, tenía unas horas en un par de colegios y algunos alumnos particulares a los que les daba clases ahí, en su casa. Uno de ellos se llamaba Pedro, Pedrito, era el alumno más pequeño que tenía, once años, sentía predilección por ese chico, estaba enamorada. Constantemente le hablaba a él acerca de Pedrito, de las cosas que Pedrito le decía, de lo ocurrente que era, de lo rápido que hacía los ejercicios, de cómo se preparaba para una olimpiada matemática que seguro ganaría, de su carita simpática, de sus pecas, del pelo colorado.
A él no le gustaban mucho los chicos. Igual hubiese querido que tuvieran uno, más que nada por ella. En algún momento pensaron en adoptar, a veces barajaban esa posibilidad. Era complicado, muy complicado. Y caro, sumamente caro. Los abogados. Recién ahora estaban un poco mejor económicamente.  
Después de cenar él siempre tomaba vodka, fría, pura, sin hielo ni nada, ponía música y a veces fumaba un cigarro nicaragüense, que compraba en atados de cincuenta. Ella lo peleaba por el precio de esos cigarros, él le decía que era lo único costoso que se compraba. 
La música y el humo calmaban las fieras. Las fieras que navegaban el interior violento del hombre, en apariencia, manso. Aquella noche le costaba calmarse, lo impregnaban imágenes de rupturas. 
Ella miraba una revista, una de esas estereotípicas revistas para mujeres.

lunes, 21 de octubre de 2013

Laurita.

A Laurita, pobrecita, nadie parecía quererla; ni la madre, ni la tía, ni la abuela, ni la hermana, ni la prima. El padre no existió en su vida chiquita. Sólo su abuelo había sabido amarla, pero explotó el pobre viejo, demasiado bueno para soportar entre esas arpías. Se hizo matar una noche, muy borracho.
Mientras vivía el viejo iba con Laurita a todos lados. Al bar, él tomaba Pineral acodado sobre sí mismo y ella comía papas fritas. Pobre Laurita, las piernitas cortitas, las rodillitas juntas, los ojitos tristes y una sonrisa tímida entrelazada en su carita redonda.
De la mano del viejo mirando silenciosa a las nenas jugar con un elástico, o con las piedras, o a los chicos jugar un picado. Mirando con su asombro quieto. Siempre rota y sucia Laurita, no tenía nada con su nombre, la vestían con los restos de la ropa que dejaban. Los pies gorditos, descalzos en la tierra.
“Tiene piojos, hay que pelarla”… Y las orejitas amplias desplegadas como dos alas. Corría saltando entre los charcos. Sin el viejo estaba sola, todo el tiempo, nunca nadie jugaba con ella.
La traje conmigo.

No te voy a decir nada Laurita, pero la vida se parece mucho al barro que pisamos.    

viernes, 11 de octubre de 2013

Creo que era yo.

Creo que era yo, estoy casi convencido de que era yo, hace un tiempo, bastante más joven, pero no podría asegurarlo realmente. Caminaba con lentitud por el borde interno de una terraza muy similar a la del edificio en el que viví por veinte años, mis primeros veinte. Aunque lo que se veía desde ahí era completamente distinto a aquello... Pegado a la cornisa, a una distancia prudencial de ella, como la marcada por mi temor a las alturas.
Transcurría una noche extraña que no era asimilable a ningún recuerdo: el cielo violeta oscuro con franjas grises flameaba incesante como una bandera gigantesca por sobre todo, las luces de la parte de la ciudad más densa asaltaban la meseta tranquila de aquella terraza suburbana; tornados cargados de neón y humo; el viento pegaba como si estuviera hecho de piedras; se escuchaba tenuemente la voz salvaje de una guitarra salvaje.
La mejor representación de la furia ha sido siempre una guitarra distorsionada llevada al extremo; por ejemplo: el enorme viejo pelado que tocaba con un trío en el barcito perdido en la playa; furia pura, sin el más mínimo rasgo de artificio; uno podía esperar que de un momento a otro las manos empezaran a sangrarle. En la furia inevitablemente hay inmolación, me parece…
La rodilla se me dispersa, se vuelve inestable y me duele bastante, desde hace mucho tiempo, y ha ido empeorando. Al tipo en la terraza le pasaba lo mismo o algo muy parecido. Se desplazaba con dificultad… Estaba desnudo, quizás no del todo. Se llevaba una mano a la sien y la masajeaba. La vida es difícil hasta en sueños.

De pronto se estaba sonriendo, con unos dientes que eran los míos pero más oscuros; tenia sangre en la sonrisa, y hielo en los ojos… Y creo que cantaba, o recitaba, bramidos acerca de seguir sangrando.   

lunes, 7 de octubre de 2013

Huellas rojas de otra vida más amante.

No sé si al resto de la gente le pasa algo parecido, pero yo guardo recuerdos en una extraña forma de secuencia fílmica intervenida por pinceladas de una luz que viene del interior de ellos, de las emociones que contenían, creo. Una sucesión de cuadros fotográficos alterados y subrayados por unas representaciones orgánicas que reverberan en la superficie, un poco como si estuvieran hirviendo. Algunas partes puntuales brillan con violencia.  
A veces ese pasado se mezcla con el presente y con lo que creo el futuro.
Ahora me veo con el cuerpo de mis veinte años y mis ojos de hoy, saltando desde la vieja amarra de madera deshecha al increíble río verde. Desgranar esa imagen de la vida empezando, con el infinito por delante, todavía sin muertos, esa tensión que creía que todo era posible…
Volver a ser feliz, me vivo diciendo, insistentemente, constantemente, desesperadamente. Tiendo a pensar aquellos tiempos como los mejores; un par de años completos, viviendo en un circuito cerrado, alejado de toda preocupación que no fuera que íbamos a hacer para comer a la noche. Durante el día comíamos cualquier inmundicia, dulce de batata con pan, por ejemplo, o ese preparado extraño con cebollas y ajíes saltados más aceitunas y pescado de lata. Para tomar y fumar había siempre una gran variedad. Éramos una perfecta sociedad de dementes sostenida por los fondos heredados por el amigo Omar.
Aquello se puede describir de mil maneras distintas pero hay sólo una manera de verlo. El tiempo caminó sobre la arena dejando esos preciosos pasos marcados y quiero volver a ellos aunque sea imposible. Absolutamente.

