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miércoles, 12 de noviembre de 2014

Siempre

Siempre, invariablemente, empiezo por la necesidad de reiterarme en la convicción de que cualquier intento de explicación, de descripción, de análisis que abordemos va a terminar siendo inacabado, somero, escueto… y parcial, sumamente parcial, en toda la extensión del término. De manera inevitable, en cualquier construcción que hagamos, que intentemos, se dejaran piezas en el margen del tablero por más esfuerzo que se realice en sumarlas. Lo que llamamos realidad es de una complejidad tan inabordable que, aunque la voluntad nos haga seguir buscando con ese ahínco propio de ella, la completitud anhelada no llegará, nunca. Igual, vale, por supuesto, el empeño de ir por la mayor visión posible de las cosas, de los distintos ángulos y perspectivas, de los determinados matices y anchos y altos y geografías y circunstancias y entrañas y perfumes… de los aparentes hechos, o lo que sea, que se pretenda transmitir… Y quizás, seguramente, en la palabra transmitir, en el fantástico concepto que transmitir implica, haya una clave superior incluso a los sucesos que pueden haber motivado, en principio, el intento. Ahí está, desde el lejano inicio de la razón, esa lucha incruenta, eterna y proverbial entre historia y poesía; lucha en la cual, en honor a la parcialidad, que es la verdad en definitiva posible, ¿si tiene que prevalecer alguna de las dos?, creo que debe ser la poesía la que lo haga. Lo creo fervientemente, con la locura que suele inducir el fanatismo. Se puede vivir sin historia pero no sin poesía. Por lo menos para mí, sería completamente imposible… La bandera más valiosa de la humanidad es la puta poesía… Es probable que se le pueda equiparar ese muy antiguo deseo de justicia basada en el respeto de las personas por las personas… Pero, ¿qué es esa utopía maravillosa sino puta y autentica poesía? 
Imaginemos, por ejemplo, ¿si quieren?, a un hombre que habiendo sufrido un golpe tremendo en su cabeza, una muy fuerte conmoción cerebral, se queda, de pronto, sin esa parte de la memoria que es la consciencia de la particular historia y, entonces, no recuerda su nombre ni quienes fueron sus padres ni quiénes son sus hijos, que lo miran extrañados, ni su esposa o novia o lo qué fuera qué sea la mujer que le habla con ternura dedicada para que recuerde…, ni sus amigos ni su país ni su religión ni a qué demonios se dedicaba ni qué le gustaba hacer en los ratos libres cuando no estaba obligado a trabajar; va a tener que vivir en absoluta poesía hasta ir recuperando su historia; si es que lo hace, en una de esas, prefiere seguir sintonizado en estricta puta poesía. Me pasó en un par de oportunidades y dudé acerca de lo conveniente. Pero terminé por recuperar, por suerte, mis recuerdos perdidos. Es deseable vivir con poesía y con historia. La historia es un alimento para la poesía.

sábado, 8 de noviembre de 2014

La verdad férrea del que desconoce

La pretensión ensayística me incomoda, y la periodística ni les quiero contar, pero como considero que toda opinión es fundamentalmente una expresión de deseo y he ido aprendiendo a atender el deseo y darme ese gusto mínimo de plantear mi visión, me dejo llevar y digo: lo mío, desde mi perspectiva oscurecida por la experiencia. Ese encuentro de vaguedades al que llamamos sentido común afirma que todos tenemos una parte de verdad, ¿no?
Bueno, mi verdad es que hace mucho tiempo que vengo pensando un pequeño relato que no consigo escribir. Es una historia minúscula de un hombre que llega destrozado a su casa después de un día difícil y se da cuenta, de pronto, en un golpe de consciencia, que en el abrazo desesperado que le da a su hijo chiquito hay una forma de abuso. No el abuso indigerible que llena páginas de diarios; uno sutil, ligero, un imperceptible abuso emocional, un colgarse de ese ser en edad de ser sostenido y no de sostener.
Es complejo. La vida es compleja. Por lo menos, lo es para mí.
Para intentar ir al punto voy a tomar por otra vía —ese, el de la digresión, es otro placer que no dejo de darme—, y voy a ir por el lado de otra forma de abuso; en este caso, de alguna manera, hacia uno mismo, el consumo desmedido de sustancias, un tema que me apasiona, desde diferentes aristas… He tomado y dejado infinidad de sustancias, ilegales y recetadas. Tengo una vasta trayectoria empírica en el asunto de la que podría perfectamente valerme para autoerigirme en un especialista como otros tantos que circulan dando sus apreciaciones disparatadas a partir de vivencias asimilables. Pero tengo que reconocer que no soy un especialista, porque he tenido infinidad de problemas con el uso de sustancias, y de esos problemas se desprende con nitidez mi ineficacia en el manejo de las mismas.
El otro día leía por ahí que Germán Daffunchio, un tipo con el que crucé dos palabras hace treinta años pero por el que tengo un raro afecto inexplicable de esos que sólo provienen de creer que se tiene origen en un pozo parecido, decía algo así como: los que más hablan públicamente de droga son los que menos saben. Y de manera automática pensé en la pléyade de yonquis de cabotaje que sacan chapa y pasean lo que particularmente tiendo a juzgar como ignorancia por las tertulias televisadas. También pensé en aquellos señores que se venden con mucha convicción como autoridades académicas en psiquiatría u otras especialidades científicas, o pseudocientíficas, sin reparar cabalmente, nunca, pero nunca ¡nunca!, en que la única autoridad real para una persona no puede ser otra que ella misma. Más allá, está claro, de los inevitables jueces y policías. A lo psíquico me refiero.
Para no distraerlos y distraerme en demasía, voy a encarar una relativa conclusión en el punto: considero que las sustancias no dan solución acabada al malestar emocional, lo veo como un hecho incontrastable; por lo menos no una perdurable, una sostenible en el tiempo, ni siquiera las que suelen habilitar los facultativos, a su vez, así mismo, habilitados para tal fin; la solución probable puede llegar a venir por el enrevesado camino de la introspección, del autoconocimiento; el único calmante de amplio espectro, sin tantas indeseables contraindicaciones, puede acercarse sólo desde el propio cerebro, paradojalmente.  Y, sí tenemos un hijo enredado en el abuso de sustancias, va a tener que salir por sus fuerzas, inexorablemente; es imposible donarle las que nosotros hayamos sabido conseguir ni las de ningún experto, que seguramente podrá ayudar, pero en esencia vamos a tener que acompañarlo adónde sea hasta que las encuentre en las propias entrañas… (Los pescados gordos que hacen gárgaras de autoridad en televisión y sus clínicas carísimas sirven para bastante poco, lo sé por trayectoria empírica).
Sí, perfecto, para ir terminando; el otro día se planteó una fuerte polémica a partir de un artículo que una señora llamada Laura Gutman subió a la red. La indignación se expandió… “Fuertes críticas a Laura Gutman por sus opiniones sobre el abuso sexual infantil”, “Las inquietantes opiniones de Laura Gutman sobre abuso”… “La polémica columna de Laura Gutman sobre abuso sexual”… “Laura Gutman y su polémica justificación de la pedofilia”…
Leí el artículo en cuestión y no logré compartir la integralidad de la indignación que generó en innumerables personas a las que respeto intelectualmente. Entiendo el equívoco, que en una de esas la señora Gutman buscó provocar, pero leo y releo y no puedo dejar de ver y escuchar y sentir la voz —no del todo bien planteada, a mi parecer— de una persona que parece saber en su carne, como lo sabemos tantos, lo que es un abuso; un abuso que no nos mató o nos dejó tirados desangrándonos, uno más silencioso, más cotidiano, menos drástico, uno con el que seguimos viviendo y contra el que muchas veces tenemos que enfrentarnos, para no reproducirlo, ni en su más insignificante expresión… Y es en esto último —en la no reproducción, ¡ni la más insignificante!— en donde la Licenciada Gutman no hizo, tengo la impresión, el debido hincapié.   
Quizás, además, otro error fundamental de Laura Gutman puede haber sido desde donde se expresó; su pretendida posición de académica y de vendedora de autoayuda en el amplio mercado abierto en nuestras sociedades a tal efecto.
El del abuso de niños es uno de esos temas que, pareciera, sólo se pueden tocar con honestidad encarnada desde el arte, ese estadio tan singular para la comunicación de lo más profundo de la condición humana, y aun así, igual, con dificultad. La elección de Gutman es ambigua, por momentos surge una búsqueda en ese sentido pero no llega a cuajar porque la autora se traslada al terreno de su habitualidad de entendida, supuestamente, en psicología. No obstante, algo de su discurso me conmueve y me empuja a reflexionar. ¿Será mucha la gente que habiendo sido víctima de un abuso no lo procesa conscientemente y lo retransmite con la misma inconsciencia? ¿Será esa la podrida clave por la que este tema está tan al margen, por qué tiene una amplitud que no nos animamos a entrever?
Creo que el abuso es, efectivamente, una realidad sumamente extendida; el de personas y de sustancias. Y que hay un vínculo insoslayable entre ser abusado, abusar y buscar aplacar el dolor... Hasta la inconsciencia.
La crónica más negra de nuestros días pasa por estas tónicas.    
No es necesario haber pasado por un puente para comprender su función. No es necesario haber sido abusado sexualmente para comprender lo que eso significa. No es necesario haberse involucrado con drogas para tener una opinión formada acerca de ellas. ¡Lógico!
Va, la verdad es que no sé. Lo que sí sé es que es necesario tener consciencia… Dudo un poco en la de la Licenciada Gutman, pero también dudo, con constancia, acerca de la mía… Y ahí está la puta cuestión: sí no nos revisamos, permanentemente, podemos llegar, sin quererlo, sin darnos cuenta, en un traspié, en un vahído… Podemos llegar a hacerle a alguien lo que nos hicieron a nosotros.  

