sábado, 8 de noviembre de 2014

La verdad férrea del que desconoce

La pretensión ensayística me incomoda, y la periodística ni les quiero contar, pero como considero que toda opinión es fundamentalmente una expresión de deseo y he ido aprendiendo a atender el deseo y darme ese gusto mínimo de plantear mi visión, me dejo llevar y digo: lo mío, desde mi perspectiva oscurecida por la experiencia. Ese encuentro de vaguedades al que llamamos sentido común afirma que todos tenemos una parte de verdad, ¿no?
Bueno, mi verdad es que hace mucho tiempo que vengo pensando un pequeño relato que no consigo escribir. Es una historia minúscula de un hombre que llega destrozado a su casa después de un día difícil y se da cuenta, de pronto, en un golpe de consciencia, que en el abrazo desesperado que le da a su hijo chiquito hay una forma de abuso. No el abuso indigerible que llena páginas de diarios; uno sutil, ligero, un imperceptible abuso emocional, un colgarse de ese ser en edad de ser sostenido y no de sostener.
Es complejo. La vida es compleja. Por lo menos, lo es para mí.
Para intentar ir al punto voy a tomar por otra vía —ese, el de la digresión, es otro placer que no dejo de darme—, y voy a ir por el lado de otra forma de abuso; en este caso, de alguna manera, hacia uno mismo, el consumo desmedido de sustancias, un tema que me apasiona, desde diferentes aristas… He tomado y dejado infinidad de sustancias, ilegales y recetadas. Tengo una vasta trayectoria empírica en el asunto de la que podría perfectamente valerme para autoerigirme en un especialista como otros tantos que circulan dando sus apreciaciones disparatadas a partir de vivencias asimilables. Pero tengo que reconocer que no soy un especialista, porque he tenido infinidad de problemas con el uso de sustancias, y de esos problemas se desprende con nitidez mi ineficacia en el manejo de las mismas.
El otro día leía por ahí que Germán Daffunchio, un tipo con el que crucé dos palabras hace treinta años pero por el que tengo un raro afecto inexplicable de esos que sólo provienen de creer que se tiene origen en un pozo parecido, decía algo así como: los que más hablan públicamente de droga son los que menos saben. Y de manera automática pensé en la pléyade de yonquis de cabotaje que sacan chapa y pasean lo que particularmente tiendo a juzgar como ignorancia por las tertulias televisadas. También pensé en aquellos señores que se venden con mucha convicción como autoridades académicas en psiquiatría u otras especialidades científicas, o pseudocientíficas, sin reparar cabalmente, nunca, pero nunca ¡nunca!, en que la única autoridad real para una persona no puede ser otra que ella misma. Más allá, está claro, de los inevitables jueces y policías. A lo psíquico me refiero.
Para no distraerlos y distraerme en demasía, voy a encarar una relativa conclusión en el punto: considero que las sustancias no dan solución acabada al malestar emocional, lo veo como un hecho incontrastable; por lo menos no una perdurable, una sostenible en el tiempo, ni siquiera las que suelen habilitar los facultativos, a su vez, así mismo, habilitados para tal fin; la solución probable puede llegar a venir por el enrevesado camino de la introspección, del autoconocimiento; el único calmante de amplio espectro, sin tantas indeseables contraindicaciones, puede acercarse sólo desde el propio cerebro, paradojalmente.  Y, sí tenemos un hijo enredado en el abuso de sustancias, va a tener que salir por sus fuerzas, inexorablemente; es imposible donarle las que nosotros hayamos sabido conseguir ni las de ningún experto, que seguramente podrá ayudar, pero en esencia vamos a tener que acompañarlo adónde sea hasta que las encuentre en las propias entrañas… (Los pescados gordos que hacen gárgaras de autoridad en televisión y sus clínicas carísimas sirven para bastante poco, lo sé por trayectoria empírica).
Sí, perfecto, para ir terminando; el otro día se planteó una fuerte polémica a partir de un artículo que una señora llamada Laura Gutman subió a la red. La indignación se expandió… “Fuertes críticas a Laura Gutman por sus opiniones sobre el abuso sexual infantil”, “Las inquietantes opiniones de Laura Gutman sobre abuso”… “La polémica columna de Laura Gutman sobre abuso sexual”… “Laura Gutman y su polémica justificación de la pedofilia”…
Leí el artículo en cuestión y no logré compartir la integralidad de la indignación que generó en innumerables personas a las que respeto intelectualmente. Entiendo el equívoco, que en una de esas la señora Gutman buscó provocar, pero leo y releo y no puedo dejar de ver y escuchar y sentir la voz —no del todo bien planteada, a mi parecer— de una persona que parece saber en su carne, como lo sabemos tantos, lo que es un abuso; un abuso que no nos mató o nos dejó tirados desangrándonos, uno más silencioso, más cotidiano, menos drástico, uno con el que seguimos viviendo y contra el que muchas veces tenemos que enfrentarnos, para no reproducirlo, ni en su más insignificante expresión… Y es en esto último —en la no reproducción, ¡ni la más insignificante!— en donde la Licenciada Gutman no hizo, tengo la impresión, el debido hincapié.   
Quizás, además, otro error fundamental de Laura Gutman puede haber sido desde donde se expresó; su pretendida posición de académica y de vendedora de autoayuda en el amplio mercado abierto en nuestras sociedades a tal efecto.
El del abuso de niños es uno de esos temas que, pareciera, sólo se pueden tocar con honestidad encarnada desde el arte, ese estadio tan singular para la comunicación de lo más profundo de la condición humana, y aun así, igual, con dificultad. La elección de Gutman es ambigua, por momentos surge una búsqueda en ese sentido pero no llega a cuajar porque la autora se traslada al terreno de su habitualidad de entendida, supuestamente, en psicología. No obstante, algo de su discurso me conmueve y me empuja a reflexionar. ¿Será mucha la gente que habiendo sido víctima de un abuso no lo procesa conscientemente y lo retransmite con la misma inconsciencia? ¿Será esa la podrida clave por la que este tema está tan al margen, por qué tiene una amplitud que no nos animamos a entrever?
Creo que el abuso es, efectivamente, una realidad sumamente extendida; el de personas y de sustancias. Y que hay un vínculo insoslayable entre ser abusado, abusar y buscar aplacar el dolor... Hasta la inconsciencia.
La crónica más negra de nuestros días pasa por estas tónicas.    
No es necesario haber pasado por un puente para comprender su función. No es necesario haber sido abusado sexualmente para comprender lo que eso significa. No es necesario haberse involucrado con drogas para tener una opinión formada acerca de ellas. ¡Lógico!
Va, la verdad es que no sé. Lo que sí sé es que es necesario tener consciencia… Dudo un poco en la de la Licenciada Gutman, pero también dudo, con constancia, acerca de la mía… Y ahí está la puta cuestión: sí no nos revisamos, permanentemente, podemos llegar, sin quererlo, sin darnos cuenta, en un traspié, en un vahído… Podemos llegar a hacerle a alguien lo que nos hicieron a nosotros.  

No hay comentarios:

Publicar un comentario