Con Omar nos habíamos estado hablando varias veces por teléfono en esos días. En cada ocasión nos expresábamos profusamente nuestro mutuo deseo firme de encontrarnos a charlar, aunque más no sea un rato, de bueyes perdidos, partidos y o dinamitados, pero no acordábamos nada en concreto. Me parece que en parte eso se daba de esa manera por nuestra larguísima historia de grandes y demenciales ingestas alcohólicas, hasta el desmayo, cada vez que nos reuníamos; y por lo menos en mi caso, la pasión por alcohol había ido mermando. En realidad había estado complicado con algunos problemas digestivos (una forma elegante de decirlo). Seguía tomando un poco, de cuando en cuando, pero la verdad mi amigo Omar representaba para mí una suerte de promotor inclaudicable de todos y cada uno de los excesos posibles y en particular de ese. Una tarde, en una de sus llamadas, me había anticipado que me iba a avisar acerca de la inauguración de una muestra de una amiga de la juventud de ambos, llamada Marcia, artista plástica, que yo hacía mucho que no veía y él había seguido frecuentando, para que nos juntáramos por fin.  
Me había ido acostumbrando a no mirar jamás el correo electrónico hasta que se agolparan terribles cantidades, miles y miles. Muy raramente contestaba algo por esa vía, ni siquiera aquellos involucrados con el trabajo, en todo caso contestaba por teléfono. Una noche, mientras revisaba, apareció la invitación al evento reenviada por mi querido amigo intervenida sólo con un lacónico: "Nos vemos ahí gaucho". Al rato me llamó por teléfono para asegurarse de que estuviera efectivamente al tanto, repitió entonces, incorporando un tono más afectivo: "Nos vemos ahí gauchito".
Cuando lo encontré en la puerta de aquella enorme casona antigua, reciclada hermosamente, donde nuestra común amiga Marcia presentaba sus nuevos y extrañísimos trabajos pictóricos, caí en la cuenta de que habían pasado más de tres años de la última vez que nos cruzamos. En aquella oportunidad de casualidad en la calle, por el centro cerca de tribunales. Estaba viejo, golpeado, pelado, hinchado, pero seguía siendo esa insólita caracterización de la alegría más salvajemente irónica que había tenido el gusto de conocer, siendo los dos muy jóvenes, casi niños. Me miró fijo sosteniéndome firme con sus manos gigantes y me dijo algo así como: ¿Usted viene por el aviso caballero? ¡Estás cada vez más joven, hijo de una constelación de putas! ¿Cómo mierda hacés? ¡La concha de tu madre! ¿Cómo está tu vieja? No me digas. ¿Murió? ¿No murió? Bueno, me alegro mucho.
Paseamos un rato viendo los cuadros, que eran magníficos, y tomando copa tras copa un exquisito malbec de la bodega que estaba entre los auspiciantes de la velada. Omar transitaba enloquecido por la abundancia de mujeres más que hermosas. Yo me había concentrado en Marcia que se encontraba rodeada de gente que la requería incesantemente, y después de un buen tiempo de saludarnos agitando las manos y tirándonos besos se pudo acercar, estaba muy linda, ¡muy linda! A ella hacía por lo menos veinte años que no la veía. Cuando me besó bien cerca de la boca sentí que se me detenía el corazón. Nunca habíamos tenido nada más que ganas, en cierto momento muchas. Ella era muy amiga de la que fuera mi mujer por varios años y entiendo que eso fue lo que nos mantuvo distantes. En un punto me tomó de la mano y automáticamente se me paró la pija. Me parece que ella percibió, por lo menos, mi conmoción y se sintió alagada. Se quedó a mi lado, tomándome la mano y hablándome al oído de sus cuadros y de ella. Nos teníamos completamente fascinados.

La gente fue desapareciendo lentamente y en un determinado momento caí en la cuenta de que sólo quedábamos nosotros tres y un señor que supongo que era del lugar y que un poco nos estaba echando. Marcia nos subió a un taxi y nos llevó a su departamento que estaba a unas diez o doce cuadras. Los tres habíamos tomado bastante, y yo en particular, llevaba puesta una borrachera como para cuatro o cinco personas.    
El departamento era hermoso pero yo me detuve en unos sillones alrededor de una mesa baja. Marcia se me pegó en la mullida embriagues purpura, y abrazados muy fuerte escuchamos atentamente la historia que el loco se dispuso a contarnos, con esa gracia y ese arremolinado arte suyo que nos hizo sentir como si todo estuviera pasando en ese exacto momento, ahí, frente a nosotros. Dijo entonces algo así como:
   
“Me sostengo, haciendo trabajoso equilibrio, en la idea de no mirar a los ojos a Constanza, que es un terrible caramelo inconcebible de una cantidad tan mínima de años que hacen que las ulterioridades posibles y deseables tengan pena de cárcel y creo que con cumplimiento efectivo e ineludible. La re putísima madre de dios padre, hijo y espíritu santo. Constanza juega con sus dedos en su boca y se sonríe. Los labios brillan, los ojos brillan. La piel irradia un sutil fuego anaranjado. La única verdad es una silueta cargada de toda la armonía posible en la naturaleza, y es inaceptable la veda que imponen los convencionalismos y la moral imperante en este mundo desconsiderado que tenemos que vivir por estos días, ¡la gran puta madre que me pario! Constanza habla con su amiga Lucia y mira de reojo. ¿O a mí me parece que mira? ¡Mira! Me voy en este momento. Su mano, ahora, se desliza por la parte alta del lateral de su pierna derecha llevando la pollera, ya de por sí muy corta, unos centímetros más arriba. Chau, me fui. La vida es tremendamente compleja, mucho, muchísimo, a veces demasiado, demasiada complejidad, y a Constanza la tengo absoluta y terminantemente prohibida por interminables razones que no tiene el menor sentido enumerar en esta ocasión. ¡Basta! En el barcito despedazado de la vieja de mierda desdentada, antipática y mala leche me espera una gaseosa helada con abundante hielo para meterme en los huevos. Un clavo saca otro clavo, dice un dicho popular que es una gran mentira y una profunda injusticia porque tratándose de personas y en especial de mujeres nadie remplaza a nadie, bajo ninguna circunstancia. ¿O sí? ¡No! Pero una rubiecita preciosa, dibujadita, está parada en el interior del bar horripilante. Es bajita, tiene una carita preciosa, el pelo muy corto, y un cuerpo compacto que expresa en sus movimientos una gran potencia física contenida. La piel es increíble, magnifica, asombrosa. La boca, los ojos, la mirada. Tiene tetas chiquitas. Es la belleza opuesta a la lánguida esbeltez voluptuosa de Constanza, pero tiene por lo menos cinco o seis años más, lo que la hace perfecta. Se da cuenta que la miro -y cómo la miro- y la noto incomoda. La veo desnuda. Intento tranquilizarme, estoy hecho un completo desastre. Voy a una mesa. Ella está parada frente al mostrador hablando con la vieja, y no puedo dejar de mirarla un instante. Intento. Bajo la vista buscando hacer evidente mi consternación ante tanta belleza concentrada, y me parece que da resultado: me mira directo a los ojos y hasta me da la sensación de que quisiera traspasarlos. Me esfuerzo por mantener firmes los labios, que tienden a temblar descontrolados. La necesito. De pronto estamos solos, la vieja desapareció en la cocina, o no sé. Le pido que me perdone y me responde por qué tendría que perdonarme. Le digo que por la forma en que la miraba. Sonríe. Es todavía más increíblemente hermosa de lo que ya me parecía. La invito a sentarse. Después de dudar un segundo acepta. Charlamos de todo y de nada, mi tema preferido. Pasamos un par de años muy lindos.
Esa línea invisible, intangible, inodora e insípida que separa la realidad de la imaginación, la vigilia rustica del sueño, el presente del pasado idealizado.
¿No sé por qué me puse a recordar aquello en este momento? Me estaba por morir de inanición hace cinco minutos, ya que Marcia no nos da de comer nada, y de repente me empecé a acordar del día en que conocí a Fabiana. ¿Será por qué Fabiana está entre lo mejor que me pasó en la vida? Seguro. Uno cuando tiene hambre se entretiene pensando en las cosas buenas que le pasaron en la vida para olvidarse del hambre.
Ella abría mucho los ojos y levantaba graciosamente las cejas cuando estaba contenta y me contaba algo. Muy pocas veces no estaba contenta, o por lo menos, casi nunca parecía que no lo estuviera. Tenía un humor fantástico y le encantaba charlar. Daba grandes vueltas para contar cualquier cosa y yo me reía con eso. En los dos años que estuvimos juntos me enseño bastante acerca de la alegría”.

