La pretensión
ensayística me incomoda, y la periodística ni les quiero contar, pero como
considero que toda opinión es fundamentalmente una expresión de deseo y he ido
aprendiendo a atender el deseo y darme ese gusto mínimo de plantear mi visión,
me dejo llevar y digo: lo mío, desde mi perspectiva oscurecida por la
experiencia. Ese encuentro de vaguedades al que llamamos sentido común afirma
que todos tenemos una parte de verdad, ¿no?
Bueno, mi
verdad es que hace mucho tiempo que vengo pensando un pequeño relato que no consigo
escribir. Es una historia minúscula de un hombre que llega destrozado a su casa
después de un día difícil y se da cuenta, de pronto, en un golpe de
consciencia, que en el abrazo desesperado que le da a su hijo chiquito hay una
forma de abuso. No el abuso indigerible que llena páginas de diarios; uno
sutil, ligero, un imperceptible abuso emocional, un colgarse de ese ser en edad
de ser sostenido y no de sostener.
Es complejo.
La vida es compleja. Por lo menos, lo es para mí.
Para intentar
ir al punto voy a tomar por otra vía —ese, el de la digresión, es otro placer
que no dejo de darme—, y voy a ir por el lado de otra forma de abuso; en este
caso, de alguna manera, hacia uno mismo, el consumo desmedido de sustancias, un
tema que me apasiona, desde diferentes aristas… He tomado y dejado infinidad de
sustancias, ilegales y recetadas. Tengo una vasta trayectoria empírica en el
asunto de la que podría perfectamente valerme para autoerigirme en un especialista
como otros tantos que circulan dando sus apreciaciones disparatadas a partir de
vivencias asimilables. Pero tengo que reconocer que no soy un especialista,
porque he tenido infinidad de problemas con el uso de sustancias, y de esos
problemas se desprende con nitidez mi ineficacia en el manejo de las mismas.
El otro día
leía por ahí que Germán Daffunchio, un tipo con el que crucé dos palabras hace
treinta años pero por el que tengo un raro afecto inexplicable de esos que sólo
provienen de creer que se tiene origen en un pozo parecido, decía algo así como:
los que más hablan públicamente de droga son los que menos saben. Y de manera automática
pensé en la pléyade de yonquis de cabotaje que sacan chapa y pasean lo que
particularmente tiendo a juzgar como ignorancia por las tertulias televisadas. También
pensé en aquellos señores que se venden con mucha convicción como autoridades académicas
en psiquiatría u otras especialidades científicas, o pseudocientíficas, sin
reparar cabalmente, nunca, pero nunca ¡nunca!, en que la única autoridad real
para una persona no puede ser otra que ella misma. Más allá, está claro, de los
inevitables jueces y policías. A lo psíquico me refiero.
Para no
distraerlos y distraerme en demasía, voy a encarar una relativa conclusión en
el punto: considero que las sustancias no dan solución acabada al malestar
emocional, lo veo como un hecho incontrastable; por lo menos no una perdurable,
una sostenible en el tiempo, ni siquiera las que suelen habilitar los
facultativos, a su vez, así mismo, habilitados para tal fin; la solución probable
puede llegar a venir por el enrevesado camino de la introspección, del
autoconocimiento; el único calmante de amplio espectro, sin tantas indeseables contraindicaciones,
puede acercarse sólo desde el propio cerebro, paradojalmente. Y, sí tenemos un hijo enredado en el abuso de
sustancias, va a tener que salir por sus fuerzas, inexorablemente; es imposible
donarle las que nosotros hayamos sabido conseguir ni las de ningún experto, que
seguramente podrá ayudar, pero en esencia vamos a tener que acompañarlo adónde
sea hasta que las encuentre en las propias entrañas… (Los pescados gordos que
hacen gárgaras de autoridad en televisión y sus clínicas carísimas sirven para
bastante poco, lo sé por trayectoria empírica).
Sí, perfecto,
para ir terminando; el otro día se planteó una fuerte polémica a partir de un artículo
que una señora llamada Laura Gutman subió a la red. La indignación se expandió…
“Fuertes críticas a Laura Gutman por sus opiniones sobre el abuso sexual
infantil”, “Las inquietantes opiniones de Laura Gutman sobre abuso”… “La
polémica columna de Laura Gutman sobre abuso sexual”… “Laura Gutman y su
polémica justificación de la pedofilia”…
Leí el
artículo en cuestión y no logré compartir la integralidad de la indignación que
generó en innumerables personas a las que respeto intelectualmente. Entiendo el
equívoco, que en una de esas la señora Gutman buscó provocar, pero leo y releo
y no puedo dejar de ver y escuchar y sentir la voz —no del todo bien planteada,
a mi parecer— de una persona que parece saber en su carne, como lo sabemos
tantos, lo que es un abuso; un abuso que no nos mató o nos dejó tirados
desangrándonos, uno más silencioso, más cotidiano, menos drástico, uno con el
que seguimos viviendo y contra el que muchas veces tenemos que enfrentarnos,
para no reproducirlo, ni en su más insignificante expresión… Y es en esto
último —en la no reproducción, ¡ni la más insignificante!— en donde la Licenciada
Gutman no hizo, tengo la impresión, el debido hincapié.
Quizás,
además, otro error fundamental de Laura Gutman puede haber sido desde donde se
expresó; su pretendida posición de académica y de vendedora de autoayuda en el
amplio mercado abierto en nuestras sociedades a tal efecto.
El del abuso
de niños es uno de esos temas que, pareciera, sólo se pueden tocar con
honestidad encarnada desde el arte, ese estadio tan singular para la
comunicación de lo más profundo de la condición humana, y aun así, igual, con
dificultad. La elección de Gutman es ambigua, por momentos surge una búsqueda
en ese sentido pero no llega a cuajar porque la autora se traslada al terreno
de su habitualidad de entendida, supuestamente, en psicología. No obstante,
algo de su discurso me conmueve y me empuja a reflexionar. ¿Será mucha la gente
que habiendo sido víctima de un abuso no lo procesa conscientemente y lo
retransmite con la misma inconsciencia? ¿Será esa la podrida clave por la que
este tema está tan al margen, por qué tiene una amplitud que no nos animamos a
entrever?
Creo que el
abuso es, efectivamente, una realidad sumamente extendida; el de personas y de
sustancias. Y que hay un vínculo insoslayable entre ser abusado, abusar y
buscar aplacar el dolor... Hasta la inconsciencia.
La crónica
más negra de nuestros días pasa por estas tónicas.
No es
necesario haber pasado por un puente para comprender su función. No es
necesario haber sido abusado sexualmente para comprender lo que eso significa.
No es necesario haberse involucrado con drogas para tener una opinión formada acerca
de ellas. ¡Lógico!
Va, la verdad
es que no sé. Lo que sí sé es que es necesario tener consciencia… Dudo un poco en
la de la Licenciada Gutman, pero también dudo, con constancia, acerca de la mía…
Y ahí está la puta cuestión: sí no nos revisamos, permanentemente, podemos
llegar, sin quererlo, sin darnos cuenta, en un traspié, en un vahído… Podemos
llegar a hacerle a alguien lo que nos hicieron a nosotros.
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