jueves, 6 de noviembre de 2014

La tranquilidad

Una mujer muy linda, de alrededor de cuarenta, se encuentra sentada a una de las tres mesas para dos pegadas a los ventanales del barcito enfrentado a la plazoleta; un poco anormalmente separada de la mesa en la que un pocillo de café que, en apariencia es para ella, se enfría apartado hacia el centro. Tiene las piernas y los brazos muy cruzados. Está muy seria. Sostiene un bolso negro bastante grande sobre las piernas. Mira a la calle que transcurre con su ritmo habitualmente rápido, es la hora de mayor movimiento; la calle no se detiene, fluye sin pausa, las personas en ella no parecen ni respirar. La mujer en cambio respira lento, por pasos, primero inspira durante varios segundos y luego exhala; se puede ver claramente el proceso.
Algo me lleva a pensar en una tarde de hace muchísimos años… El vestido azul me hizo recordar uno que usaba ella. Tranquilidad… Me doy cuenta que después de tantos años para mí la tranquilidad es ese recuerdo. Si pienso en que tengo que hacer algo para tranquilizarme, pienso en ella, en aquellos días y en ninguna otra cuestión. No sé bien qué ha sido de mí, no termino de entenderlo. Estoy bien, tengo una hermosa familia, un buen trabajo, una cuenta en el banco, un auto rápido, tarjetas negras, personas alrededor que me dicen lo que me gusta escuchar… Pero la única tranquilidad que realmente tengo es su recuerdo. Ningún calmante hace por mí lo que sí hace su recuerdo.
Se acerca el pocillo, lo levanta y da un sorbo mínimo, pero enseguida lo vuelve a apartar con un ligero disgusto. Tiene la piel muy blanca, una nariz perfecta y la boca algo tensa.
Ahora, respira más rápido, notablemente. Se lleva una mano al pelo como acomodándolo y puedo ver que tiene unos ojos oscuros, grandes y profundos.
Me mira fijo y me pregunta qué me pasa. No logro entender lo que le digo. 
No importa.

sábado, 1 de noviembre de 2014

La serpiente

—El pasado es una serpiente enorme en ancho y largo, de color parduzco, de dos cabezas horribles y una joroba en el medio, que me persigue arrastrándose a donde quiera que yo vaya, si voy al cine o al teatro o al supermercado, y no tengo ninguna posibilidad de perderla en el camino aunque a veces me parezca que voy a lograr hacerlo… Cuando me doy vuelta está siempre ahí, esperando, acechante, sacándome sus dos lenguas bífidas.

El cielo parece estar explotando en pedazos sobre la calle y Ana lo mira desde la ventana de su refugio. Se ve reflejada tenuemente en el vidrio mojado y se detiene en mirarse fijo a los ojos, mientras inhala el humo de una pitada larga, ligeramente tensa, contenidamente furiosa. Es Buenos Aires, es un tercer piso con una extensa vista a la Avenida San Juan, es el Barrio de Boedo, es una tarde grisácea, plomiza, con olor a tierra y a pólvora, es el principio de una primavera húmeda y asfixiante; los autos se deslizan... Ella está sola en el departamento mínimo de un ambiente que pudo ir armándose con dificultad. Está molesta con la vida que le toca, últimamente, desde hace un tiempo, siente que todo le sale muy mal.
Sería deseable no tener que trabajar tantas horas para mantenerse, mantenerse simplemente a flote, sacando la cabeza sólo lo suficiente para seguir respirando y poco más; algunas brazadas en el sentido de una felicidad que se ensucia rápido, permanentemente. Y ahora peor, porque se enamoró de un tipo que creía especial, maravilloso, un príncipe, que estaba convencida que era el perfecto amor para su vida, y resultó que el príncipe hijo de mil putas escondía un pasado espantoso del que no le había contado ni una miserable palabra.
—Te tengo que decir algo —le dijo su amiga Cecilia, hace dos días, en una tarde tan horrible como esta, en ese mismo lugar, sentadas a la misma mesa redonda, pintada de rojo por sus manos y las de Cecilia, con papeles desparramados, dibujos, libros, un par de ceniceros, un par de platos, un par de tazas de café, un potus que le regalo su mamá en una maceta de plástico terracota—. Es algo desagradable, feo, y la verdad es que no sé, no tengo la menor idea de cómo se supone que tengo que contártelo.
—¿Qué pasa? —preguntó alarmada. 
—Diego…
—¿Qué pasa con Diego?
—Estuvo preso, un par de años, dos o tres, por el asesinato de una mujer —se detuvo un instante—, que era pareja suya.
—¿Cómo?
—Lo averiguó Raúlo, de casualidad…
Después, Ana casi no escuchó más, sólo palabras aisladas, que todo el asunto salió en los diarios y en televisión, pero, como siempre pasa con las noticias, se esfumó rápido, que fue en un pueblo chico de la Provincia de Córdoba, por Traslasierra, que lo terminaron largando, por una decisión de un tribunal superior, una chicana judicial o algo más o menos así, que la madre de la chica siguió insistiendo, siempre, en que fue él el que la mató.
Ana veía, de pronto, todas las muertes violentas de mujeres que le pasaron cerca y se veía ella, en la posición de aquellas mujeres, muertas por las manos de hombres que ellas habían amado, y el giro desaforado de esas imágenes por su mente se la llevó a un trance del que no pudo salir por un largo rato. Veía a su madre golpeada por su padre, en diferentes noches, de idéntico modo; la acción reiterada del brazo cayendo como un martillo.
Cuando Diego llamó, le dijo que no quería saber nada con él, y no escuchó ninguna de las palabras que Diego balbuceaba.
Esa noche, después de que hablara con Diego, Cecilia y Raúlo vinieron a quedarse con ella para hacerle compañía. Cecilia era más que una amiga, una hermana.
Ana piensa, piensa en segmentos enloquecidos que giran y se mezclan, piensa en Diego, piensa en su papá, siempre furioso, gritando, enojado, un monstruo, su papá siempre fue un monstruo, le había dicho a Diego que su papá fue un monstruo, piensa en que está fumando demasiado, en que no tendría que haber dejado de estudiar el profesorado, piensa en el destino. Siente dolor y lo piensa, amargamente, tercamente.
Diego camina bajo la lluvia empapándose. Diego intenta dejar de pensar. El pensamiento, si no consigue alejarlo, lo lleva a rincones que ya conoce demasiado.
Igual, no logra dejar de preguntarse, ¿cómo hubiese sido de haberle dicho?
El pasado, el repugnante pasado que siente que no va a dejar de condenarlo nunca.
Ya no se atreve ni a decirse a sí mismo que es inocente. “¿Qué importa?”.
Sube la totalidad de la escalera sin dejar que se le cruce otra idea.
Se murió todo. Sólo falta morir él. Y eso es, exactamente, lo que no tenía que pensar. Gira la llave para saltar. No deja nota, nada. Piensa que no tiene más palabras.