Después de un rato de quedarse inmóvil y callado Omar dijo algo así como que siempre pensaba en ahogarse, que todo para él era agua, que la vida entera era liquida. Pensó un tanto y se corrigió: "vino" dijo, "la vida es vino".
"Ese cuadro lo pinté mezclando el acrílico con vino tinto", acotó Marcia señalando una pintura alojada en lo alto de una de las bibliotecas blancas. Nos debe haber visto la cara de espanto y se apuró a comentar que era vino malo y que lo compró apropósito. 
“Mientras seguimos buscando eso tan significativo que tenemos para hacer, lo único realmente importante es divertirse”, mandó el loco, extendiéndose la sonrisa con la palma de las manos.

La historia ya la conocía, Omar me la había contado varias veces manteniendo los mismos trazos fundamentales, pero aquella noche la entendí de otra manera; me ayudó a seguir de otra manera. Fue como si le hubiese pasado un resaltador fluorescente a ciertas y determinadas líneas.

Fuimos muy felices con Marcia ese par de años que estuvimos juntos.          

sábado, 24 de agosto de 2013

Acerca del escenario.

La vista aérea de una habitación que es un cuadrado perfecto pintado en absoluto negro salvo por una fina línea blanca que la cruza en la exacta mitad. Un hombre joven, delgado, desnudo, se desplaza por sobre la línea como si esta fuera un alambre y él un equilibrista.
En la mente se abren escenarios de una complejidad difícilmente descriptible. Digo escenarios porque de algún modo hay que llamarlos y en principio no encuentro otra palabra que se me antoje más apropiada, podrían ser también paisajes. Entonces: escenarios o paisajes que son, intentando ser preciso, entramados hechos con infinidad de imágenes superpuestas. Imágenes que se transitan de acuerdo a leyes que no son las de la razón, ni de ninguna de sus ramificaciones más específicas como, por dar un ejemplo, la lógica. Yuxtaposiciones de un contenido inabordable por otro medio que no sea la imaginación pura, la que ocurre, con exclusividad, en el teatro situado dentro de las cabezas de las personas. La búsqueda, insensata, de transcripción de esos entramados mentales es frecuentemente acometida a través de que lo que tendemos a denominar como arte; creo que la otra alternativa es la locura, y por supuesto siempre está presente y abierta la posibilidad del desinterés, formula que pareciera ser la más elegida y es además la permanente tentación de gente en proceso de enloquecimiento y de artistas, que son en definitiva la misma cosa, porque la pretensión de representar lo irrepresentable termina inevitablemente en el camino que conduce a la locura, o en algo, que de tan parecido, no tiene para sí una definición más propia. Lo que pasa es que siempre es preferible enloquecer por buscar algo que hacerlo por haberlo decidido perdido. 

jueves, 8 de agosto de 2013

Notas de traducción: un accidente menor.

Un accidente muy menor, casi insignificante contrastándolo contra lo que nos toca ver todo el tiempo por acá en nuestra enfurecida ciudad: un motociclista, que aparentemente habiendo sido tocado en la rueda trasera por un taxi, perdió la estabilidad. No alcanzo a caerse, pero su pierna derecha sufrió las consecuencias de mantener el equilibrio de la moto. Un fuerte golpe. Según lo que le pude escuchar decir le dolía bastante, sobre todo a la altura de la rodilla, tenía temor de haberse roto algo, algún ligamento por ejemplo. Por suerte venía por la derecha, en la mano pegada a la línea de estacionamiento, y en esa cuadra no se encontraba ningún auto estacionado, a pesar de que todavía era relativamente temprano y no regía la prohibición de hacerlo. Pudo contener la moto y dominarla justo antes de golpear contra el cordón. El taxista no se detuvo y no había nadie que hubiese visto nada. Dos móviles de policía, con las estridentes luces color turquesa encendidas, detenidos al costado de la avenida; uno de culata contra el cordón, antes de la moto, y el otro en paralelo, después. El chico que conducía la moto, de unos veinte años, estatura media, morocho, delgado, mantenía su pierna derecha encogida y le explicaba a los policías lo sucedido. Hablaba con total corrección. De pronto me llamó la atención el tono utilizado por uno en particular de los agentes del supuesto orden, un tipo de estatura baja, pelirrojo, alrededor de veinte, quizás veinticinco años, y con un permanente gesto prepotente. Primero, le pidió los papeles -registro, seguro, cédula verde- en términos más que imperativos; luego, le recrimino que llevara el casco en el brazo. Me lo saqué ahora, le respondió tajantemente el motociclista, que a esa altura había empezado a molestarse con la actitud del joven oficial de policía extraído de la peor parte de nosotros mismos. Muy atinadamente una señora rubia, alta, elegantemente vestida, bastante bonita, de alrededor de cincuenta, preguntó si se había llamado a emergencias médicas para que le dieran asistencia al chico, uno de los otros policías contestó que sí que ya había llamado. El animalito altanero vestido de azul parecía decidido a seguir incomodando al herido; hasta que un señor gordo, alto, de unos sesenta años se cruzó entre ambos, y disponiéndose a poner verdadero orden: hizo que el herido se sentara en el cordón, que los policías subieran la moto a la vereda, le comentó al motociclista que el negocio de repuestos del automotor, a apenas unos metros, era de él, y que él se iba a ocupar personalmente de cuidar la moto; que seguramente, cuando llegara la ambulancia, lo iban a llevar al hospital para hacerle unas placas radiográficas, que probablemente no tuviera más que él golpe, que se quedara tranquilo. Le repitió que él le cuidaba la moto. Cuando llegaron los de la ambulancia, y tal lo previsto, se llevaron al pibe al hospital a hacerle unas placas, el gordo lo despidió con una palmada cariñosa en la mejilla y volvió a insistir con que se quedara absolutamente tranquilo que él le cuidaba la moto, que no se hiciera el más mínimo problema; después les soltó a los canas que fueran a ver si podían enganchar a algún delincuente, y enfiló a paso saltarín para su negocio. No pude vencer la tentación de seguir al gordo, y al estar ya en su negocio, estrecharlo en un fuerte abrazo y darle mis emocionadas gracias y un beso, en nombre de mi decreciente fe en la humanidad, ahora un poco fortalecida a consecuencia de su actuar.

