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Oleo sobre tela de Dion Salvador Lloyd. |
En
este sector de mundo se usa frecuentemente la palabra brutal desde una acepción
completamente positiva; algo brutal es entonces, en ese uso muy normal de la
gente común y corriente que anda por acá con nosotros por estas calles brutales,
algo fantástico, excelente, maravilloso, grandioso, que aflora en el área que
sea... Y puede aplicarse, de ese modo, el calificativo, tanto a cosas como a
lugares como a obras como a personas: puede ser una actriz brutal en una
interpretación tan brutal como ella misma, una canción brutal, una experiencia
brutal, una simple mesa brutal de madera de pino pintada de blanco o una casa
brutal en el mejor barrio de la ciudad… o una bandeja de frutas brutales…
Es
probable que a nadie se le escape que la raíz del vocablo apunta con seguridad en
la dirección de terrenos que suelen ser menos amables; la brutalidad es,
también, el caldo de cocción de lo perverso, lo criminal, lo abyecto… Pero
bueno, quizás, lo que podría definirse como humano, implica, necesariamente,
esa compleja y simpática dualidad en la que solemos andar nadando
despreocupados… El mar puede ser brutal… La naturaleza entera puede serlo… Un
volcán despidiendo lava brutalmente hacia sus laderas. En lo particular,
identifico lo brutal con aquello que, precisamente, irrumpe con potencia
inusitada, podría decirse que desde el inconsciente —el volcán es un brutal
ejemplo—. Es por esta razón, seguramente, que para mí lo brutal es algo, de
algún modo, puro…, especialmente valioso, que avanza hasta la superficie de lo cotidiano
desde las negadas y emputecidas entrañas oscuras de la mente.
¿No
sé bien por qué pienso las entrañas de la mente como oscuras? ¿Son oscuras las
entrañas de la mente? Las mías, sí. Son un brutal fondo negro donde de vez en
cuando aparece, con suerte, algún brutal fogonazo.
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