Acaso lo más difícil sea reconocer que uno se puede equivocar, y aún más difícil que uno se equivocó, inexorablemente, que se cometió un gran error y que la continuidad será pagarlo. “Mala praxis”, se repetía salvajemente desde que lo notificaron de la demanda en su contra. Se movía nervioso con su ambo de cirujano perfectamente limpio.
—Y este boludo, ¿se quiso matar?
—Sí, doctor. Aparentemente sí. Saltó al vacío desde la terraza de un edificio, pero parece que las copas de unos árboles lo contuvieron y termino cayendo sobre un cantero… Parece que de no mediar ninguna complicación… ¿Y usted cómo anda, doctor?
—Con ganas de hacer la misma boludez que este… No lo voy a tocar mucho a ver sí después me demanda.

viernes, 24 de octubre de 2014

Tinelli es cultura


Es un hecho innegable que el lenguaje se puede prestar frecuentemente a equívocos; las palabras suelen encerrar más de un significado y hasta a veces estos pueden aparecer como contradictorios. Esa suma de aspectos prácticamente indefinibles, por la vastedad, que es la cultura de una población, le otorga a un vocablo, en numerosas oportunidades, varios sentidos.
Si nos centramos en la palabra cultura, vamos a encontrar para ella infinidad de definiciones, y es seguramente la vastedad que entreveíamos lo que dificulta su conceptualización. Cada una de las ramas en las que se ha ido dividiendo el pensamiento humano guarda más de una interpretación del fenómeno “cultura” y es por el camino de esta vastedad, innegable, insoslayable, que podríamos llegar a concluir que cultura es todo… Y, como parece ser que de algún extraño modo los extremos siempre tienden a juntarse, podría ser que también sea nada. Quizás, entonces, por esta vía, probablemente, podría llegar a interpretarse que cultura es todo y nada.

¿Alguien en su sano juicio puede llegar a decir que Marcelo Hugo “El Cabezón” Tinelli no es una personalidad destacada de nuestra querida cultura nacional y popular? ¿Maradona no es una personalidad destacada de ella? ¿Susana Giménez? ¿Pocho La Pantera?
Claro que también Borges, Roberto Arlt, Cortázar, Favaloro, Milstein, Enrique Santos Discépolo, Homero Manzi, Troilo, Spinetta, Juan Román Riquelme, ¡Astor Piazzolla (me sentí tentado a poner en este entre paréntesis -en virtud del entusiasmo que me genera la increíble música de este enorme compositor- una pseudo rima que terminaba con lora, para imponer énfasis, pero al final me decidí por no incluirla para no aparecer como chabacano e inculto)! Rial, Polino, Ventura, Chiche Soñora, Andrea del Boca, Enrique Hravina… Y aunque cueste decirlo el propio o impropio Domingo Felipe Cavallo… Y Piñón Fijo…

Marcelo Hugo Tinelli nació en la ciudad Bonaerense de San Carlos de Bolívar, el primer día del mes de abril de 1960. Es un presentador, empresario, periodista deportivo, dirigente deportivo y productor argentino… No tiene demasiado sentido profundizar en su biografía, está en Wikipedia y en otras decenas de lugares virtuales y físicos, y además sabemos perfectamente quién es, qué hizo y qué hace.

La cultura contemporánea, a nivel global, está fuertemente atravesada por la televisión; hasta el punto que muchos pensadores de estos días, creo yo que acertadamente, dibujan el plano de una cultura televisiva que parece absorberlo todo; lo que no sucede en televisión es probable que no consiga el estatus de suceso, si no es televisado da la impresión de no existir, así acontecimientos, personas, productos...

Marcelo Tinelli es el dueño absoluto, el titular indiscutible, de un espacio televisivo sumamente significativo para nuestra cultura por estos días. Lleva adelante en el momento de mayor encendido, por el canal de aire con más audiencia, por alrededor de dos horas, cuatro días a la semana, un programa de televisión, un espectáculo, un show… que puede merecer y ha merecido diferentes calificativos por parte de especialistas, semi especialistas, des especialistas y sujetos de variados órdenes y desordenes… Además su temática es revisitada por una gruesa horda de otros programas que lo parasitan…
¿No sé si se ha desarrollado una crítica cultural esmerada hacia el programa de Tinelli y hacia la televisión argentina en general? No la conozco. No ha sido debidamente televisada. ¿Hay una crítica cultural con algún peso, hoy, en Argentina? Y ahí está, seguramente, la cuestión… No tenemos demasiado espíritu crítico, pareciera… En ningún ámbito, creo.
En mí caso particular, no encuentro la disposición necesaria para realizar esa tarea concienzudamente, nadie me ofrece ni una miserable paga por ella y en consecuencia me canso nada más que por pensarlo, no es mi tema, no quiero, no me inspiro… Después de todo no es otra cosa más que un programa de televisión que no se desprende de la mediocridad generalizada en ese medio, que podría no estar tan mal sí de vez en cuando llevaran a alguien interesante con algo para decir diferente de las habituales bromas y balbuceos, sí llevaran a alguno de los músicos excelentes que hay en este país a tocar en vivo, sí en lugar de tanta fauna decadente hubiera algo nuevo… Por otra parte, la danza —eje fundamental de los últimos ciclos del programa, supuestamente— ha deparado sorpresas valiosas: Mora Godoy bailando Tango, por ejemplo. 
A mi hija menor, de once años, le gusta, le encanta el programa de Tinelli; a mí me enferma un poco que así sea.