viernes, 2 de agosto de 2013

Líneas sucias.

No tengo olfato, lo fui dejando en el camino de fumar tres paquetes de cigarrillos, que últimamente se hicieron cinco, estos días; pero creo que me imagino olores, olores que siempre tienen que ver con ella. Pasé por la cocina y me cruzó una ráfaga de perfume de mandarinas, y me vi con ella, sentada de piernas cruzadas sobre la mesada esperando pacientemente que le alcanzara uno a uno los gajos que le iba pelando de hasta el más insignificante resabio de hollejo, porque a ella no le gustaba hacerlo, porque decía que el olor se le quedaba pegado en las manos y no podía sacárselo con nada, pero le encantaban las mandarinas, libres de hollejo. Y yo era feliz haciéndola feliz, y dándole los mínimos gestos de afecto que ella me dejaba darle... porque ya no era chiquita, porque iba siendo grande.    
Estoy diciéndome, exactamente, lo que no me tendría que decir, lo que no puedo decirme, de ninguna manera; porque las palabras que surgen en mi mente me llevan a un encierro del que me va a resultar imposible salir, y sí algo no es aceptable en este momento, es encerrarme; no me lo puedo permitir, pero no logro evitarlo. Veo, en cada reflejo del laberinto de espejos que me rodea, su carita. No hay un calmante que consiga hacer algo al respecto. Al contrario.
Nada de eso, ni de esto, ni de aquello, ni de lo otro en ciernes, ni de lo que supuestamente vendría de más allá, de lo lejanamente innombrable, o de acá al lado, a milímetros de distancia de mi nariz conmocionada, ni de absolutamente nada: son sombras, y ninguna otra puta cosa, sombras que envuelven otras sombras más emputecidas todavía, y así sucesivamente al infinito; cajas chinas... A veces inflamadas, verborrágicas, incandescentes, cargadas de una imitación perfecta; pero sombras, siempre. Tienen el mismo sentido oscuro que parece guiar a tantas otras vertientes de falsedad en las que solemos creer... Como creemos en el amor, o en el aire, o en la tierra, o en todo aquello que parezca relativamente posible. Yo necesito creer en que voy a volver a verte, que ésta vida de mierda me va a dejar ver de nuevo tus ojitos brillantes. Necesito creer que tus ojos siguen siendo brillantes, que ninguna de las miserias que imagino puede haberlos opacado. Aunque lo que necesito o dejo de necesitar vale bien poco. 
Me lleva la dirección oscilante de un delirio; me lleva de paseo forzado por la naturaleza de la constante imperfección, que en su repetición de lo idéntico, simula el equilibrio de un sistema; y la reivindicación rígida de todas y cada una de las imperfecciones y de sus probables ramificaciones interminables. La reiteración del hartazgo y el hartazgo de la reiteración. Y esa representación circular del vértigo que provoca la presencia total del abismo... Círculos concéntricos de desesperanza aplastándole la cabeza a lo que aparece como una posibilidad... de algo; como a mí, acá, ahora, que ya no tengo la menor idea de quién soy, y lo único que tengo por horizonte es tu cara. No estoy hablando de tristeza, ni de desesperación, todo eso ya lo perdí hace tiempo.   

jueves, 11 de julio de 2013

El señor del tercero.

Cuando me siento realmente mal y me encuentro completa y terminalmente desesperanzado, y la vida se me presenta como un peso terrible sobre la espalda curvada, que tiende a quebrarse o por lo menos a doblarse aún más, y todos los caminos dan la impresión de conducir al absoluto y rancio vacío... Y ya el alcohol y las drogas a mano no están en condiciones de solucionar nada de todo esto, y las que podrían solucionarlo, o en su defecto y más bien, podrían ayudar a soportar el embate de la rutina circular y sus laberintos habituales inexpugnables, no se consiguen en este barrio aislado del mundo; entonces, si tengo suerte, me cruzo con el vecino del tercer piso y ahí sí la cosa -el universo entero- cobra un sentido distinto, más claro, se respira otro aire, se cuela un potente haz de luz entre la penumbra provocada por las tinieblas del alma, y la esencia de la naturaleza misma, tantas veces oculta en estas junglas cementicias y excrementicias en las que subsistimos amargamente, reaparece, se recobra, resurge aleteante y victoriosa, revive en cada parte de mi ser. Esas cosas mínimas que le otorgan otra entidad a la existencia. 
El sujeto del que te hablo, el señor en cuestión, sólo sale a la calle para hacer compras, sacar la basura y o pasear a su perrito inclasificable y minúsculo. Lo lleva a dar vueltas con una correa desproporcionadamente grande para el animal, y la desproporción se transfiere a cada uno de sus gestos y movimientos, que son los de un hombre -un guardián- que tiene la responsabilidad ineludible de trasladar por las calles de la ciudad una fiera salvaje que le fue conferida en custodia por alguna deidad -de esas que ni nos hablan a nosotros, ni de casualidad, pero que con él se ve que se entienden-. 
Por total o parcial ausencia de cabello -pareciera- y porque así lo ha decidido, en pleno uso de lo que podrían ser sus facultades -no tengo por qué dudarlo- porta orgulloso en su pequeña cabeza erguida una suerte de representación de felino domestico embalsamado rojizo furioso. Siempre tiene alguna recriminación para hacerle a la humanidad circundante, siempre; en torno a diferentes temas: los ruidos que supuestamente hacen los vecinos con los muebles por las noches hacia la madrugada, la música acompañada de bailes o en estado puro, la basura dejada fuera de los lugares estipulados para tal fin, el no pago de las expensas por parte de tal o cual, que la señora del primero nunca deja entrar al fumigador y otras variadas circunstancias cotidianas, menores para nosotros y sustanciales, en apariencia, para él, dada su visión tan particular. 
Su ceño apretado es un canto a la vida a partir de uno de sus visos más brillantes: el absurdo. 
Se podría perfectamente tener la tentación de creer que este extraordinario buen hombre es un delirante inconsciente de si mismo, pero no, absolutamente no. Te paso a contar: 
Una tarde me lo cruzo llegando a casa después de trabajar, yo traía en las manos una revista que me había prestado un compañero porque me llamó la atención una nota de no recuerdo qué. El asunto es que en la revista esa, una foto de un pibe con un violento mohicano multicolor, ilustraba una nota equis. Se la mostré diciéndole que se tenía que conseguir una cresta como aquella. El viejo se empezó a cagar de risa y no lograba parar, cuando lo consiguió, me puso la mano sobre el hombro y me dijo algo así como que sí, que sería fantástico. A partir de ese momento me di cuenta que cada uno de sus comentarios aparentemente maliciosos hacia los vecinos llevaban puesta siempre una broma, un juego hecho con esa seriedad impostada que el señor del tercero cultivaba en contraste con su estrafalaria figura.           

