Probablemente estas vacas de la fotografía, aunque no se lo pueda percibir, lleven en sus ancas una marca hecha con un hierro al rojo vivo.
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Vaquitas pastando en la inmensidad. |
El
que escribe, que seguramente puedo llegar a ser yo pero no estoy en condiciones de afirmarlo realmente, piensa con frecuencia en el paso del tiempo. Digo que no estoy en
condiciones de afirmar que escribo yo porque quizás no sea sólo yo y este
escribiendo alguien más, que estuvo conmigo y me dejó su parte para que la administre… O, en una de esas, escribe alguna parte mía pero no del todo yo. No sé.
Sin embargo, el
que escribe piensa en el pasado…
El
que escribe lleva puesta una gorra verde militar con una mínima estrella roja
en el frente; la visera es rígida, la gorra es nueva. Usa lentes de sol,
inexplicablemente. Escucha casi un disco completo de Morphine y después Monk y
después Piazzola.
El
que escribe piensa en María.
María
es muchas Marías pero para él es fundamentalmente una, de pelo absolutamente
blanco, de sonrisa fácil, de voz dulce; su abuela; una María que vino de
Galicia para acá cuando era muy nena y que decía siempre que no se acordaba nada
de Galicia, que a veces le parecía que su vida había empezado cuando llegó a
puerto, que apenas se acordaba del viaje, sólo de una tormenta. María decía que
ella no tenía otra patria, que su única patria era esta. Manuel, su marido, el
abuelo del que escribe, se enojaba; el recordaba Galicia con los ojos húmedos,
mucho más cuando tomaba vino; a veces cuando tomaba bastante vino, en alguna
fiesta, se subía a la mesa y bailaba alrededor de la botella y cantaba de
Galicia. Pero, en algunas oportunidades, Manuel también decía que esta era su
patria, que le hubiese gustado ir un rato a Galicia para volver a ver la aldea
desde la montaña, pero que esta era su patria porque acá había que luchar todos
los días.
Pedro,
el hermano mayor de María, un tío abuelo muy querido del que escribe, recordaba
Galicia con precisión pero sin dejo alguno de melancolía. A Pedro no se le
notaba nada de ese canto de Galicia que Manuel llevaba intacto y María dejaba
vislumbrar. Pedro decía que amaba tanto a esta tierra porque bajo sus estrellas
se había hecho hombre, llevando las vacas de donde sobraban a donde hacían
falta, sin pedir permiso, claramente, como aprendió de la mano del Viejo Vidal,
igual que a tomar el mate, y a comer la carne, en cuclillas, al lado de la cruz,
cortando sobre el pan con el facón.
Vidal
decía que su patria era el mundo.
A
la mamá del que escribe le parecía bien eso.
A
las madres, en realidad, no les gusta mucho la idea de patria porque consideran
que se puede volver peligrosa. “A Elsa, pobre, la abuela de Miguel, ¿viste, Miguelito?,
una idea de patria le mató el marido y cuatro hijas”. “La Polaca le entregó su
único hijo”.
El
que escribe, sí piensa en patria, piensa en el Viejo Vidal… Y en El Polaco, que vino loco de Malvinas y se terminó colando un cuetazo... Y en su papá, José,
el Vasco Indio, que cuando tomaba mucho vino, en alguna fiesta, discutía hasta
enrojecerse por ella; él, que parecía siempre manso; y que todos los días la miraba,
la pensaba, la rumiaba y la amaba y le dolía… porque la patria es un sueño apasionado
que se lleva clavado en las entrañas hasta la inconveniencia.
Uno
que pasa y lee, circunstancialmente, dice que es todo muy confuso.
El
que escribe, a veces, muchas veces, sobre todo cuando toma bastante vino o whisky o ginebra, no puede
evitar derramar alguna lágrima por todos los dolores de esta patria… Y, otras
tantas, no puede parar de vociferar sus alegrías.
Un
amigo del que escribe, al que este le dio para leer, dice que en nombre de ella
se han hecho, se hacen y se harán grandes cosas y enormes cagadas, que todo es
bastante relativo.
Es
así, pienso… Y pienso también en el Viejo Vidal, y que la patria no puede estar
nunca en la titularidad de las vacas sino en el hambre de la gente.