jueves, 23 de octubre de 2014

Cómo son a veces las cosas

Mi amigo, El Sordo Ruiz, me había citado para esa hora en aquella esquina, y cuando estoy llegando, lo veo entrar en un negocio lujoso, que parecía ser de decoración o algo así, aunque pretendía ser una galería de arte, y lo sigo, y cuando estoy adentro escuchó que le decía a una chica delgadita, muy linda, de unos veinticinco años, más o menos, morocha, preciosa, que a él le chupaban un huevo el mercado y sus tendencias y esas estupideces, que él pintaba lo que le iban dictando las bolas y que defecaba en las opiniones de todos esos infradotados que se creían los dueños del destino del arte y eran unos terribles pelotudos inservibles.
—Además, te digo una cosa —siguió expresando El Sordo, ensimismado—, decíle a María que no me mande más al gordo marica ese, con los ojitos pintados, amiguito de ella, que se las sabe todas y una vuelta más, porque se lo devuelvo desmembrado en una bolsa.
Recién en ese momento me ve y me saluda con una palmada en la espalda.
La chica lo miraba espantada. Es que El Sordo grita siempre como un loco porque es sordo, y cuando está sacado encima mueve los brazos como si fueran las aspas de una hélice, y además es muy grandote y pone unas caras feísimas. Pero es un tipo muy bueno, terriblemente.
—Y decíle que no te haga llamarme más y que no se le ocurra mandarme a nadie; decíle que en diez días traigo todo y que no rompa—. Después se le acercó, le tomó dulcemente la mano y le dio un beso en la mejilla. La pobre nenita temblaba, me dio muchísima pena. ¡Es un caramelo! ¡Tremenda pendeja!
—Ahora vamos, Gitano, vamos a comer algo que tengo mucho hambre —me dijo, y salimos.
En la calle ya estaba tranquilo, sonreía con esa sonrisa suya recostada sobre la izquierda y caminaba saltando.
—La galería esta es un despelote de lujo, impresionante —le comenté.
—La misma mierda que todas —me respondió, tajante.
Fuimos a comer a un bodegón a un par de cuadras, a mitad de camino de su taller. Un lugar que se ve que frecuentaba porque lo saludaba con afecto todo el mundo. Comimos un abadejo con salsa del infierno y papas españolas, y nos tomamos una botella de un whisky, supuestamente escoces, medio espantoso tirando a bastante, que era el único que tenían, según ellos, razonable.
La cuestión fundamental del Sordo por esos días pasaba por la moto que se estaba armando, pero tenía que entregar las “putas pinturas” y eso le estaba empezando a preocupar.
—No tengo ganas de pintar un carajo —me confesó con el último trago de whisky.
Cuando llegamos al taller nos pusimos a trabajar en la moto, que era para lo que me había llamado, para que lo ayudara a poner el motor y terminar de armarla.
—¿Por qué no pintas la moto, Sordo? —se me ocurrió decirle en ese momento.
—Tenés razón, Gitano querido, la puta madre de dios, ¡qué buena idea! ¡Excelente! Pinto pedazos de vistas de la moto en unos cuantos lienzos y les llevamos la moto terminada y la ponemos en la mitad de la sala y que me chupen el culo en hilera. 
Hizo eso, exactamente, y fue un éxito de público y crítica. De verdad te digo; hasta le gustó al gordito antipático, oledor de mierda, amigo de María, la dueña de la galería, que se notaba bien claro que lo odiaba al Sordo. Cómo son a veces las cosas. ¡Qué lo parió! ¿Vos sabés que El Sordo se terminó poniendo de novio con la chiquita de la galería, la secretaria? Un poema. Me dijo que me va a presentar a la hermana.               

Una pena que se fuera

El ámbito educativo no logra excluirse de la maliciosa realidad que nos aqueja. Uno tiende a ver a la juventud como un tesoro pero la verdad es que son más o menos la misma cagada que el resto de la humanidad, salvo raras excepciones.

La Profesora Alcira Noemí Barrientos tenía una voz compleja, suntuosa, excelsa, equilibrada, profunda, luminosa, cargada de matices etéreos a la vez que de extraordinaria potencia; una de esas voces que hacen que las personas auditivamente sensibles, como podría ser yo en este caso sí corresponde decirlo, nos quedemos en absoluto silencio, atrapados por las insólitas, sutiles y exóticas modulaciones de las que son siempre capaces estas personas tan especiales. Además, sus palabras resonaban muy lúcidas; las escogía con un cuidado que se demoraba en sus perturbadores labios y después las largaba aladas con una convicción infrecuente para el ámbito lúgubre en el que estábamos inmersos.

Llegó apenas pasada la mitad del año, cuando se confirmó que el Profesor López, desgraciadamente, no iba a poder seguir adelante con su curso; estaba muy enfermo, se fue haciendo cada vez más notorio, la palidez, y ese tono amarillento (cadavérico) que iba tomando con el correr de los días. El estimado Profesor, Doctor Edelmiro “El Conejo” Raúl López Coronilla no era demasiado bueno en la materia, más bien era tirando a malo, pero era sumamente agradable en el trato, un verdadero señor con todas las letras necesarias y algunas más que le sobraban por si hicieran falta; a todos les provocó una enorme pena su situación de salud, de falta de ella, incluida la increíble señorita Barrientos, que lo primero que hizo cuando llegó fue dar un discurso que bien podría definirse como reivindicatorio de los mediocres planteos de López para la consideración del programa en cuestión y además expresó, sentidamente, que estaba segura de que el querido Profesor se recuperaría pronto y volvería para tomar el cargo que era suyo y de nadie más, indubitablemente.
Estaba todo el mundo detenido en un escarpado silencio cuando Alfredo, el secretario administrativo, con su voz de silbato ahogado en whisky, les había comentado en la puerta que El Conejo López no podría ya seguir con las clases, que venía una tal Barrientos a remplazarlo hoy mismo. Y entonces, apareció ella caminando lentamente cimbreante por el pasillo abovedado. Olía fantástico. Un perfume dulce y penetrante.
Entró, hizo un gesto con la mano para que se sentaran, dejó el bolso sobre la silla y apoyada en el escritorio dijo sus primeras palabras para el auditorio expectante.
—Creo que ya todos saben que el Doctor López va a necesitar un tiempo para recuperarse de una afección. Esta es, sin duda, su cátedra y él ha dejado muy claros los lineamientos desde los que vamos a seguir, sin apartarnos…
Aquel primer día, ella vino vestida de manera esmerada y siguiendo el estilo que se suele indicar como conveniente para su rol en una casa de estudios de la categoría de la nuestra. Tenía un buen cuerpo. Un inocultable buen cuerpo. ¡Impresionante cuerpo! Se había puesto una camisa holgada y oscura que trasladaba la atención a lo que cubría su pollera larga y clara, y a lo que, a su vez, se podía intuir de sus estilizadas piernas morenas.
El más evidentemente entusiasmado con las formas físicas de la Profesora era El Chino Elvio Suarez, un tipo extremadamente tranquilo, de limitadas palabras al aire, que nunca había hecho hasta el momento comentarios de esa índole en ningún caso, pero que no evitó, para la oportunidad, mostrarse claramente conmocionado por la armónica rotundez conteniente de circularidades inconcebibles de la hermosísima Profesora Alcira Barrientos.
—Está tremendamente buena —le dijo Suarez a El Polaco Mondicconi, que asintió sin visos de entusiasmo, según su arraigada costumbre de economía gestual exacerbada.
Las mujeres del curso fueron inmediatamente muy críticas de la nueva Profesora, en casi todos sus aspectos, centrándose fundamentalmente en la indumentaria, maquillaje, disposición corporal… Salvo Loana Bohn, a la que le solía caer bien la totalidad de la gente hasta que demostraran fehacientemente y en más de dos o tres o cuatro oportunidades claras, por lo menos, como mínimo, que no eran del todo merecedoras de su amplia simpatía casi irrestricta, que siempre, aún después de decidir un cambio al respecto, no se cortaba nunca totalmente porque “la gente merece una segunda oportunidad y hasta a veces una tercera o una cuarta”.