viernes, 5 de julio de 2013

El narrador de un desvarío.

   El narrador era un completo demente hijo de mil putas que navegaba a través de la historia como si se tratara de un sueño -o una película desaforadamente extraña y onírica- que él iba contando con un obsesivo detenimiento hasta en los detalles más insignificantes. Es más, parecía hacer permanente foco en lo insignificante, precisamente. 
   Aunque creo que, en definitiva, la cuestión no tenia demasiada consistencia de sueño; era sin dudas una película enloquecida. Y el tipo la cargaba con lo suyo en cada escena, en cada plano, en cada cuadro: miradas de chapa crujiente, con destellos incandescentes y pinceladas salvajes. Relataba como el recorrido de la cámara, sin hablar de cámara por supuesto, la música que se oía en todo momento... las luces, las sombras, los silencios... Y la historia fue cobrando cierta y relativa coherencia. Símbolos, mensajes entre líneas, mascaras, diálogos,  monólogos, baile, poesía, se fueron resolviendo en un "in crescendo" enigmático. Hasta llegar a un final verdaderamente demoledor. 
   Igual, una absoluta cagada.

Una locura.

   Tendría que tratar de largar por un rato, aunque más no sea, toda esta felicidad inabarcable que llevo puesta en cada una de las partículas que componen mi integridad corpórea y extracorpórea, me dije sonriendo levemente y en tirabuzón multicolor efervescente hacia dentro. Voy a silbar el tango más endiabladamente triste que pueda recordar hasta que se me pase, me dije después mirándome firme a los ojos internos, que así mismo me miraban expectantes. Había disponibles muchísimos tangos y casi todos eran bastante tristes, pero los que más me gustaban eran los impregnados de una melancolía profunda y metafísica. La de ir a la deriva sabiendo que el futuro es invariablemente un desastre y que nadie nos va a ayudar a salvar nada porque todo es inevitablemente insalvable. Eso ya lo tenía claro desde hacía años y no lograba entristecerme. Igual intentaba, silbando y repasando mentalmente las letras. Una costumbre como tantas otras, sin demasiado sentido. Como correr alrededor de un parque. Como empezar pintando una misma naturaleza muerta para terminar en cualquier otra cosa, diametralmente distinta. Como subir por las escaleras mecánicas que bajan. Como mirar el horizonte, o el fuego, o el agua… 
   No sabía de dónde demonios, de qué insólito carajo me había llegado esa alegría existencial perenne. Una mañana me desperté así, ¿o fue un mediodía después del almuerzo? No lo puedo precisar. Creo que en realidad fue un proceso, durante el cual, me fui despojando de todas las creencias fantasmáticas, o algo así más o menos. Había tenido momentos felices pero ninguno tan enajenadamente persistente. Una locura. Eso exactamente. ¿Me estaría volviendo loco? Llegué con rapidez a la conclusión de que loco ya estaba, casi desde el inicio, razón por la cual no tenía por qué preocuparme al respecto, lo que terminó por generarme una automática alegría superior a la previamente instalada. Y entonces iba por la calle silbando tangos infinitamente amargos, envuelto en una holgada algarabía irrestricta. Anduve un montón de tiempo así, hasta que un día se me pasó.       

jueves, 20 de junio de 2013

Cualquier parecido con la realidad es pura y puta coincidencia. (1)

   Hay una injusticia dibujada en unos cuerpos grises que esperan algo que nunca va a pasar. Con esa sentencia de tristeza definitiva empezó su caminata por la ciudad que tanto creía conocer. A veces la percepción traza signos en el aire y uno los busca sin conciencia, eso también pensaba. La noche suele jugar con las cabezas de los poetas, eso pienso yo. De la oscuridad nacen las sombras y de ellas surgen interpretaciones cargadas de imprecisión y por ende de posibilidades no previstas, de visiones que se escondían atrás de ellas, que estaban en ellas guardadas. Aquello a lo que hemos jugado tantas veces, toda la vida, a perdernos. Siempre o casi siempre en noches como aquella. 
Nos encontramos en el infinito bar de innumerables confluencias eventuales, ahí donde nos sentíamos particularmente cómodos. El viejo bar sobrante de otro Palermo muy distinto a éste tan rebuscadamente amanerado. 
A poco de sentarse y de pedir el primer whisky largó la secreción verborrágica:
   -La expresión humana es siempre residual, eso creo. Piezas que se salvan del naufragio permanente al que estamos expuestos. Uno comienza por decir más o menos aquello que recuerda de lo que inicialmente tenía para decir y no cayó en la oscuridad del olvido o de la propia contradicción, que a veces se disfraza de olvido, dicho sea de paso. Entonces, lo que queda, los restos, se manifiestan a partir de las palabras que se van encontrando y aceptando como más apropiadas para el intento. Eso, un intento, que cuando se sabe tal, no pretende cerrar ninguna puerta con una potente y grandiosa conclusión sino abrirlas todas, las que se puedan abrir, aunque más no sea un poco. Para la búsqueda de conclusiones totales ahí están las ciencias, en sus variantes duras o formales, o las más blandas y o las decididamente liquidas, con sus distintos tipos de cultores de la exactitud, lejos, muy lejos de lo que algunos dan en llamar ciencias humanas, o sociales, u otras variantes todavía más disparatadas, que también tienen adentro algunos cultores de una exactitud, en estos casos sólo anhelada, por más que ellos opinen lo contrario y se esfuercen en la pretensión de convencernos del absurdo. A ver: ¿Ciencias Políticas, Ciencias Económicas, Ciencias de la Comunicación -esa me gusta, una hermosura- Ciencias del Derecho, ¡Ciencias Morales!? ¡¿Qué nos pasa?! ¿Enloquecimos? Un verdadero pensador siembra preguntas, no respuestas. ¿Un verdadero pensador recoge los residuos disgustado? A todos esos preciosos y graciosos simplistas incólumes, debo reconocer que siempre les envidio la certeza, claro que con una sonrisa.
   -¿Estás escribiendo todo esto?
   -Ya no sé de qué carajo escribo -me dijo en un gruñido.     

