Había
estado encerrado un par de meses en uno de esos destierros que mí recurrente
melancolía me imponía. Era uno de los primeros, después de la muerte por
sobredosis de un querido amigo al que le decíamos Pata. Recién empezaba a
descubrir, con cierto terror, el mecanismo de horas amargas que sobrevenía a veces.
María
era la hermana menor de otro de mis amigos, Lucio. Era bastante más chica que
nosotros, así la veíamos, hasta que un día, de repente, de la noche a la
mañana, comenzó a acercarse.
María
llegó con un peinado rarísimo, un abrigo negro y unas botas rojas. Estaba muy
linda, muy maquillada, con esos ojos extraordinarios bien remarcados en los
contornos. Se sonreía al verme mirarla sorprendido y me explicó que iba a una
fiesta de disfraces por el cumpleaños de una de sus compañeras de trabajo. Se
abrió el abrigo y me dejo ver el resto del atuendo.
—Soy
la mujer maravilla —dijo, posando con las manos en la cintura y taconeando con una de las botas.
—Eso
ya lo sabía, sólo que hoy te pusiste el traje.
María
era de una dulzura y una suavidad infinitas. Tenía una sonrisa abierta y blanca,
que por momentos se iba levemente hacía un costado, y unos ojos enormes, verdes
y hermosos, aunque un poco perdidos y algo tristes siempre; era alta, delgada,
se mezclaban en sus detalles delicadas ampulosidades y tenues redondeces exquisitas.
Para ese entonces tendría dieciocho o diecinueve pero, si bien su cuerpo era el
de una completa mujer, su rostro contrastaba con visos de nena.
Yo
era una sombra en ese momento y no lograba explicarme los motivos de su amistosa
cercanía; había perdido mucho peso y me sentía indeseable y quebrado. Mis temas eran oscuros y me parecía que muy alejados de los probables intereses de ella.
—Convidáme
de lo que estás tomando.
—Vodka.
—Dale.
Le
serví en un vaso una cantidad como para mí y me preguntó con mohines de cierta picardía
sí estaba planeando emborracharla. Le dije que tomara lo que quisiera que en
todo caso yo lo terminaba.
Nos
sentamos uno al lado del otro en el sofá grande y charlamos un rato de
diferentes cosas. María se interesaba por mí de un modo que yo no creía razonable.
Ya les dije, era una sombra, no tenía carnadura.
—Te
venís conmigo a la fiesta —me dijo de pronto. —Te pones un traje, corbata, lentes
oscuros y sos el novio de la mujer maravilla —concluyó. —Dale vamos —dijo parándose
y tomándome de la mano.
Cuando
termine de vestirme bajo estricta supervisión de sus deseos me besó en la boca
y me cambió la vida.
Al poco tiempo nos peleamos, cayó en la cuenta de lo poco interesante que es la vida de un adicto. Yo le guardo el afecto que se le guarda a alguien que nos salvó. La última vez que la crucé en la calle le mentí acerca de que estaba escribiendo esto. Hoy me senté a hacer una mínima justicia.
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