La verdad es que el núcleo duro de oposición a la Profesora se basaba más que nada en el racismo, así lo pensaba Loana y así se lo comentó a Suarez, que coincidió completamente; aunque entre las mujeres se sumaba a este punto el hecho de que fuera tan extraordinariamente atractiva, sumó Suarez y Loana coincidió de inmediato. 
Suarez amaba calladamente a Loana Bohn desde que se cruzaron hacía unos meses, y Loana le dispensaba un fraternal afecto que a veces Suarez no lograba no demostrar que lo martirizaba en profundidad.
En ese instante, Suarez pensó que de alguna manera Alcira era el total extremo contrario de Loana pero que sin embargo algo inexplicable las unía. “En el plano intelectual”, pensó… Pero no estaba seguro de que así fuera, y después de pensarlo un rato, concluyó que probablemente las emparentara algo menos discernible, “algo metafísico”. “Las dos están buenísimas”, se confesó minutos más tarde.

En la segunda clase de la Profesora Barrientos se comenzó a hacer innegable el conflicto: llegó con su cabello ensortijado completamente abierto y con un vestido azul que dejaba vislumbrar la inmensidad de sus categóricos detalles.
—Esta negra, ¿qué carajo se cree? —fue la voz coral que disparó su salida esa tarde y que la siguió acompañando durante su corta estadía en los claustros abúlicos de nuestro amado establecimiento en franca decadencia.
Sólo nos apenó la circunstancia a nosotros: a Loana, El Chino, se podría decir que al Polaco, pese a su apatía, y a mí. El resto de los boludos se dejaron llevar de las narices.

jueves, 9 de octubre de 2014

Mínima pieza de teatro innecesario

Estaba contenta porque había hecho confeccionar unas cortinas nuevas, medio anaranjadas, y las había colgado. Después de colgarlas lavó una manzana y se la comió mirándolas. Y cuando él llegó lo saludó, le dio un beso ruidoso, y lo miraba sonriente, sin decirle nada del cambio, porque esperaba que se diera cuenta sin necesidad de hacérselo notar.

—No estoy dando rodeos de ningún tipo, no quiero complicar las cosas; no te quiero decir nada extraño ni difícil de decir, quiero decirte lo que voy pensando, con la dificultad con la que lo voy pensando, qué es mucha, de verdad; y no sé sí es extraño o no es extraño pero es lo que voy pensando y te lo explico de la manera que puedo, porque lo que se ve a simple vista no merece mayores discusiones pero el problema es lo otro —dijo tratando de encontrarle los ojos, y después se quedó un rato más buscándolos en silencio.
Debajo de cada uno de los suyos había un corte oscuro que se iba profundizando, y por encima la mirada afiebrada; y se oía, muy despacio, la voz ronca saliendo con dificultad de la boca que apenas se movía.
Ella mirando al piso.
—Estoy cansada —dijo.
—Bueno —emitió él, resignado.

—Vamos a caminar un poco; salgamos, dale —dijo alguien, que no era ninguno de los dos y que no estaba presente, ahí, en ese momento. 

martes, 30 de septiembre de 2014

Sinopsis de un día cualquiera de un trabajador promedio

Suena el despertador estridentemente y el tipo se levanta de manera automática. Se prepara un desayuno pobre y espantoso pero sueña con que disfruta de uno magnifico. Se acerca su mujer dormida a saludarlo con desgano y él la imagina amorosa. Viaja en un colectivo atestado ensoñándose con que va en una limusina. Llega apenas unos segundos tarde al trabajo y su jefe se lo recrimina duramente; se detiene a regodearse con la idea de golpearlo hasta que su jefe lo sacude tomándolo del brazo.
—¿Qué te pasa? ¡Imbécil! —dice su jefe, violentamente, mirándolo a los ojos.
Luego, él se sienta e imagina que mata a su jefe, ¿o lo mata realmente? 
Se acerca la recepcionista completamente desnuda a darle un vaso de agua; le acaricia la cara y le pide que se tranquilice.    

lunes, 22 de septiembre de 2014

A veces

Ella baja del sexto piso por las escaleras porque en algunas oportunidades se le ocurre que le resulta conveniente hacerlo, como ejercicio, y el paseo por las escaleras es realmente agradable, la luz de la tarde las ilumina suave, y el mármol blanco con leves vetas grisáceas, y la suntuosidad de las barandas y las arañas lúgubres, apagadas, y el aire eternamente fresco que habita ese espacio que ella suele ver como un pasadizo a otro mundo. En la calle, el clima da un corte de categórica rudeza, el ruido es tan sofocante como el calor y la luz arrecia, violenta. Deja caer sobre sus ojos los lentes para protegerse del sol y de las miradas hirientes, porque ella a veces siente que algunas miradas la hieren, en ocasiones sin quererlo y otras con la marcada intención de hacerlo, hay gente que busca herir con su mirada, que mira para lastimar, y en ella lo consiguen, casi siempre, aunque últimamente un poco menos, quizás, con menos intensidad.  
Tiene que caminar entre ese tránsito apenas unos diez metros para llegar al kiosco y poder comprar un alfajor, una leche chocolatada, un paquete de cigarrillos y una petaca del licor de café que le gusta. La chica del kiosco le dice que está linda con ese vestido y ella le cuenta que lo hizo ella, y lo pintó, y se sonríe. Un hombre de alrededor de cuarenta años con un traje caro, gris claro, brillante, llega, de pronto, y la mira con desprecio. 
Ella se va pensando que sabe perfectamente que está bastante loca pero que nada justifica esa mirada. Vuelve sobre sus pasos. Herida.  

martes, 2 de septiembre de 2014

Un tiro

En el barrio del demonio, frente a la plaza de los chanchos, Sara y Hinde viven las dos solas en una casona preciosa pero mal mantenida que fue construida por el padre de ambas cuando ellas eran un proyecto, hace algo así como ochenta o noventa años. Están tristes, terriblemente tristes. Hablan con Roberto, otro vecino. 
Dicen que eran más o menos las cuatro de la madrugada cuando un tipo delgado bajó como una sombra de un auto negro o gris oscuro o azul muy oscuro que probablemente fuera un VW Bora y se acercó sigilosamente a Pablo que estaba sentado en la verja de su casa pitando, dicen que despreocupadamente, un cigarrillo porque no podía dormir desde hacía varias noches y se había tomado la costumbre de quedarse ahí afuera sentado, fumando, haciendo círculos de humo, tomando mate con cascaras de limón y mirando el cielo despejado de aquel principio de primavera.
Pablo había cumplido recién treinta años, era una persona bastante especial, para todo el mundo; la gente del barrio le tenía mucho afecto, no recuerdo quién no. Era un poco loco, alborotado, pero bien, lindo, tranquilo; no molestaba nunca a nadie, al contrario.
Dicen que aquella mañana, anterior al suceso, Pablo salió temprano como todas las mañanas y jugó con el perro de Sara y Hinde y tomó el colectivo en la esquina de siempre y llegó al taller para abrirlo y entrarle a unos amargos para arrancar la jornada y que estaba risueño porque permanentemente lo estaba y su equipo había ganado y bromeaba con eso. Estuvo trabajando en una caja de dirección el día entero.
Cuando terminó en el taller se quedó jugando a las cartas en el bar de Abraham, tomando unos aperitivos, se fue temprano, caminando. En su casa, lo esperaba Estela que dicen que lo recibió con un beso, en la verja, y él le dio una palmada en la cola y los dos se reían como cada tarde. 
—Matáme, me haces un favor —dicen que Pablo dijo. Y se escuchó el sonido de un disparo, un único tiro, uno sólo.  