sábado, 15 de junio de 2013

Del otro lado hay unos monstruos muy similares a vos, con casi tus mismos ojos.

   La frontera en este pedazo de mundo no está delimitada físicamente. No hay un río, ni un lago, ni una cadena de montañas, ni alambrado, cerca, muro... nada. Es una convención cartográfica sin expresión en el terreno. Hay quienes dicen que habría hitos establecidos a través de unos elementos electrónicos enterrados a varios metros. No sé, puede ser, tengo serias dudas de que eso sea efectivamente así. Igual, de ser, no tengo la menor idea de qué utilidad tendrían. Son aproximadamente unos cien kilómetros lineales, entre un puesto fronterizo y el otro, divididos por nada, o en realidad mejor, unidos por todo. En la practica diaria, por acá, la gente se mueve de un lado al otro sin ninguna pregunta. Cuando hablo de gente, no hablo de mucha; unas pocas familias que habitan la zona desde tiempos imprecisos.
Están ahí, son los mismos de un lado y del otro, viviendo en sus ranchitos similares, cuidando sus animales y sus plantas.
Nosotros llegamos acá de casualidad.
Hace unas noches se lo contaba a un amigo. Me lo encontré en la ciudad cuando tuve que ir a hacer unos tramites. Lo invité a venir y una tarde apareció. Le hicimos una cena a la luz de la luna y de las brazas que cocinaban la carne. La pasamos bien, charlando. Con los vinos del final de la cena le conté de la tarde en la que nos dimos contra este paraje.
Esa noche Carla cantó una infinidad de canciones viejas con su guitarra, nos fuimos a dormir cuando amanecía. Hacía muchísimo que no cantaba.
En alguna medida es como si hubiéramos vuelto al primer pasado. Nos pusimos nuevamente de novios, hablamos, caminamos... de la mano.
Vivimos tranquilos, armamos de a poco nuestro ranchito, yo cuido los animales y las plantas, Carla despunta su vicio enseñándole a los chicos de los vecinos. El otro día uno le dijo algo así como que del otro lado había también unos monstruos medio parecidos a nosotros... con casi los mismos ojos... Nos reímos mucho.

lunes, 10 de junio de 2013

El señor también es la representación de un pescado que tengo guardado en el fondo de casa.

   Algunas veces uno consigue que las palabras expresen, en parte, lo que se quería decir. Algunas veces se tiene algo parecido a esa certeza. Y después de dar numerosas vueltas en su búsqueda y ordenamiento se las suelta. Pero ellas siempre llevan pegadas otras cosas, otros significados distintos a los pretendidos que aparecen luego, cuando ya se las largó. Invariablemente pasa. Entonces viene alguien y nos cuenta que tal o cual conjunto de palabras le hizo pensar en tal o cual situación de su vida y nosotros lo miramos extrañados intentando comprender los misteriosos lazos que unen la escena que planteamos con la que se nos refiere, a nuestros ojos tan distinta. 
   Unas noches atrás le decía algo similar a esto mismo a un amigo mio muy querido, un completo e inextinguible hijo de puta -en el sentido que le solemos dar a estos términos en este lado de la costa del mar cloacal-. Él me respondió que a su juicio lo que nublaba la expresión y la tornaba equivoca eran los sentimientos. Me pareció cierto... Puede ser, si.
Puede ser que haya escritos o discursos que son más de la razón y otros en cambio que son más de los sentimientos, y existe también la posibilidad de que los haya equilibrados. Si. Y ahí, con el advenimiento a las cavilaciones de la palabra "equilibrado" brota un manantial de interpretaciones posibles para la palabra misma y para el concepto más global del que creo que hablábamos. 
   Hace muchísimos años Marisa me regaló un fantástico guitarrón jumbo hecho en Japón a semejanza de los de Gibson. ¡Qué extraordinaria hermosura! Cuando lo vi con detenimiento me parecía aún más imposible, era un regalo increíble. Nadie hasta ese momento, a excepción de mis padres, me había regalado algo tan fuera de lo común y de tanto valor. Tenía un sonido profundo, cargado de armónicos, muy impresionante. Estuve varias horas sin poder parar de tocarlo. Cuando nos separamos, al poco tiempo, le ofrecí que se lo llevara, dudó pero al final no quiso; lógicamente le dije gracias, y ese gracias portaba una carga en extremo particular. Después me vi obligado a venderlo para pagar una deuda de juego. Tampoco había manera de hacerlo afinar.    

jueves, 6 de junio de 2013

Nada más, ¿o sí?

   Un tipo, como una hoja moribundamente amarilla flotando de manera permanente en el aire, sostenido en él, sin solución de continuidad, por diferentes vientos que lo toman alternativa o simultáneamente. Viviendo ese ir y venir por un paisaje urbano atiborrado de desperdicios y silencios. Sin siquiera pretender entender, dejándose llevar por los vientos inexplicables y sus consecuencias. Nada funciona bien, todo se descompone, todo el tiempo, una y otra vez... es una constante, quizás la única; el resto, parece ser, absoluta e irrevocable aleatoriedad. Continuidad de horas difusas con el único sentido de las agujas de un reloj que no se detiene, sólo para morir -esa podría ser otra constante- nada más... O vaya a saber uno qué.  

jueves, 30 de mayo de 2013

Entrevistas circulares e intermitentes con personajes de la nada misma a la que me encuentro últimamente adscripto. (1)

Las preguntas surgieron a partir de verlo trabajar ininterrumpidamente por un par de horas. Yo hacía tiempo hasta una reunión, leyendo el diario y tomando vermut. Él era un tipo de unos setenta años largos, escribiendo con lápiz y a veces borrando, casi sin detenerse, en un cuadernito de esos de tapa blanda, chiquitítos, escolares. El dueño del pequeño bar, que también suele oficiar de mozo, me había anticipado -al notar mi interés- que se trataba de un señor dedicado a la poesía, lo dijo así, en esos términos. 
-¿Le puedo preguntar algo?
-Si, por supuesto, pregunte lo que quiera.
-¿Qué está escribiendo?
-Todavía no sé bien.
-¿Poesía?
-No, son notas para lo que seguramente después, si puedo, será una novela. Por lo menos eso espero.
-¿Cuál podría ser el tema?
-A la imposibilidad de definir claramente eso me refería cuando le decía que todavía no sabía bien de qué estaba escribiendo. Es difícil, a veces uno empieza pretendiendo contar algo y termina en otra cosa completamente distinta. A mí me pasa mucho eso, probablemente por mi manera de escribir... y de pensar, también, seguro. Por esa razón en esta oportunidad me he decidido por arrancar haciendo como una suerte de esqueleto de lo que, de andar todo bien, será la obra.   
-¿Ha publicado ya algo?
-No. Peor que eso... bastante peor. Un cuaderno un poco más grande que éste es lo único que conservo de todo lo que he escrito en todos estos años. El resto lo fui quemando en sucesivas fogatas purificadoras... o autodestructivas, no sé.  
-Es una obra concluida.
-Es un conjunto de poesías.
-Me encantaría leerlas.
-Usted viene siempre acá. Se lo voy a traer.
Han pasado varios meses y el señor no ha vuelto a aparecer por el bar Transilvania.       

miércoles, 29 de mayo de 2013

3. El espejo.

Fue abriendo despacio los ojos con la certeza de que era la inevitable hora de levantarse, sin posibilidad alguna de más demoras ni dilaciones. Había logrado dormir profunda y reparadoramente, quizás gracias al whisky, pero el contacto con aquella mañana lo volvió a despertar a esa continuidad de inquietud y tristeza que traía instalada en su rutina hace meses. Inquietud y tristeza que estaba seguro devenían de manera directa de unas bruscas ráfagas de pensamientos oscuros que no lograba controlar ni eludir. Salvajes visiones sobre sí mismo y su forma de vida -tan alejada de lo que entendía como verdadera vida-.
Tener que trabajar un sábado en una oficina vacía; no iba a haber nadie, iba a estar completamente solo. Siempre había preferido trabajar solo; ahora le resultaba cada vez más insoportable. La llegada de Nidia cambió todo, hasta su relación con los otros compañeros había mejorado. Ella se fue convirtiendo en una de las pocas razones que encontraba para sonreír de tanto en tanto. Ella y su hijo.
Chocó de pronto contra su cara desfigurada en el espejo del baño. 
Desde hacía un tiempo pensaba constantemente en escaparse, volar, desaparecer de esa repetición circularmente abrumadora de números, planillas, responsabilidades, y por sobre todo y fundamentalmente, de su matrimonio. La muy vieja y recontra remanida fantasía de ir a comprar cigarrillos y no volver nunca más en la reputísima vida. 
Se dispuso a ducharse rápido, a afeitarse, a lavarse los dientes, a no pensar, a evitar mirarse.       
Un lunar sobre el pómulo derecho que se había estado agrandando bastante y se había puesto duro y áspero lo preocupaba. La sensación horrible a la vez que sorprendentemente tranquilizadora de que la cuestión se podría estar por terminar de un momento a otro.
Sonrío con dolor mirando fijo el reflejo de sus ojos sollozantes.

sábado, 25 de mayo de 2013

2. En sueños.

Se encontraba en la orilla de un arroyo ínfimo que bajaba de una montaña inconmensurable haciendo zigzag. Los pies no conseguían afirmarse en un piso con apariencia visual de césped pero conformado por una irrealidad de minúsculas piedras circulares verdes. Se sentó a buscar el agua con los pies. El clima era de una suave calidez y el agua tenía la consistencia exacta del aire. 
Su amigo le hablaba monótonamente de una felicidad de días sin apremios ni malestares, de una continuidad de horas en el río, navegando, tomando sol, nadando... Dos grandes porciones de asado se cocinaban en una parrilla de campamento a brazas lentas, y un vino sedoso y muy ligeramente abocado se bebía de una botella inagotable.
Una sensación de apacibilidad total lo iba tomando de las manos para después abrazarlo integro en un cosquilleo de placer absoluto, desconocido por él hasta entonces.
Su amigo le contaba de una morena preciosa de ojos brillantes que era capaz de extraer todo el contenido de cualquier hombre.
Mientras su amigo trazaba el retrato de su morocha él pensaba en Nidia,  soñaba con Nidia.
Nidia era muy ¡muy! hermosa, no sólo por los infinitos detalles de su hermosura física sino también por una graciosa locura y una rara inteligencia que brotaba de ella interminablemente. Era pelirroja, era dulce, era sutil, era lúcida, era pecosa, era intensa, era inquietante.
Nidia se había ido apoderando de sus sueños de a poco, de una manera extraña, subrepticia. Esa noche tenía puesto un camisón negro, corto, de seda o algo así. Estaba increíble, se podía ver bastante de sus fantásticas tetas y de sus larguísimas piernas pecosas. Llevaba las manos vendadas como en esas fotos en las que practicaba boxeo. 
Jugaron por un rato una suerte de pelea riendo, y terminaron bailando muy apretados. La voz alegre y profunda, la piel completamente cubierta de un invisible manto de terciopelo. Él tenía una erección que no creía propia, una de tiempos ya olvidados.              