domingo, 31 de agosto de 2014

Carla pensaba

La recepcionista le había preguntado sí ese era su esposo y Carla había titubeado al responderle que sí, que era.
Pedro llegó a buscarla en la moto y cuando se sacó el casco estaba completamente despeinado y su nariz parecía más aplastada y su mirada más turbia.
A veces Carla se sentaba con las piernas cruzadas y el dedo índice de la mano derecha sobre el labio inferior y pensaba, con mucha firmeza, que Pedro era terriblemente feo y entonces se preguntaba: “¿Cómo fue que me enamore de él? ¿En qué demonios estaba en ese momento? ¿Qué le vi?”. Básicamente esas tres preguntas se le repetían circularmente adoptando diferentes formas… Otras veces, en cambio, se le aparecía el Pedro especial de aquella noche de hace años, en lo de Carmen, cuando entró de pronto, como un fantasma, con aquel largo sobretodo negro y los lentes oscuros y las manos enguantadas y el cigarrillo apretado entre los labios finísimos. Cada vez veía menos ese Pedro.
Pedro era, sin duda, feo; de una fealdad férrea, inconmovible, inelástica. Pero lo que más la preocupaba a Carla últimamente es que estaba empezando a verlo estúpido. 
Pedro era, sin duda, bastante estúpido.    

sábado, 26 de julio de 2014

Suarez y el barro.

Suarez compró un traje gris, muy oscuro, casi negro. Hacía muchísimo tiempo que no se compraba nada de ropa, transcurrió por algunos meses de un profundo malestar consigo mismo, pero su ánimo se había modificado en los últimos tiempos, una nueva secretaria de gerencia irrumpió con una sonrisa que modificó drásticamente sus expectativas vitales. Compró también una camisa gris claro, una corbata con un tramado extraño y unos zapatos negros, brillantes, que terminaban en una terrible punta. Suarez no podía dejar de pensar en la sonrisa luminosa, en las piernas y en la insinuación culmine de ellas.
Transcurridos un par de días, Suarez retiró el traje, con unos arreglos que fueron necesarios, ya realizados. A la mañana siguiente, se vistió con la impecable novedad de su indumentaria. Había cambiado, mucho, más allá de lo evidente. No hubo quien no notara lo sucedido con Suarez en la gerencia y sus alrededores, salvo ella que prosiguió como si nada hubiera pasado, con su amplia sonrisa desentendida.
Ese mediodía, Suarez tuvo que ir a resolver un conflicto en una de las plantas más apartadas. Llegó al final de la tarde, con los pantalones y los zapatos muy embarrados. Ella le sonrió diferente, se ve que el barro le llamó la atención. Quedaron en tomar algo después del trabajo. 
A los pocos meses se casaron, se mudaron a una casa con un parque hermoso y enseguida tuvieron tres hijos, dos varones y una nena. A todos les encantaba chapotear en el barro.           

miércoles, 16 de julio de 2014

Sigo.

Sueño con que algo, que no puedo precisar qué es, me quita la mitad de la cara; y entonces voy con esa sensación horrible de tocarme la nariz y encontrar sólo una parte de ella, un reborde de nariz inexplicable que es lo que quedó; y sigo, porque tengo que seguir, porque algo, que no puedo precisar qué es, me dice que siga, que no puedo parar. Aunque tengo unas ganas irrefrenables de ir hacia el precipicio y saltar para que todo termine, sigo.
Y después, me parece soñar que vos me decís que te abrace. ¡¿Qué te abrace?!
Recuerdo aquello de cuando mirarme en tus ojos era ver, quizás, lo mejor de mí.
No hay traducción para la canción que canta mi mente.
Me paro frente al espejo a delinear los rasgos del payaso que va a caminar muerto de miedo el alambre estirado en las alturas para que el payaso camine titubeante.
Me muerdo los labios. Lloro un poco, lastimo el maquillaje pero lo dejo así, y sigo, porque tengo que seguir.
Me sirvo ginebra con tónica, fumo un par de cigarrillos de gran toxicidad y sigo. 
—Mañana será otro día —dice una voz. Yo sé que probablemente sea lo mismo. Sigo.

miércoles, 25 de junio de 2014

El tipo dice.

Creo que no digo nada que todo el mundo no sepa si digo que el deseo es la motivación fundamental. Y así, entonces, yo, que estoy sentado en un rincón tomando una ginebra placida, me voy atrás del grupo que irrumpe, unas veinte personas consolidadas en una asociación que parece ser homogénea, en su mayoría conformada por mujeres de entre veinte y treinta, muy deseables. Vienen encolumnadas detrás de un tipo barbudo con expresión de desquiciado que habla con el dueño y se dirige con sus seguidores al reservado que parecía estar esperándolos. Dejo la ginebra y me mezclo entre ellos. Me siento al lado de una rubia preciosa que tiene varios piercings y unos anteojos raros, de marco transparente, que a su vez le hacen extraordinario juego con su mirada transparente.
—Hola —le digo.
—Hola —me responde.
—Vamos a ver —expreso simulando concentración o algo por estilo y que sé positivamente de qué se trata lo que está por suceder. Ella me sonríe transparente.
El tipo dice que el escenario en el que transcurre la cuestión es mucho más que un simple escenario porque, podría ser eso sólo, pero nunca es eso sólo porque los escenarios remiten siempre a otros escenarios que alguna vez vimos circunstancialmente o vivimos, en otras oportunidades… Son los paisajes por los que se juega la metáfora de la vida en tanto presente, estratos de pasado y anhelo de futuro; y además están cargados de símbolos que los transforman, de alguna manera, en algo más que meros escenarios, en algo así como una suerte de personaje más, que interactúa por otra vía. Entonces, el escenario es un personaje que permanece callado pero igualmente habla su lenguaje de señas inmóviles, baila alrededor; aunque, como en este caso, esté presentado de un modo mínimo, casi inexistente, sólo pequeños trazos, nos dice el tipo.
El tipo nos dice también que los personajes no son, en sí mismos, un único personaje sino que son varios, cada uno, siempre; con lo cual, cuando hay dos sobre la escena, puede estar habiendo diez… o cinco mil… Un ejército de tipos que son un tipo pero a la vez son cientos de miles de hombres y mujeres que pasaron por algo similar o incluso por lo antagónico, pero se relacionan..., en un sentido o en el otro. En esa voz, en ese rostro, en ese cuerpo están las voces, los rostros y los cuerpos de las personas que han ido cruzando por nosotros… Es así, nos dice también el tipo con su particular voz enajenada. Y nos dice que los personajes cuentan una historia pero, sin duda, cuentan otras historias que están dentro de la historia que podríamos llamar fundamental y son, en algún sentido, tan importantes como ésta, aunque menos visibles, permanecen ocultas hasta que brotan y vuelven a la inmanencia; para transitar por debajo como un río subterráneo, nos dice. Nos dice acalorado que es importante no perder de vista nada. Luego deja caer, como quien no quiere la cosa, que cada historia tiene más de un tema…, y que los temas pueden cobrar independencia de la historia.
—Y cada tema tiene además sub temas que generan visiones distintas —dice uno de atrás, con una cara muy similar a la del tipo pero con veinte años menos—. Y se va re significando todo —concluye.
—Y claro —dice el tipo.
Pensé que con lo de los sub temas se iban a plantear derivaciones, pero no.
A continuación, el tipo dice que hay que generar en cada instante un instante apretado, sagrado, salvaje, idílico...
Después arrancó con una de eufemismos giratorios y con otra de no sé qué cosa más, pero yo ya no escucho ni puedo seguir el hilo de nada. 
Voy subrepticiamente hacia el resto de ginebra que dejé abandonado.      

domingo, 8 de junio de 2014

Mínimos instantes.

Un bramido de asfalto con reflejos azules; perfecto, ilimitado, sin restricciones. Me dieron un auto terrible para ir con él hacia mi destino por este camino soñado. La mejor ruta posible, me dijeron… A esta hora no hay absolutamente nadie.
El tiempo pasa muy rápido, en un abrir y cerrar de ojos; como los detalles que se suceden indefinidos a los costados. Entrecierro la mirada buscando concentración y me afirmo en el volante. Una recta infinita y un punto impreciso en el horizonte.
—El futuro es eso: un punto impreciso en el horizonte…, que avanza con nosotros en dirección al vacío.
Fui demasiadas cosas en la vida y a la vez pienso que no he sido enteramente nada.
—Furia —de eso he sido bastante—.
Imágenes como palabras y palabras que son imágenes… —y a lo único que importa, por lo general, no se lo puede nombrar—. Y el sonido inmanente en esa —furia— que no me dejó nunca de acompañar, ni en los sueños más livianos y calmos, los anteriores a las tormentas voraces… Porque a la calma más tibia la siguió siempre una tormenta brutal. Es así, por lo menos en mi camino lo ha sido.
—El motor es la esencia.
¡Qué hermoso suena! Los graves adheridos al piso y las alas flotando por arriba de la consciencia.
Mamá cantaba cuando íbamos en su autito todos apretados a algún lado. Algún viaje de vacaciones o los trayectos más cotidianos a la casa de los abuelos; cantaba con su vocecita desatada canciones cubiertas de esa dulce esperanza que ella tenía en cada momento, canciones que hablaban de lo bueno que estaba por llegar.
—Mi voz ha sido tan lo contrario.
Áspero silencio oscuro y mordido seguido de truenos de embriagada desesperanza.
Canto entre dientes la balada del convencido profundo en la profunda inutilidad… 
—¿Cuándo habré dejado el sedante placer de la ruta por la que iba?   

jueves, 5 de junio de 2014

Collage a través de la distancia.

Un ojo morado, un arco superciliar abierto, una nariz sangrante y una búsqueda desesperada de aire al tiempo que se quieren evitar los golpes.
Desierto naranja, inmóvil.
Varios tipos subidos a pequeñas motos dan vueltas, cada vez más rápido, dentro de una esfera de enrejado metálico que deja ver con total nitidez como se cruzan.
Un teléfono y una agenda abierta.
Pedazos de gente caminando por una vereda comercial, se detienen de golpe sobre las vidrieras muy iluminadas. Mueven sus bocas pero no se puede oír nada. Algunas bocas se desprenden de las caras.
Una mujer muy anciana mira hacia adelante con expresión perdida, los labios entreabiertos, las manos tiemblan. Está en una silla de ruedas.
Grandes olas de mar vociferan.
Un minúsculo velero con las velas arriadas.
Sale abundante líquido rojo de una alcantarilla. 
Un hombre de mediana edad, calvo y completamente desnudo ejecuta un largo redoble sobre un tambor; brota polvo del parche.
Quirófano. Luces.
Una nena de alrededor de dos años camina titubeante; lleva puesto un vestido floreado con preminencia de un tono rosado. Sonríe tímidamente, luego da vuelta la cara; enseguida, de nuevo, sonríe.
Un avión se acerca a una pista de aterrizaje y una bandada de pájaros se aleja.
Un rostro muy arrugado, barbado y sucio dice: —Nadie está exento.
Llueve muchísimo sobre una calle oscura.
Una cabeza se estira hacia arriba.
Brilla, increíblemente hermosa, una luna cercana.
La piel de un hombro femenino desnudo… y se desliza el brazo como aleteando. Se puede ver que ella baila, envuelta en una tela transparente.
El cuadrante de un reloj.
Brota polvo del parche.
Olas y líquido rojo.
La mujer anciana.
La luna.
Un cactus.
Piel.
Humo.
Negro.

   

miércoles, 4 de junio de 2014

Escena uno.

Estoy viendo la minúscula franja abstracta que separa el bien del mal, la razón de la locura, el triunfo de la derrota, incluso hasta la vida de la muerte; a veces no hay más que unos pocos pasos entre esos opuestos tan salvajemente enfrentados; aunque nos resulte tranquilizador entrever distancias mayores, muchas veces hay sólo centímetros, escasos, como para cubrirlos con un simple tropiezo. La vida conlleva ese nivel de presencia de la adversidad y, por otra parte, generalmente, hay algo de extraña gracia en las caídas. 

Terribles piernas.

Debajo de dos mascaras insulsas de porcelana blanca, que se podría afirmar que pretenden representar la comedia y la tragedia, conversan dos tipos.  
—Sería pertinente decirse un poco la verdad, una parte mínima por lo menos —dice uno de ellos, un señor gordo, indescifrablemente desparramado en un sillón de estilo similar al Luis XV, masajeándose la sien derecha con la conjunción de la palma y el pulgar del mismo lado y levantando la rodilla correspondiente al hemisferio contrario en una rutina de cierta irregularidad y, por consiguiente, de intermitencia difícilmente comprensible para la lógica rítmica que suele habitar la consciencia—. Las personas buscamos el punto más alto para nosotras. Imaginamos la cumbre de perfección, desde la que queremos ver el mundo, e intentamos subirnos… Ser los mejores, los más fuertes, perfectos —se detiene abruptamente
El antiquísimo y hermoso reloj de péndulo, a un costado, no marca ninguna hora porque le falta la manecilla que tendría que cumplir esa función indelegable al minutero, que sí se desliza, perfectamente, en cumplimiento de su tarea de tal. Por otra parte y fundamentalmente: sesenta precisos golpes por minuto no tienen expresión gráfica, pero sí una auditiva, cálidamente acompañante.
—Esto es siempre de ese modo —dice el otro hombre, algo menos gordo, aunque tampoco tanto menos, desde la posición simétrica de oponente circunstancial del que podríamos considerar más robusto.
Son parecidos: redondos, calvos, colorados; sólo los diferencia una ligera disparidad de grosor. Podrían ser hermanos, hasta mellizos, quizás gemelos.
Una señora, cruelmente ataviada con un uniforme de mucama estandarizado, de color rosado, delantal, cuello y vivos blancos en las mangas y los bolsillos, les acerca en una bandeja metálica una tetera y dos tazas a la mesita redonda que, de alguna manera, los delimita y los separa. Tiene el pelo relativamente corto y teñido de rubio ceniza claro, unas pestañas muy largas y negras, que resaltan, y buenas formas, muy buenas… Las medias le dan a sus piernas la apariencia de estar bronceadas.
El más gordo sirve, sin volcar en las tazas otra cosa que no sea el líquido ambarino que surge de la tetera sin desprender humo alguno. Llama también la atención la ausencia de azúcar o algún otro edulcorante para la bebida. Se puede suponer que ya había sido edulcorada y que, probablemente, estaba algo fría.
La señora uniformada como mucama se aleja contoneándose. El menos gordo la mira fijo. Tendrá unos cuarenta y es bastante atractiva, piensa el tipo, sobre todo de atrás… Y terribles piernas.
Toman dos tazas cada uno, rápido, una inmediatamente después de la otra. Se encuentran risueños.
La voz del más gordo fluctúa y por momentos atruena un tanto. Habla apasionadamente acerca de una cuestión que resulta hermética, un discurso armado de palabras discontinuas.  
El otro hombre parece haberse perdido en sus propias cavilaciones.  
La mujer del uniforme estandarizado se asoma ligeramente y el tipo más gordo aprovecha para señalarle la tetera. El lazo del delantal marca la cintura fina que se abre hacia arriba y hacia abajo en mayores amplitudes redondeadas.
—Sólo llevo puesto lo que se me queda pegado por razones misteriosas, lo demás lo olvido —dice de pronto el gordo, desde el centro de la nada misma, sin otra explicación que el deseo de decirlo. 
—Terribles piernas —dice el otro, amparado, seguramente, en una concepción similar.