jueves, 23 de mayo de 2013

1. Antes de intentar dormir y durante.

No habían sido días fáciles, ni difíciles. Fueron otros días de esa abreviada normalidad un poco odiada que a medida que proseguía marchando lo iba repugnando más y más, minuto a minuto. Nada grave, ni impactante, ni reconfortante tampoco, por cierto, claro. Más de lo mismo inalterable que ha estado circulando por ahí últimamente sin obtención de remedio ni de sentido alguno. Sin novedades de ningún calibre en ninguno de los frentes abiertos o entrecerrados, ni siquiera malas. ¡No! Sólo ese ligero barniz de tristeza implicado en sentir que se vive de un modo no del todo adecuado, o decididamente inadecuado, o vaya uno a saber cómo. Pesado, aletargado, frío, abúlico, apretado, encerrado, desolado, desierto... ¿desesperanzado? Exacto, desesperanzado, cómo si no hubiera ya nada que poder esperar, recluido en la celda ínfima de una prisión finalísima, terminal, chau. Había estado hablando bastante de eso con un viejo amigo al que el azar lo volvió a reunir. Lo encontró en el bar enfrente de la oficina; ese bar de mierda al que se cruzaba de vez en cuando a comer, a tomar un café o algo y a entrever los diarios. Se reconocieron de inmediato. Siendo chicos vivieron en el mismo edificio de departamentos, hasta bien entrada la adolescencia. No se habían vuelto a ver desde ese entonces, tenían más o menos la misma edad.
El reencuentro le generó algún malestar adicional, se lo estaba confesando en ese preciso momento, su amigo parecía mucho más joven que él, pero ¡mucho más joven! Y tenían más o menos la misma edad; meses más, meses menos.
Su mujer y su hijo dormían. Su mujer a su lado, a decir verdad, en un rincón alejado de la cama enorme; su hijo en una habitación a unos metros de distancia. Se levantó a apagar el televisor en el cuarto del nene. Estaba debidamente abrigado, le acaricio la frente. El pez en la pecera seguía inmóvil. 
No tenía sueño, o más bien, sabía que le iba a resultar imposible dormirse envuelto en esa bruma de sentimientos que lo invadía. Fue al comedor a servirse un whisky, dos medidas largas; mientras lo empezaba a degustar lentamente, encendió un cigarrillo, y dio vueltas por la biblioteca en busca de un libro que había comprado un par de semanas antes. Se lo recomendó una compañera de trabajo. "Una estructurada concatenación de pequeños cuentos que en principio parecieran aislados y terminan conformando un camino novelado".
Se sentó en un sillón a intentar leer y por un momento hasta imaginó que podía hacerlo. Una desfigurada sopa de signos bailaba endemoniadamente. Palabras muy cruzadas. La luz no era suficiente. No podía concentrarse. Recorría las páginas... Una danza de vida extraña. 
"Hasta hace alrededor de diez años mantenía con tenacidad una dieta conformada fundamentalmente por una botella, botella y media de vodka y tres o cuatro gramos de cocaína, todos y cada uno de mis días, sin excepción". Eso decía en primera persona en el prólogo el escritor. 
Fue a la cama. Una cadena de noticias y un volumen de sonido prácticamente inaudible. Se cubrió hasta casi los ojos con la sabana y una gruesa manta rellena de plumas de color anaranjado.       

martes, 21 de mayo de 2013

¿Quién vive?

Se tendría que haber reído; eso es lo que tendría que haber hecho, sin ninguna duda, porque la situación fue muy pero muy graciosa, evidentemente graciosísima, hilarante en extremo. Pero no pudo, ¿no lo logró o ni lo intentó o no sé? Se quedó paralizado mirando hacia delante sin ver, como perdido en sí mismo. Sin un atisbo de sonrisa ni de ningún otro gesto; helado o petrificado o simplemente inmóvil, concentrado o desconcentrado o vaya uno a saber cómo. A los que habían venido con él los ganó un completo desconcierto; era un tipo de reírse siempre, hasta en las peores circunstancias, en las más difíciles o adversas. Y de reírse con mucha fuerza, con espontanea estridencia contagiosa, haciendo uso de todos y cada uno de los resonadores corpóreos y extracorpóreos. ¿Qué le estaba pasando? Nada y muchísimo. A veces uno no tiene ganas de reírse. ¿Qué tiene de malo? ¿Por qué hay que dar tantas explicaciones? ¿Qué les pasa? El humor es esencialmente así, por definición. Pero se tendría que haber reído, le hubiese resultado conveniente. El no hacerlo lo puso en una posición incomoda frente a los presentes; incluso, claro está, ante los propios. Aunque a decir verdad, para él esos propios no lo eran tanto. Ellos se creían allegados, pero él los sentía lejanos, meros conocidos sin demasiado más. El juego de la vida... y dar vueltas por ahí acompañado... ¿Acompañado? Habían venido con él porque estaban cerca en el momento de haber sido invitado. Eso sólo. Un publico para su afición por el espectáculo constante. 
Por esos días se encontraba algo más delgado, desmejorado. Siempre se dijo que comía poco y bebía demasiado. En relación con eso recuerdo una cena en un restaurante chiquito por Palermo, eramos cuatro o cinco, por lo menos uno tomó nada más que agua. Un par de bifes de chorizo, papas fritas, morrones asados y quince botellas de vino, quince. 
Sencillamente, no tuvo deseos de reírse. Ni más, ni menos. No era hombre al que le importara lo que pensaran de él los demás. Por lo menos esos demás. No le importaban casi una mierda. Siguió en la suya: serio, circunspecto. Después de un rato de silencio se dio una palmada violenta en el pecho y exclamó en una explosión un furibundo ¡¿quién vive?! Todos se quedaron mirándolo. Y de pronto se puso a reír como era su costumbre hacerlo. Desaforado, desprejuiciado, loco... Decía ¡¿quién vive?! y se reía... lunáticamente, salvajemente...
No sé, me parece que le hubiese convenido reírse antes. Igual no importa, creo que todavía se sigue riendo.

sábado, 18 de mayo de 2013

La cara más visible.

Cuanto más fácil y tranquilizador sería poder pensar que las noches horribles que tuvimos que vivir las hubiesen logrado provocar sólo unas cuantas pocas personas, unos cuantos criminales ferozmente cobardes que tomaron las armas del pueblo en contra de ese pueblo mismo. Miserables apoyados desde las sombras por miserables peores que desde sus despachos de grandes empresarios y o dirigentes políticos nos infringieron esas noches cruentas de desesperación y tortura. Sólo unos cuantos miles, con unas pocas espantosas caras visibles, y no cientos de miles o más bien millones como en realidad fueron.
Los humanos somos los animales con mayor propensión al desarrollo del pensamiento simbólico, he ahí nuestra principal particularidad entre los simios mayores; creo que en parte seguramente por eso nos decidimos a otorgarles a algunos de los gorilas que nos acompañan caminando por acá la característica de espejos encarnados de nuestros peores ángulos. La cara más visible se transforma entonces, mediante nuestra construcción, en la totalidad absoluta del mal que representa. ¡Y cómo les gusta a algunos simios nuestros hacerse cargo de esa tarea encomendada, les encanta! Y se caracterizan de tales monstruos totales, categóricos, tajantes, definitivos... Con bigotes, gestos y uniformes marciales. 
Ayer murió uno de esos. Lamentablemente no murió con él casi nada de toda la mierda que le tocó personificar.