viernes, 30 de mayo de 2014

Tanita y el hombre de la cara de caballo.

El amor es un juego extraño que se juega con reglas incomprensibles; el verdadero, no el supuesto de los que se enamoran de aquello de lo que se deben enamorar.

Las mesitas agrietadas de madera y las de plástico corrompido y las sillas de colores despintados…, las paredes grises con brotes ennegrecidos y las guirnaldas despedazadas y los residuos de banderines turbios…, el mostrador de estaño, las botellas, los vasos oscurecidos y la campana opaca sobre la bandeja de sándwiches..., y las moscas enormes. Una foto de un alazán tostado de manos blancas pasando al trote por el disco de Palermo, con el jockey paradito con la fusta bajo el brazo… Y varios campeones de diferentes pesos con diferentes niveles de distorsión en las alegres caras trompeadas… Y, por encima de aquello y de lo que hubiera, el amarillento retrato del eterno zorzal sonriente que todavía sigue cantando las canciones de esa ciudad que se va a morir cuando él no cante… El gallego que no era gallego, que había nacido en Valladolid, y llegó de allá con dos años recién cumplidos, para ser más tanguero que nadie y silbar bien fuerte, vibrante y hermoso las repiqueteantes notas agoreras.
Suena la cruel verdad de Discépolo que dice que vamos a ver que todo es mentira.
En este pedazo el tango vive como no puede vivir en otros: en el arroyo negro que ni se mueve, en los fierros retorcidos, en los residuos hechos montaña, en las miradas que quedaron clavadas.
Cuna de nacidos muertos, de gorriones con las alas rotas, de vírgenes golpeadas y violadas, de carne predestinada para el presidio, de putas que aman bastante por monedas inexistentes y de boxeadores que perdieron todas.

El gallego dice que la máquina de café no funciona desde hace dos días, que le falta un repuesto; que mañana, con suerte, se lo solucionan.
El ingeniero pidió caña quemada e hizo que yo también tomara una.
Se pelearon por un pollo en el patio pegado a la escuela y el petiso pelado salió herido de púa en la pierna. La madre del petiso le lloraba al gallego. Qué petiso complicado, no hay día que no esté en un barullo.
Igual, el sol acariciaba la tarde que, como no podía ser de otro modo, tenía un dulce olor a podrido.
Tipo raro el ingeniero. Más raro desde que el hermano se voló el mate.
El gallego nos contó a su forma la historia de Tanita y el hombre de la cara de caballo. Yo ya la conocía en detalle.

El hombre de la cara de caballo estaba permanentemente solo; parecía deshecho, siempre; como tirado en un rincón al margen, en el mismo rincón al margen cada día atrás de cada día lento. Los viejos roncos de los naipes lo invitaban a jugar pero él no aceptaba, jamás; se quedaba en su mesa del final garabateando un cuaderno engrasado. Generalmente tomaba ginebra pura, aunque en algunas oportunidades, muy de vez en cuando, la mezclaba con agua tónica y limón; una botellita de trescientos cincuenta centímetros cúbicos y un par de rodajas para acompañar varias ginebras bien servidas.
—Tengo cierto malestar —decía, mientras señalaba con sus percudidas manos gigantes desde la boca hacia el estómago.
Casi no comía nada, alguna ligera picada, a veces: aceitunas, queso duro, pan tostado.
No se sabía de él, sólo que trabajaba en el corralón grande, de sereno.
No parecía ser muy viejo, alrededor de cincuenta muy mal llevados, pero daba todo el tiempo la impresión de estar tremendamente cansado. Sucio, roto, rengo, desprolijo, medio muerto, acabado. Aureolas negras alrededor de los ojos amarillos entrecerrados.
El mozo colorado loquito lo atendía con su buena disposición desequilibrada y decía que el hombre de la cara de caballo estaba escribiendo algo así como una desahuciada despedida inabarcable que daba vueltas de carnero y no iba a terminar de saludar nunca a la exigua platea expectante. No sé de dónde saca esas ideas para explicar cómo explica, el colorado.
—Los que andan así, como este, son los peores locos —largaba el mozo loquito.
—Vos de locos sabes bastante —le respondía el gallego.

Nadie podría decir cómo fue que Tanita concluyó sentada en la mesita roja del final del último bar del puerto con el hombre de la cara de caballo escuchándola contar su vidita en lentos susurros ásperos. Una tarde apareció ahí, sentadita de piernas cruzadas y tomando un jugo de naranjas y comiendo un sándwich de salchichón y tomate.
Tanita vendía flores, pequeñas flores simples en minúsculos ramos apretados, para que los marineros que volvían llegaran con algo.
La tristeza que se hace continuidad es una enfermedad temible. El hombre con la cara de caballo parecía insalvable. Sin embargo se terminó salvando, por unos días, en el insólito amor a Tanita. Ninguna salvación es definitiva, desgraciadamente las cosas son de esa manera… Y más acá que en ningún lado.

La vida es mucho mejor en los bares; más fácil, más llevadera, menos cruda, menos amarga. Son algo así como un nido para los pájaros que no tienen. Aún el último bar del puerto.

Tanita era chiquita, una nena todavía; de esas nenas a las que las calles les enseñan demasiado, salvajemente rápido. El pelo como varón y una cicatriz que le cortaba la sonrisa compleja y una parte de la naricita; las delgadas piernas quebradas, cubiertas por un pantalón azul bien holgado. Le había pegado un auto en la avenida, hace dos o tres años. Estuvo más de seis meses en el hospital. Solita, pobre… ¡siempre! La iba a ver sólo el gallego y una vieja del barrio.
 
El rancho de atrás del corralón grande se hizo hogar y se pintó de brillante blanco en los ladrillos y de verde en las chapas y la madera. Tanita usaba lindos vestidos de flores. El hombre de la cara de caballo aprendió a bailar de las manos de su amada princesa chiquitita. Estuvieron levemente felices un tiempo.  
Después, como era de esperar, la ley les cortó los restos de alas a los gorriones.
No se los vio más, a ninguno. 
Igual, el sol acariciaba la tarde apenas fresca que, como no podía ser de otro modo, inevitablemente, tenía un dulce olor a podrido.